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viernes, 17 de agosto de 2012

MI AQUÍ Y MI AHORA


Para aquellos que han estudiado psicología o psiquiatría, deben de estar familiarizados con lo que es la “corriente Gestalt”, con la cual, debo ser muy sincera, no simpatizo del todo. Pero si hay algo que es importante en esta terapia, que creo que de alguna manera cada individuo debe y tiene que madurar, es el concepto del “aquí y el ahora”. Siempre y cuando eso no nos desvíe de responsabilizarnos con la vida y nos centre tanto en nosotros mismos que nos lleve a hacernos incapaces de compadecernos y de ponernos en el lugar del otro.

Como alguno de ustedes sabrá, nosotros, los psicólogos, buscamos ser funcionales. Y en mi largo proceso de crecer como persona en muchas ocasiones tuve que detenerme y mirar el “aquí y el ahora”, para determinar cómo y de qué manera debía actuar, pensar y sentir.

Esos han sido momentos muy puntuales en mi vida, como persona, como madre y como profesional.

Sin embargo, estos últimos dos meses han sido para mí, “mi aquí” y “mi ahora”. Después de haber recuperado algo de salud y energía, creyendo que remontaba ya la crisis de mi enfermedad, me hallo una vez más a mitad de la pendiente. Eso significa que de nuevo estoy confinada a mi cama y a las paredes de mi  cuarto.

Quizás para algunos esto pueda sonar difícil y doloroso. Para mí es solo mi realidad. Es “mi aquí” y “mi ahora” que me limita físicamente, pero nunca a nivel afectivo, emocional y reflexivo. En este mi “aquí y ahora” continúo proponiéndome seguir siendo funcional y, aunque para muchos, la definición de la palabra “funcional” va directamente proporcional con la actividad física, en mi caso la refiero a actividad mental e interior.

Desde mi cama soy capaz de seguir los procesos psicoterapéuticos de mis pacientes a través de mi hija Angélica, quien se encuentra la mayor parte del tiempo al frente de mi consulta. Soy capaz de crear con ella abordajes y estrategias para impulsar los procesos internos de nuestros pacientes.

Además de esto, en este momento sigo aplicando lo que ha sido una regla de oro en mi vida: no me pregunto el “por qué” de las cosas. En vez de esto me pregunto “para que me sirve esto”. Así pues, tengo mucho más tiempo para ser más reflexiva y crear nuevas estrategias para crecer. Esto, por supuesto, me ha ayudado a seguir agudizando mis capacidades mentales. Y, de esta forma, cada día que pasa, voy descubriendo algo nuevo que me ayude a crecer y que puede traducirse en experiencia o en conocimiento para otros.

Pero también el aquí y el ahora trae sus cuotas irrenunciables de humanidad. Y es que, como he dicho en innumerables ocasiones, ser persona es reconciliarme con lo que soy, con mis áreas de luces y mis áreas grises, con lo positivo y con lo que no es tan positivo y que necesito lidiar, con lo que siento y con lo no me gusta sentir. Y he aquí que en este mi “aquí” y “ahora” también me asalta, de nuevo, el fantasma de la culpa (sí, como recuerda aquel artículo que escribí hace más de un año con ese mismo nombre), que me susurra silenciosamente en mis oídos que otros están sufriendo por mí y que, además de ello, mi familia y mis amigos se recargan de actividades para intentar sacarme de esta crisis. Pero es, de nuevo, cuando me vuelvo a enfrentar con lo que quiero y deseo ser, que descubro, con fuerza, que la culpa es solo una excusa para no descubrir o para no ver mejor el amor de otros. Y el proceso interno de cambio que ellos, al igual que yo, tienen que vivir.

Una vez más pienso que el “para que” de este mi “aquí y ahora” es una invitación para ustedes, mis lectores, amigos, familiares y pacientes, de poner en práctica todo aquello que, por este medio o el de conferencias o el de psicoterapias, hayan podido asimilar, lo que debe perdurar es la enseñanza, puesto que la realidad dice que no siempre podré estar presente.

En este “mi aquí y mi ahora” que de alguna manera es el “aquí y el ahora” de ustedes, no es otra cosa que un vínculo arraigado en el amor, la confianza, la honestidad y el respeto por el otro. Nuestro “aquí y ahora” no es otra cosa que una invitación para que sigamos creciendo a pesar de las dificultades que la vida nos puede presentar.

No te preguntes “por qué”; pregúntate “para qué”.

sábado, 24 de marzo de 2012

¿PASADO DE MODA?


Como en alguna ocasión he compartido, a los 16 años ya me hallaba fuera de casa. Otro país y otra cultura me habían acogido para iniciar mis estudios universitarios. Supuso, obviamente, una gran oportunidad para mí, apoyada en la confianza de mis padres. Y, con el pasar del tiempo, vi como otros connacionales abandonaban la carrera emprendida. Pero también vi como otros, de diversas nacionalidades, sucumbían en experiencias que los degradaban como seres humanos ¿Cómo es que a mí no me arrastró el torbellino de la droga y el desenfreno, a tan corta edad? ¿Qué fue lo que me mantuvo a flote aún en los peores momentos donde otros se habían rendido? ¿Cuál es el nombre clave para haber podido durante años nadar a contra corriente? ¿Acaso fue casualidad, destino o Providencia? La clave se halla en una palabra: VALORES.

Creo que independientemente de las ayudas que reciban los seres de la vida o un Ser superior, lo que me mantuvo a flote fueron los valores. Si mis padres se aventuraron conmigo en esta empresa, fue porque ellos me habían inculcado valores y yo los había asimilado. Mis mismos amigos y compañeros decían que lo único que podía explicar que me mantuviera exitosamente hasta el final era que yo tenía valores.

