viernes, 30 de diciembre de 2011

PASO A PASO



Llega el fin de año con las recapitulaciones habituales. El recuento de lo que hicimos y dejamos hacer. Las personas que están con nosotros y las que, por cualquier motivo, quedaron atrás. Hacemos un momento de introspección, es decir, de mirada interior lúcida para encontrarnos con nuestras fallas y errores. Y esto hay gente que lo hace aderezándolo con alcohol, lo que incrementa la culpabilidad y hasta la depresión.

El nuevo año nos impulsa a hacernos propósitos. Pueden haber propósitos de muchos tipos: algunos se establecen metas económicas, mientras que otros persiguen mejorar su relación conyugal. Están los que juran por el cielo que este año sí van a dejar de fumar, y otros que no van a gastar tanto en cosas inútiles. Los hay huraños, gruñones, los que maldicen o tienen un lenguaje vulgar. El que se propone leer más o ver menos televisión. Salir más con los hijos. O hacer una dieta, ir al médico, oculista u odontólogo. Ser menos tontas con los hombres o ser más estable con las mujeres.

Algunos los escriben. Otros los declaran públicamente. Puede que otros se los reserven en su corazón. O los envuelvan en alguna oración, de acuerdo a las creencias de cada quien, para cumplir con los propósitos.
El “año nuevo, vida nueva” es oportunidad para volver a comenzar, que diría una canción tradicional de un compositor venezolano, “con salud y con prosperidad”. Pero las estadísticas dirían que la mayoría de los propósitos no se cumplen o se estrellan estrepitosamente contra la realidad. Algo debe pasar.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, decía Albert Einstein. Podemos descorazonarnos porque repetimos los mismos resultados haciendo los mismos intentos. Y concluir que la vida es una noria que no nos lleva a ningún lado. Si así fuera, obvio ¿para qué seguir intentándolo?

Pero también podemos pensar que se ha fallado en cuanto al método, a la manera de intentarlo. O que se ha sido muy ingenuo o superficial.

Hay ocasiones en que la gente hace propósitos parecidos a la demolición de un edificio: casi como que el cambio debería incluir hasta la genética. Ciertamente que lo primero que las personas deben hacer es aterrizar y seleccionar los puntos conflictivos. De todo lo que les abruma, qué es lo que parece más realista cambiar y que, además, forma una especie de nudo que, en caso de desatarse,  permitiría más adelante progresar en otros aspectos.

Un bebedor compulsivo no puede plantearse tener un mejor diálogo con su familia si antes no controla su manera de beber o deja de tomar.

Así que lo primero es una evaluación exhaustiva y conciencizuda de la situación y la posterior identificación de esos puntos nucleares o nudos que deseamos cambiar o mejorar. No conviene hacerlo a la ligera, sino sopesando lo que ello implica, su importancia, el daño que nos ha causado o el que hemos causado a los demás, la manera como nos condiciona.

No se puede verlos de manera superficial, solo porque la experiencia sea desagradable. Hasta deberíamos preguntarnos por el origen, la causa o las razones por las que actúo como actúo. Rehuir a lo desagradable es muchas veces perseverar atontados en el error. Por evadir sentir, terminamos jurando que todo está bien.

Luego hay que establecer una estrategia, una forma inteligente a través de la cual podamos avanzar. Es el camino que pensamos seguir. Y hay que seguirlo con disciplina y perseverancia. Una de las formas usuales de fracasar consiste en fantasear creyendo que errores de veinte años se van a superar en 24 horas de buenas intenciones.

Un alcohólico, por ejemplo, puede proponerse no beber más; si tiene la ayuda necesaria (por ejemplo, Alcohólicos Anónimos) podrá detener el trago. Pero hay otro proceso que implica reeducación: tiene que aprender a manejar sus emociones y estrés sin recurrir a la bebida, aunque le provoque beber; también tiene que aprender a socializar y a tener amigos cuyo motivo de reunión sea distinto a tomar.

Una mujer puede que coma de manera poco sana: exceso de carbohidratos (pan, pasteles, empanadas, etc.). Pero también puede descubrir que se trata de una manera equivocada de enfrentar la soledad o su baja autoestima. No es, por consiguiente, simplemente un problema dietético, que también lo es; trabajar en ambos aspectos, la soledad y la autoestima, mejoran la capacidad de compromiso con el cambio de estilo en la alimentación y el ejercicio.

Identificando el camino debe plantearse que su recorrido no va a ser fácil. En cualquier proceso existe siempre la tentación de volver atrás. O de transformar una recaída ocasional en una caída definitiva. Me propongo, por ejemplo, no discutir airadamente y de forma hiriente con mi esposo, sino en otros términos; puede que en alguna ocasión falle a mi propósito, y le grite, por ejemplo. Pero no por ello debería desistir. Un perdón sincero y conversado debería ayudar a retomar el camino propuesto.