Pero los valores es una categoría que está en desuso y decadencia. Se le invoca casi de manera esotérica, sin saber muy bien donde aterrizan. Ya un pensador sospechaba que los hombres elevaban a virtud lo que en el fondo les resultaba fácil de ejecutar a ellos, pero no a los demás; y se cuidaban de hacer lo mismo con aquellos aspectos que les resultaba vergonzosos. De tal forma que los valores se utilizan para justificar lo que normalmente hago, pero no como referencia para lo que debo hacer o debo cambiar. O sea, el problema de los valores termina siendo que cada quien tiene los suyos, a su gusto, y que sirve para apuntar con el dedo acusador a las personas trasgresoras.

Evidentemente que esto constituye un soberano caos y es altamente sospechoso, así como también es letal para el crecimiento personal.

Más a esto se le añade una argumentación propia de las conciencias laxas y del relativismo moral imperante: tal valor, se dice,  es propio de otros tiempos, anticuado o pasado de moda: si quieres estar a la altura del tiempo presente, sin que te deje atrás el carro de la vida, debes prescindir de tal o cual valor. Argumentación tan falaz que solo conquista espíritus ingenuos, personas que desesperadamente buscan eludir por mecanismos de defensa la culpa y, por supuesto, a los adolescentes.

Los adolescentes son especialmente sensibles a la presión social, pero no de toda la sociedad sino de las personas de su misma edad. Puesto que no es un tema teórico sino vivencial, resulta particularmente peligroso. Si bien es cierto que los adolescentes de ciertos ambientes pueden sentir la presión de compañeros a delinquir, los de otros estratos pueden sentir la presión a consumir exceso de alcohol, drogas y sexo. Quien así lo hace asume una postura, ficticia por lo demás, de superioridad.

Pero con las vivencias ocurre que, una vez que las has hecho, no tienes la posibilidad de borrar su huella en la mente. Se podrán asumir para superar, luego de reconocer el error. Se podrá comenzar de nuevo. Pero el impacto de lo negativo está allí.

Otro rango de personas son las que relativizan los valores para justificar situaciones de su vida. En vez de reconocer fallas y errores, en vez de asumir fracasos con hidalguía, movilizan los puntos de referencia. Como si a uno le saliera mal la casa que está construyendo y, para evitar el bochorno, decidiera cambiar a su gusto la normativa de construcción.

Personas que han fracasado sentimentalmente, por ejemplo, después de pretender formar un hogar, justifican el salto aventurado e íntimo a experiencias varias sin fundamento ni futuro. Así pues, está de moda las aventuras, según estas personas, como si estas pudiesen dar la plenitud que se desea o el crecimiento que se necesita.

Menos atrayente que el tema anterior y propio de otras edades es el afán de triunfo a cualquier costo. El triunfo contante y sonante hace que no se valoren las formas de conseguirlo… además de considerar si el triunfo es real o aparente. Una cosa es el poder, que hasta un narcotraficante puede tener, y otra cosa el triunfo, que consigue, por ejemplo, el deportista tras una ardua disciplina. Las triquiñuelas pueden resolver problemas inmediatos pero no brindan beneficios a largo plazo ni ayudan a mejorar el tejido social. Siempre se hará a costillas de otro, además de la propia conciencia.

Realmente los valores, la conciencia y la ética son universales, tanto en la geografía como en el tiempo. Ese asunto de que estén pasados de moda es absurdo, cuando no risible. Es la escaramuza bajo la que se dora la mediocridad. El valor, el respeto, la fidelidad, la compasión, la paternidad y maternidad responsables, la fidelidad en el amor de pareja, la abnegación, la responsabilidad, entre tantos otros ni ha pasado ni pasará. Puede que adquieran matices o consecuencias nuevas, pero siguen siendo puntos de referencia para orientar y juzgar nuestras acciones. Un ejemplo al alcance de todos es Internet: en el mundo virtual todavía no llega un marco legal que proteja sin coartar la libertad. Pero no por este vacio o falta de acuerdo se puede pensar que es lícito difamar a alguien, como no es válido promocionar el terrorismo, la trata de mujeres o la pornografía infantil.

El argumento que dice “tal valor está pasado de moda” pone los valores al nivel de la ropa y la estética. Una forma de vestir, una manera de hablar, un género musical, una personalidad política, cierto libro, pueden estar de moda… y pueden pasar de moda. Los valores no.

Los valores están ligados a la realidad humana. El ser humano es un ser avocado a la acción: necesariamente debe actuar, porque el estar vivo así lo exige. Necesidades tan básicas como el comer y el dormir implican acciones, sin pasearnos por el vestirse, asearse, estudiar, trabajar, formar una familia o dirigir una empresa o una comunidad. El valor es criterio de acción o de omisión: opto por hacer algo o dejarlo de hacer. Está por encima de las simples necesidades e impulsos, que la experiencia reconoce como malos consejeros.

Y la persona y la personalidad se construyen por la acción: por las decisiones y opciones que voy haciendo en cada momento. En cada decisión se puede ser vivencialmente fiel a un valor, de tal manera que no es una cuestión teórica sino también práctica: se reconoce lo que se experimenta ser fiel a un valor, que pasa a formar parte del patrimonio interior de la persona.

El valor no es simple fidelidad ocasional: es fidelidad a un camino. Los valores cuidan a la persona de desviaciones que le alejen de la meta propuesta, independientemente de cual sea dentro de los parámetros éticos. Gran cosa es que en algún momento caigamos en cuenta que los valores han minimizado errores y potenciado oportunidades, cosa nada despreciable en estos momentos de confusión colectiva y generacional.

Crecer como persona no es fácil, pero un comienzo para retornar al camino perdido es recuperar los valores. Y tener la conciencia clara  que deben ser transmitidos a las nuevas generaciones. Solo así lograremos ser lo que deseamos ser: una persona plena en una sociedad enriquecedora.

viernes, 24 de febrero de 2012

RESPONSABILIDAD VS CULPABILIDAD


    Muchas veces hoy en día se rehúye la responsabilidad para evitar la culpabilidad. Se ha huido del trauma de las culpas para buscar refugio en conciencias laxas. Todo se ha hecho relativo, se toma de manera light, no hay normas ni valores, por tanto, no existen puntos de referencia.

    El relativismo hace que cada quien se cree a gusto los propios patrones de conducta, de manera bastante acomodaticia y de acuerdo a conveniencias: es el uso equivocado de la propia libertad en las sociedades democráticas, puesto que debería ser posibilidad de búsqueda exigente de lo que se acerque más a la verdad y al bien que se deben hacer.

    Pero de forma más concreta y dejando atrás el panorama general que presenta la introducción, no todo lo que hace alguien, por el hecho de hacerlo ella, es bueno. Eso forma parte del drama de la vida. Y aunque queramos evadirlo, ahí está el dolor para recordarlo. No es un dolor inventado sino muy real. No es producto de la crianza, la educación o la cultura, sino un dolor muy objetivo.

    Pensemos en el caso de la persona que pierde su hogar por volverse alcohólica; o la persona que adquiere nuevos compromisos que debe enfrentar con la familia por tener un hijo fuera del matrimonio; o quien rompe bruscamente con el hogar paterno para probar de manera incipiente libertades de alas cortas, y se consigue a la vuelta de la esquina que la reconciliación es tardía, pues ya no está alguno de los padres…

    Los ejemplos podrían multiplicarse. No hay crecimiento personal sin responsabilización por los propios actos, hayan sido buenos o malos, se hayan consumado en el pasado, estén en proceso de ejecución o planeados para un futuro. Y nada garantiza que la apropiación responsable va a ser siempre placentera: puede ser muy dolorosa.

    La culpabilización, en sentido patológico, además de las versiones infantiles que hacen a los otros responsables de los actos que son míos, implica, para hablar de un síntoma, paralización interior. O sea, si bien puede haber dolor y, por lo menos al principio, el mantener como pensamiento constante la pregunta de “qué fue lo que hice”, “cómo doy ahora la cara” o “qué clase de persona soy”, con el sentimiento de malestar y minusvalía, lo que caracteriza a la patología de la culpa es que se mantiene en el tiempo y lo hace de forma que paraliza el crecimiento. De ahí la importancia que tiene, dentro de mi rol como profesional, que la gente se sienta acogida para superar este estado y volver a comenzar.

    Sin embargo, hoy en día la sociedad y los mecanismos de defensa de la mente humana hacen que muchas veces se produzca una simple evasión. Quizás una evasión o huída hacia adelante. No miro mucho para seguir con mi vida.

    Pero en este caso ese “no mirar” puede ser letal. Porque de las equivocaciones deben seguir, cuanto menos, aprendizaje. También correcciones. Por eso, cuando una persona, por ejemplo un padre o una madre que estén causando un sufrimiento innecesario a un hijo pequeño, acude a mi consulta, y no está asumiendo responsablemente lo que está haciendo con su vida, yo debo ayudar a que lo vea. Debo ayudar a que se haga responsable. A que no lo evada por doloroso que sea. Aunque la persona, al inicio, crea que no la estoy apoyando, si la cuestiono sobre cómo está enfrentando parte de su historia, eso lo hago por su propio bien y por el bien de su proceso de crecimiento.

    La apropiación responsable de los actos y hasta de los sentimientos está en función del crecimiento personal. Lejos, por tanto, de una idealización del escarnio, una manera de procurar vivir desde la bajo estima o de arrastrar las pesadas y sonoras cadenas del  pasado.

    La vida siempre es un desafío y siempre es inédita, aunque una persona sabia busque aprender de los demás (aprendizaje vicario). Hasta en el mejor de los casos la equivocación y el error pueden hacerse presente. Los que no viven rodando cuesta abajo por el fango de la existencia conocen bien el vértigo. El refugio neurotizante en rutinas artificiales sin abrirse al riesgo de vivir responsablemente no es una alternativa. Generalmente recordamos como grandes hombres y mujeres quienes asumieron el riesgo de ser diferentes, respondiendo al desafío de los tiempos.

    Pero quien ve de valioso la vida como una oportunidad para crecer e incidir positivamente en los demás no puede, bajo ese pretexto, hacerlo de manera temeraria.

    El equilibrio interno de la persona es un asunto muy delicado. Así como las lesiones de guerra pueden marcar toda una vida, así las experiencias equivocadas también pueden hacerlo.

    Responsabilizarse es asumir el vértigo de vivir: ni la mordaza de la culpa ni la ingenuidad de la conciencia laxa. El riesgo proporcionado y meditado del que corre detrás de lo valioso de la vida, que deja determinar su vida a partir de los valores.

viernes, 3 de febrero de 2012

CUENTA TUS BENDICIONES



No son pocas las personas que van por la vida coleccionando, clasificando y enumerando todas las cosas y experiencias negativas que van encontrando por la vida. Esto es una gama tan amplia y variada que comienza con los propios defectos físicos, pasando por la propia autopercepción y abarcando inclusive la misma moralidad ajena: lo que hace o deshace la amiga o el vecino.

Esta sobreestimación de lo negativo hace que se piense, se relacione y actúe desde allí. Es decir, parto de la inseguridad que provocan los errores y defectos para intentar alcanzar objetivos nobles o apetecibles en diversas áreas, alguno de los cuales ameritarían una buena dosis de tenacidad. Tarea, por tanto, titánica, si se pretende enfrentarla con los pies de barro.

La misma vida aparece amenazante, no como una oportunidad, puesto que en algún recodo del camino, pensamos inconscientemente, nos acecha el peligro y la adversidad. Al final las cosas nos van a salir mal.

Y esta forma desconfiada y cautelosa de asumir el reto de vivir es lógica, si se ha tenido como presupuesto lo negativo que hay alrededor y en nosotros mismos.

Como muestra puedo señalar lo que me pasa con frecuencia en la consulta: las personas son rápidas para  comunicar sus propios defectos y vicios, pero el enredo se torna mayúsculo cuando le doy la vuelta a la moneda y les pido que vean  y me señalen sus cualidades y virtudes.

No es que no los haya, sino que no están acostumbrados a fijarse en ellos, a identificarlos y, mucho menos, a hablar de los mismos. Se puede decir que un velo de negatividad puesto sobre nuestro raciocinio hace que no se caiga en cuenta de ello o no se valore adecuadamente.

Y una tarea que les pongo a mis pacientes es a que elaboren una lista de cualidades que tengan, que se podría ampliar a todo aquello que consideramos bueno, y que le podríamos llamar “Contando tus bendiciones”.

Y es cierto.

Vemos de manera tan banal el hecho mismo de vivir. No somos capaces de detenernos un momento ante el milagro de la respiración o de los latidos del corazón. Estemos durmiendo o no, nuestros pulmones y corazón no abandonan su actividad. El aire está allí, imprescindible pero gratuito. Y por unos instantes podemos simplemente hacernos conscientes de lo hermoso de esta realidad.

Cada día podemos asomarnos a la vida. Podemos contemplar las variaciones en el clima, descubrir la sensación de frío o calor, percatarnos de la variedad de sonidos que existe en el ambiente, inclusive antes de que la actividad diurna arranque con normalidad. A esto podemos sumar la variedad de formas que existen, los colores de la naturaleza, las plantas o las formas de las nubes.

Podemos ensanchar nuestra capacidad de asombro viendo a los seres humanos. La manera como funciona el cuerpo pero también la hermosa manera como su rostro, su mirada, sus ojos, sus expresiones nos hablan de su interioridad. La capacidad de detectar voces diferentes, nunca repetidas, con inflexiones distintas, selección de palabras con las que se desnuda el alma… Y saber que formamos parte de ese concierto.

No somos simples espectadores. Darnos cuenta que, si bien quizás no nos acercamos a los prototipos estéticos que plantea caprichosamente la sociedad, contamos con ese conjunto de bendiciones que nos hacen participar de la belleza que hay en la naturaleza. Que contamos con una interioridad que es capaz de sufrir, pero también de conmoverse. De cantar y de reír, no solo de llorar. De bailar una canción o recitar pausadamente la estrofa de un poema.

Y a nuestro alrededor podemos ver el milagro de la vida en los hijos, el milagro de la abnegación en los padres, el milagro del amor en la persona que está a nuestro lado. Más allá de todo aquello que puede resultar de contradictorio, están ahí. Forman parte de los motivos para seguir viviendo. Para levantarse si se ha caído. Para volver a intentarlo, si antes se ha fallado.

Para asomarnos por encima de las limitaciones físicas o enfermedades, porque hay algo o alguien que puede hacer de cada día una experiencia diferente. Porque podemos ver a personas que no han permitido que les coarten la libertad de soñar y crear, aunque tengan impedimentos físicos. Y porque su gesta la podemos hacer nuestra, podemos dejar que nos conmueva o interpele, que nos sacuda o saque de nuestro mutismo o egoísmo.

Podemos enumerar día a día las bendiciones que tenemos y, seguro, muy seguro, superarán con creces la lista mental de los defectos y deficiencias.

Enumera tus bendiciones para que te reconcilies contigo mismo. Para que la paz vuelva a tu corazón. Para que le mandes un mensaje de bienestar a tu organismo. Para que te apoyes en lo firme que hay en ti para iniciar nuevas empresas, para emprender nuevas iniciativas.

Para que sientas que formas parte de esta maravilla que es la vida, cuyas sombras no son más que desafíos para poder cabalgar sobre las olas de las dificultades, en esa búsqueda por la orilla firme de haber vivido de manera intensa y responsable.

sábado, 21 de enero de 2012

LIBERTAD




La gran aspiración de los tiempos modernos es la libertad. Ella se encuentra presente por todas partes y se cuela como ideal hasta en códigos legales. La emancipación de los pueblos de monarquías absolutistas, a partir de la Revolución francesa, la puso, junto con la Razón, en el centro de la vida personal y social. Así pues, es la gran ilusión y la mayor ambición. Pero ¿qué tan libres somos?

Realmente el canto a la libertad pasa por alto la naturaleza real de la misma. Libres, lo que se dice absolutamente libres, no somos. Nadie puede, por ejemplo, cambiar la historia vivida o regresar a la infancia. Nadie puede transmutarse para hoy ser una persona con un nombre y una familia concreta y mañana ser otra. Por no pretender ejemplos absurdos, como que nadie puede convertirse en piedra o ser viento.

La libertad de la que se enorgullece el ser humano es siempre una libertad relativa. Si sufro un accidente y pierdo alguno de mis miembros, todo el proceso interior consistirá en asumir o no esa realidad y en adaptarme a lo que pueda ofrecerme la ciencia y tecnología.

El mismo hecho de tener una existencia corpórea, hace que estemos circunscritos al espacio y al tiempo: por mi cuerpo estoy siempre en un lugar determinado, y no en varios lugares a la vez; vivo en el ahora, que puedo señalar a través del reloj y el calendario, sin poder adelantarme unos diez años o retroceder otros tantos.

Y esto sin hacer consideración de lo que son las habilidades y los defectos; de las virtudes y los vicios; de las situaciones económicas o familiares; la historia personal y familiar; las mismas predisposiciones genéticas… No podemos chasquear los dedos y conseguir lo que deseamos.

Así pues, la libertad real es una libertad entre una serie de alternativas concretas y nunca infinitas. No por esto menos fascinante, atractiva y, en ocasiones, tentadora.

La libertad se vive, por lo menos internamente, como emancipación. No estar sujeto a nada ni nadie. Basta que identifiquemos una forma de sometimiento para que nos rebelemos. No aceptamos, aunque sea teóricamente, depender de otra instancia o persona a la hora de plantearnos qué vamos a hacer con nuestra vida. Nos rebelamos en nuestros adentros.

Lo curioso del asunto es que estas ansias intentan auténticas proezas de libertad… con la triste posibilidad de cambiar viejas esclavitudes por nuevas esclavitudes. Como el que deja de fumar pero se vuelve glotón. Esclavitudes que gozan del rechazo social por otras apreciadas y estimadas.

Un ejemplo que se puede dar es la presión social por conseguir pareja. Tiene alta valoración social la emancipación de los padres y de la casa paterna. Pero esta pretensión generalmente se sustituye, casi que a cualquier precio, por tener a alguien a nuestro lado que nos acompañe. Obvio que si la pareja fuese un buen partido, con todo lo que eso conlleva, la persona puede, cuanto menos, sentirse afortunada.

Mas lo que suele ocurrir, con frecuencias alarmantes que sorprenderían  nuestra imaginación, es que hay personas cuya pareja dista mucho no solo de ser el prototipo ideal sino también de acercarse a alguien con quien se pueda simplemente convivir.

Hay personas que viven con gente que las vejan y humillan, por no poner el ejemplo de auténticos maltratadores físicos y psicológicos. Un libreto de película propondría una separación heroica que, sin embargo, en la vida real no suele producirse. La persona está atrapada en formas internas de esclavitud.

O sea que la glorificación de la libertad se cae de bruces ante las evidencias prácticas de la forma cómo enrumbamos nuestra vida. Queda como otro cuento. Mas que uso de la libertad es pérdida de la misma, como ocurre con los vicios y adicciones.

Pero si por un lado uno de los grandes desmitificadores de la libertad exaltada es esa absurda pretensión de hacer cualquier cosa sin medir las consecuencias, con el subsiguiente pase de factura, la otra lo es el individualismo de cualquier tipo. Puede que sea el individualismo hedonista, el racionalista, el emprendedor, el productivo, el intelectual, el comercial… o el que tiene de todo un poco.

La libertad es, en gran medida, siempre libertad individual, pero no individualista. No se erige en norma propia de lo que se puede o quiere hacer. No sobrevuela de flor en flor como los colibríes, disfrutando del néctar de todas sin atarse a ninguna.

Una colección de experiencias sin conexiones internas, sin armazón ni esqueleto, no construyen a la persona. La deconstruyen. Si nos imaginamos un edificio en construcción, en vez de poner ladrillos los van retirando.

La persona se ve, simplemente, en la confluencia o punto de partida de tendencias opuestas que lo jalan en distintas direcciones. Es como, triste ejemplo, una ejecución por descuartizamiento: cada miembro sujeto a una fuerza contraria a la otra para terminar despedazado.

El ser humano solo crece si se compromete a caminar en una determinada dirección, previamente escogida. En eso consiste la libertad. En tomar esa decisión y secundarla con decisiones posteriores.

De ahí que la libertad implica no solo la posibilidad de hacer cualquier cosa, sino de poder hacer aquello que está en fidelidad con mi proyecto de vida. Proyecto que, a su vez, construye a la persona y no la derriba ni la encierra en las más sombrías tendencias de su egoísmo individualista. Por eso que es importante las referencias al “deber ser” y a los valores.

Es, por lo tanto, un hacer lo que debo hacer, aunque esa instancia de conciencia, que está abierto y en relación con los demás, sea evidente únicamente para mí mismo y los demás no cuenten con los accesos necesarios para vislumbrarla ni determinarla.

Una persona no puede, por ejemplo, echar por la ventana el hogar construido por años, solo porque esté atravesando la crisis de los cuarenta. No puede caprichosamente escoger entre permanecer o no con su pareja, cuando hay hijos por en medio. No puede dedicarse a recuperar el tiempo perdido en fiestas nocturnas y discotecas, si ha formado un hogar o, al menos, existen unos hijos que requieren la atención de su papá o de su mamá.

La libertad implica el ejercicio de la razón y la conciencia. De la meditación de las decisiones cruciales. De la consulta cuando se debe consultar. La de tener la mayor cantidad de información como para poder hacer elecciones acertadas.

El ejercicio maduro de la libertad no se deja sobornar por las tendencias internas del capricho o del deseo infantilizado. Maneja las situaciones maniobrando sin perder el control. No exalta ingenuamente las capacidades de mantenerse íntegro sino que conoce el sentido de la prudencia.

La libertad es la aspiración de quien busca ayuda como, en mi caso, hacen quienes recurren a mí para que los atienda desde mi experiencia y pericia.

El mundo sería diferente si menos personas hipotecaran su libertad. Pero también sería diferente si, aquellos que la han hipotecado, tuvieran la humildad de buscar ayuda para recuperarla.

Libertad: capacidad para tomar decisiones y actuar según nuestra razón, conciencia y valores, no según nuestros caprichos.

sábado, 14 de enero de 2012

ESCLAVIZADO CORAZÓN


Para aquellas personas que niegan considerar lo bizarro como normal, el auge del tema de la esclavitud no puede dejar de ser escandaloso. Nuevas formas se combinan con formas antiguas pero camufladas.

Mas ¿qué es la esclavitud?

En la antigua Roma la palabra “siervo” designaba al esclavo. Fue en el Imperio bizantino donde se comenzó a utilizar la palabra “sklavos” para referirse a la condición de “siervos” de los prisioneros de guerra “eslavos”.

A esto habría que añadir otro dato curioso: la palabra addictus, adicto, designaba en la antigua Roma a la condición del deudor que, al no poder honrar sus deudas, la ley le condecía a su acreedor la potestad de venderlo como esclavo.

“La esclavitud es una institución jurídica que conlleva a una situación personal por la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de su propia persona y de sus bienes” (Wikipedia). Cuestión muy cruel, ciertamente, pero para algunos resultaba menos cruel que la muerte sistemática de todos los cautivos de guerra.

El mundo actual se muestra muy sensible ante las formas de esclavitud y desigualdad de antaño. Los distintos momentos de la historia de la humanidad en la que se avanzó para la abolición de la esclavitud, comenzando por Haití al inicio del siglo XIX, la Guerra de Secesión hasta la abolición de las leyes del apartheid sudafricano, se han visto como grandes hitos de los que nos sentimos orgullosos.

Sin embargo, últimamente nos vamos enterando de nuevas formas de esclavitud que tienen como novedad, por lo menos, llamarlas por su nombre: esclavitud.

Muchas veces la inmigración ilegal a países como los Estados Unidos, sea de países latinoamericanos, asiáticos o de Europa oriental, ha pasado por situaciones de indocumentación que eran hábilmente explotados, por ejemplo, por la “industria” de la pornografía por Internet y la prostitución. Esto sin mencionar especie de trabajos forzados o la participación en crimen organizado como parte de la compensación por las posibilidades de inmigración.

Así, pues, tenemos las viejas esclavitudes que se veían como normales (formaba parte del precio que pagaban los perdedores de la guerra), a la consideración de superioridad de raza o negación de la condición humana por motivos netamente comerciales (imperio británico y portugués) para desembarcar en el crimen organizado que se aprovecha de vacíos legales o de la falta concreta de tutela judicial de los derechos.

Viejos vicios, nuevos desafíos.

Pero esta sensibilidad social tan marcada e importante debe ser completada con una visión crítica de la realidad interna del ser humano.

Y es que el corazón humano con facilidad se esclaviza, perdiendo el sentido para lo que fue creado: amar, perdonar, crecer y la libertad para hacerlo.

Hemos esclavizado nuestros corazones ante todo aquello que creemos que es felicidad y libertad, cuando realmente hacemos todo lo opuesto.

Una frase común que escucho en mi consultorio es: “¡es que lo amo hasta la locura!”. Cuando alguien expresa amar hasta la locura pisoteándose a sí mismo, perdiendo su sentido de identidad, de dignidad y poniéndose a merced de los caprichos del otro; no es otra cosa que un corazón que vive en esclavitud.

Y así poco a poco vamos hipotecando la libertad misma, la libertad de nuestros sentidos y de nuestro mundo interior, queriendo convencernos a nosotros mismos precisamente de lo contrario, creer que somos libres y felices.

La psicología humana es capaz de condicionamientos tales  los que su libertad queda profundamente hipotecada. La industria de la publicidad, cuando se salta los mínimos éticos, pretende elevar la capacidad de adicción (de esclavitud) de las personas al consumo inmoderado.

Al mismo tiempo, la acumulación de bienes y su exagerada valoración de los mismos pueden sofocar la vocación básica del ser humano: ser feliz. El excesivo cuidado por los bienes (la angustia por el cuidado de bienes inmuebles o de vehículos de lujo desproporcionado) dista mucho de estar al servicio del bienestar humano.

La adicción no solo a drogas, sexo, alcohol o cigarrillo, sino a juegos de apuestas o a actividades de alto riesgo, denotan esa pérdida profunda de libertad en la que puede caer el ser humano.

Pero también se nota en esas formas de esclavitud ante eventos dolorosos del pasado, que siguen condicionando el presente; ante miedos de diverso tipo; la inseguridad personal y la falta de asertividad; la forma pasiva como se enfrenta la vida; o simplemente lo que tradicionalmente la gente denomina vicios y pasiones.

Todo esto termina por mostrar el frágil equilibrio de nuestra mente y del sistema nervioso central. La manera como le afectan las alteraciones de diverso tipo y la dificultad para enderezar entuertos. La incidencia de sustancias tóxicas o la predisposición genética de alteraciones bioquímicas que pueden dispararse si la persona se arriesga a vivir experiencias perjudiciales.

No siempre se trata de restituir la libertad perdida, cuando cualquier cosa haya alterado nuestra conducta. Más importante, quizás, sea la responsabilidad por escoger aquellas experiencias que nos permitan crecer en la libertad ya adquirida y, obvio, eludir el riesgo que encierran las experiencias que la ponen en juego.

Con frecuencia escucho la siguiente frase: “ no quiero seguir esclavizándome en éste trabajo”, “no quiero seguir siendo esclavo de éste horario absurdo que maneja mi vida”.. Y así vamos contando y recontando todas las cosas que pensamos o creemos que nos hacen esclavos.

Pero en realidad, ¿cuántas veces tenemos la valentía de mirarnos internamente y descubrir “nuestra esclavitud”? ¿Cuántas veces somos capaces de reconocer que somos esclavos del “qué dirán” dejándonos rendir ante ese “qué dirán” en vez de asumir la libertad de hacer lo que debemos hacer?

¿Cuántas veces somos capaces de darnos cuenta que somos esclavos de las pasiones, de nuestros miedos, de nuestras culpas, de nuestras inseguridades y de todo aquello que de manera equivocada puede estar formando parte de nuestro mundo interior?

Y hemos aprendido a ser expertos en el arte de poner fachadas de supuesta libertad, de felicidad, de autorrealización cuando en verdad todo aquello que no hemos trabajado en nosotros mismos, nuestras posesiones y la presión social nos ha esclavizado el corazón.

Y si es muy cierto que no debemos olvidar que la sociedad, las normas, los valores y la moral nos permiten crecer y ser persona. Pero cuando confundimos esto con estándares sociales, de culturas, sociedades o pueblos que han perdido la noción de ser persona y de ser una sociedad congruente en el que nos retroalimentados de manera positiva y eficaz, es cuando se ha perdido el rumbo y se comienza a esclavizar el corazón.

Creo firmemente en la libertad del hombre para ser feliz.

Creo que nuestros corazones deben ser liberados de todo aquello que nos oprime y no nos permite crecer. Creo firmemente que hay respuestas para aquellos corazones encadenados que buscan la libertad.

Creo firmemente que el hombre puede retomar los pasos de su ingenua inocencia perdida que a fin de cuentas no es otra cosa que tener el corazón de un niño: un corazón sin miedos, sin culpas, sin condicionamientos sino dispuesto a amar, perdonar, crecer y ser feliz.

¿Qué está  esclavizando hoy tu corazón?

viernes, 6 de enero de 2012

VOLVER A EMPEZAR


Si uno se preguntara por el legado que dejaron las guerras mundiales, lo más seguro es que no se tuviera mucho o nada que decir. La guerra siempre es un desastre evitable que siembra muerte y destrucción. Es el resultado de la estupidez humana que no sabe superar diferencias en el diálogo y considera como solución la eliminación de quien es distinto.

Pero si pensáramos en un legado, el legado sería el de la humanidad que sabe reconstruirse a partir de las propias cenizas. De cómo la vida es más pujante que la muerte y al final se impone. De cómo las heridas más profundas, de aquellos seres queridos muertos o mutilados, no frena la esperanza que permite que aparezca de nuevo la ilusión y el amor.

Si uno se preguntara por el sentido de las “comisiones de la verdad” en países donde ha habido genocidios, represiones, ajusticiamientos masivos por razones ideológicas, políticas o raciales, en los que se han pisado los más elementales derechos humanos, el sentido no sería el de rebobinar la película para que los hechos fuesen otros. Simplemente no se puede volver a empezar desde la ignorancia o la mentira, siempre desde la verdad. La impunidad no puede servir de fundamento para la reconciliación.

Si uno se preguntara por la razón de las “reconciliaciones nacionales” en países como Sudáfrica, donde se parte de la verdad lacerante, se entendería que toda auténtica reconciliación supone, pero supera, la verdad dolorosa. Que hay algo más después de todo, y que quedarse en el dolor retarda culpablemente la llegada de lo auténticamente novedoso.

Estas alusiones nacionales o internacionales no pretenden de este artículo hacerlo un ensayo de politología, mesas de diálogo o de internacionalismo. Pretende servir de entrada para lo que debe significar volver a empezar en cada uno de nosotros.

La experiencia terrible de las guerras nos permite ver con otros ojos la experiencia terrible de las tragedias internas, aquellas que se han fraguado en nuestra existencia, o simplemente de los errores acumulados por años que de un momento a otro estallan salpicando toda nuestra vida. Por difícil que sea siempre hay un mañana que, de paso, puede ser diferente. Un mañana que está por escribirse siempre y cuando no deleguemos en los demás la tarea de definir el guión.

La experiencia de las llamadas “comisiones de la verdad” nos permite entender, ya a título personal, que ese mañana avendrá solo si entendemos, de la manera más objetiva posible y viéndolo desde múltiples puntos de vista, la verdad sobre la que estamos parados. 

La verdad que nos ha traído hasta aquí y la verdad que queremos superar. Una verdad donde no siempre hay un grupo bien diferenciados entre culpables e inocentes, sino que hay personas con responsabilidades distintas, de mayor o menor envergadura, pero de las cuales ninguno puede eximirse. Donde unos ciertamente han sido causante de daños a otros o a sí mismos, daños que deben resarcirse por el mínimo sentido de responsabilidad.

Y, finalmente, la reconciliación. No siempre la reconciliación ingenua de quien reinicia todo como si nada hubiese pasado. Y no siempre la reconciliación utópica con los demás. Pero siempre la reconciliación con uno mismo. Ese reencuentro de energías divididas entre lo que puede ser y lo que fue; entre capacidades y potencialidades; entre el vivir constantemente de forma adolorida y anclada en el pasado, que ya está escrito, y el futuro que está por escribirse.

En este mes del primer aniversario de este blog, me reencuentro conmigo misma. Y me reencuentro en esa dinámica de caídas y levantadas; me reencuentro con limitaciones propias de mi condición física, de las virtudes que tengo y de aquellas situaciones que continúo aprendiendo a manejar. Evaluando las situaciones en las que no alcancé las metas que me propuse y aquellas en las que sí las culminé.

Es decir, veo la miseria que hay en mí. No la evado, no la escondo, no me desentiendo ante ella. Pero a su vez veo lo que puedo ser si la asumo, si asumo los recursos que hay en mí, la fuerza de la vida y la esperanza.

Y esto lo hago con plena responsabilidad: soy consciente del impacto y el bien que pueden recibir tantas personas a través de mi y del blog. Me doy cuenta de la responsabilidad inmensa que tengo ante aquellos que cifran sus esperanzas en la ONG Derrotando la depresión. 

Entiendo y asumo que al escoger mi carrera no era sólo una carrera; sino una opción de vida. Vivir siempre trabajando por el bien de los otros. Estoy consciente de mi humanidad, de que muchas veces me he equivocado y me seguiré equivocando, pero también apelo y seguiré apelando a los deseos profundos que habitan en mi corazón: Amar, servir, conciliar, luchar, construir…

Sólo soy un simple ser humano que asume responsablemente su vida. No soy un ser extraordinario como muchos piensan. Libro casi a diario con mis batallas internas, no bajo la guardia, estoy siempre atenta, vigilante, ante todo aquello que pueda disminuirme como persona pero también con mi mente y corazón abiertos para recibir todo aquello que me alimente y me permita ser mejor.

Éste ha sido un año de muchos cambios, de trabajo intenso y de mucho desgaste físico. Me doy cuenta que mi enfermedad muscular va haciendo mella en mi cuerpo. Sin embargo esto no es impedimento para mi, para seguir siendo fiel a mis principios, a lo que soy y a lo que deseo ser.

Muchos se preguntan cuánto podrá resistir mi cuerpo, cuánto más tiempo de vida me queda. Yo sólo me sonrío y pienso: No tengo miedo de morir; sólo miedo de no saber vivir.

Como verán, soy muy simple, pero honesta y clara conmigo misma. La vida es un regalo y cada día que se nos presenta es una oportunidad para volver a comenzar. 

No dejes pasar tu oportunidad, asume tu vida y decide comenzar de nuevo. 

La vida es una aventura.


viernes, 2 de diciembre de 2011

"¡YO TE CONOZCO!"


Nada impresiona más que esa especie de adivinadores, personas especialistas en conocer los rincones más escondidos del alma humana, que de manera premonitoria dicen: “Yo te conozco”.

Palabras estas que hacen temblar hasta el más guapo ¿quién sabe a cuál de las grietas que llevamos en el interior se refiere? ¿a cuál acontecimiento fatídico, donde hemos quedado desnudos ante la vida fruto de nuestras decisiones, esté apuntando su dedo acusador?

Quien dice “yo te conozco” se reviste con el fuego de los dioses. Participa de un poder que el resto de los mortales desconoce. Y hace que se le rinda la reverencia de quien no pertenece al rastrero mundo de lo cotidiano.

Si alguien conoce y conoce a la gente, no solo en lo que es la apariencia física o las máscaras psicológicas, alude a lo que esté en los entretelones, detrás del escenario. Como los decorados de una escenografía, en que detrás de lo estéticamente hermoso existe el caos, el desorden, las cuerdas y contrapesos que sostienen lo que es incuestionablemente irreal. “Yo te conozco” es decir: yo sé quien eres, conozco tus entretelones, nada hay oculto para mí.

En definitiva, es un poder religioso el que se les da a aquellos que dicen “yo te conozco”.

El único detalle que pasa por alto es: ¿en verdad nos conoce? O invirtiendo las cosas ¿en verdad yo conozco exhaustivamente a alguien?

Es un detalle, el que aludimos, que desmonta la otra parte de la escenografía. Si no nos conocemos a fondo a nosotros mismos, que convivimos 24 horas dentro de la misma piel ¿cómo pretendemos conocer a los demás?

Generalmente el “yo te conozco“  no pasa de ser una ilusión óptica. Porque muchas veces vemos en los demás lo que nos conviene, interesa o lo que se parece, por afinidad o por contraste, a nosotros. Podemos proyectar nuestro mundo interior en los demás, como también podemos proyectar en los demás nuestras culpas y responsabilidades. El argot popular lo conoce como “el chivo expiatorio”.

Entresacamos algún aspecto, y se idealiza, como ocurre con los que se enamoran de la persona equivocada. O escogen un defecto que mueve una repulsión que nace de las entrañas, para descalificar en otro aquello que nos repugna de nosotros. Y entonces dicen conocer a una persona cuando lo que realmente conocen es a su caricatura.

Es curioso que este “yo te conozco” en oportunidades sirva para “yo conocerme”. Lo que vemos en los demás con agrado o desagrado ha pasado por el filtro de nuestros gustos y disgustos. Pero, aún más, lo que vemos en los demás, sobre todo en lo que se refiere a desagrado, lo vemos como quien se ve reflejado en un espejo: vemos en los otros lo que no queremos ver en nosotros y lo tenemos.

Sin embargo, la expresión “yo te conozco” usualmente se utiliza para descalificar. “Yo te conozco” es que “yo sé quién eres, quien fuiste y quién vas a seguir siendo, así que no te ilusiones en que me vas a convencer de lo contrario”.

Esta forma de ver a los demás oculta un hecho ineludible: puede que los demás importen en cuanto me afirman de una u otra forma. Unos en cuanto a lo que yo creo ser; otros, en cuanto yo no soy tan rufián como ellos.

Así que el problema consiste en renunciar a esa omnipotencia que da ese supuesto conocimiento, para volver a lo básico de la relación: verme con desnudez y sencillez, y abrir mi mundo al mundo interior del otro; andar por la vía de la relación circulando en doble dirección, tanto de ida hacia la otra persona como de venida de la otra persona hacia mí.

Tomar esta actitud de niños, de aprendices, es, por lo tanto, abrirse al drama de vida que hay en el otro, con sus experiencias buenas, dolorosas y fallidas, sin apartar la vista porque veamos su gloria o su podredumbre. Poder ver el esfuerzo diario del otro por incorporarse, para ser mejor persona, y estar allí no para sustituirlo más sí para apoyarlo.

Dejarnos sorprender por la grandeza encerrada, por la nobleza a pesar de todo, por la fragilidad que se alza contra la tempestad. Eso es más rico, mucho más rico, que un simple “te conozco”.

Puede que muchos fracasen en sus mejores intentos y esto crea en mí algo de escepticismo ante la vida. Pero el poder estar allí, no como quien juzga sino como quien comparte, es ya una experiencia de la que nadie debería perder. La condolencia por aquellos que dudaron de sí mismos y se dejaron llevar por la corriente, no es otra cosa que afirmar que mi mano sigue tendida en la dirección en que partieron, por si deciden regresar.

Es ver también el peso de las acciones y las experiencias, tan banalizadas hoy, cuando pueden marcar el presente y porvenir de una persona. Es el sopesar los pasos que doy, porque tiene el peso del infinito. Y esta vida está allí para vivirla, no para que otros nos vivan.

Es prioritario entender que no debemos utilizar el “yo te conozco” para señalar el aspecto negativo del otro, sino realmente tomarme el tiempo para conocer al otro: para ver su belleza interior, para entenderla, por dejarme complementar por su “yo”. Pero también para entender cómo puedo acercarme sin miedo ni angustia y saber cuándo, cómo y de qué manera puedo ser apoyo para esta persona. 


Conocer al otro en toda su dimensión también es mi responsabilidad, porque solo así puedo dejarme complementar y porque así voy abandonando los vestigios del hombre viejo que solo quiere ver oscuridad en el otro y no descubrir la intensidad de su luz interior.

“Te conozco” debería ser la frase que utilicemos cuando queramos afirmar a alguien, cuando queramos defender su espacio, cuando queramos reconocer su grandeza.

Conocer al otro es mi manera de decir “me importas, te quiero y te acepto como eres”. Soy capaz de ver tus áreas oscuras que no me atemorizan y también descubrir todas tus luces, tus carencias pero también tus posibilidades, no me asusto de ti ni te acuso porque soy capaz de descubrir que eres como yo, con tus miserias como las mías, pero también con tus grandezas.

Quiero conocerte porque descubro que hay destellos de luz en ti que pueden ser míos si me dejo iluminar por ti.