El esfuerzo y sacrificio deben ser tomados en cuenta desde el principio: me gusta llamarlo hábito y disciplina, que nos ayuden a perseverar. La persona que se encuentra parada en el punto de partida debe internamente evaluar su compromiso, recursos, el esfuerzo que debe emprender y la capacidad de sacrificio.

También conviene que sepa de antemano quiénes pueden ser sus aliados para, en caso de flaquear, poder conseguir el apoyo necesario. Igualmente podría hacerlo en relación con quienes puedan amenazar el proyecto de cambio, para evitarlos.

Una vez que tenga las condiciones básicas para lanzarse a la hermosa aventura del cambio, puede iniciar el camino. Pero el camino es paso a paso.

Cada elemento que se ha descrito requiere tiempo para que madure en nuestro interior. Podemos tener el propósito de cambiar en este u otro aspecto, pero el proceso interior para enfrentar con determinación el cambio, en sentido práctico, puede tardar meses. Lo importante es la determinación interna, la perseverancia de no desistir hasta conseguir los frutos de nuestro propósito.

Por eso, antes de terminar el año, no hagas propósitos que no pienses cumplir y mucho menos si van acompañados por la euforia del abrazo del año nuevo y el alcohol.

Detente y piensa si realmente quieres y deseas cambiar y guarda esos propósitos para el mes de enero, cuando haya pasado la borrasca del año nuevo.

Tómate el todo el mes de enero para mirarte, para descubrir recursos y para, finalmente, en todos tus cabales, poder hacer los propósitos que necesitas hacer.

Pero recuerda… todo se logra paso a paso.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿POR QUÉ ESPERAR?

Pasamos la vida posponiendo cosas porque estamos esperando el momento justo. Así lo cotidiano se come a lo extraordinario y nos paralizamos hasta que se cree la escenografía adecuada para esos momentos. Dejamos pasar tiempo y oportunidades mientras llega la ocasión. Es entonces cuando entra en escena la Navidad.

Con ella aparecen como compañeros la música, luego las luces y adornos, y hasta la comida. Nos vemos envueltos  en un ambiente de abrazos, perdones e inclusive buenos deseos. Hacemos el esfuerzo de apartar tiempo para encontrarnos con aquellas que estimamos sin casi vernos durante los otros meses del año. Intercambiamos obsequios que sirven de símbolo para expresar la sinceridad de nuestros afectos más profundos. Y la desgracia de otros, que antes nos pasaba desapercibida, ahora no nos es indiferente. Hasta pensamos en formas de paliarlas sino podemos evitarlas ¡Es la magia de la Navidad!

En el fondo pueden ocurrir muchas cosas que expliquen  este contagio colectivo de buenas intenciones. Puede que, entre otras, nos conectemos con momentos de nuestra vida en los que nos sentimos felices. O que gozábamos de más ingenuidad para ser felices. El ambiente familiar, las patinatas de ciertas generaciones y las salidas familiares, el encuentro entre hermanos, el revivir momentos gratos con personas que ya no están a nuestro lado, los viajes a rincones remotos para estar con nuestros seres queridos.

Puede que sea el conectarnos con nuestra infancia, o al menos con ciertos momentos de esta. Incluso para aquellos que vivieron infancias difíciles que, sin embargo y a pesar de todo, logran conectarse con la ilusión que hubo en determinadas ocasiones.

Todo lo cual es muy valioso, pues significa, simple y llanamente, que todas esas cosas forman parte de nuestro interior. Están por allí, en algún lugar. Existe, por tanto, un reservorio que, pese a los errores que hayamos cometido, nos dice que podemos ser mejores personas, tal como alguna vez lo soñamos, y no simplemente una repetición y acumulación de errores.

Bien válido, como se ve.

El problema es asimilarlo. Digerirlo hasta que forme parte de nuestro tejido vital. O sea, no esperar a la magia de la Navidad para que salga a flote. Si solo aparece el mensaje una vez al año sería ambiguo y contradictorio: sueño con ser otra persona, menos metida en mis propios asuntos y con tiempo para el encuentro con los demás, y despierto en enero a la realidad cruda y cruel. Fue un sueño que sirvió para autoengañarme durante un mes, para vivir embobado, como quien lo hace bajo el efecto del alcohol y se levanta al día siguiente con dolor de cabeza. Nada real.

Y el desafío es hacerlo real.

Ya que el problema es que esta es una legítima aspiración, enclavada en lo más profundo de lo que somos. Que no somos unas máquinas productoras, o consumidoras; que pasan por encima de los demás, como aplanadoras, para chocar y defender posiciones de poder, sobre todo si nos sentimos amenazados. O para doblegar a esposo/a e hijos.

Que una vida que cuente con la necesaria prosperidad necesita de otros argumentos para justificar su existencia: la capacidad de darnos, encontrarnos, descubrimos, crecer y aspirar alcanzar nuevas metas.

Lo que ocurre en Navidad debe vivirse como descubrimiento que dinamice todo el año: poder tener tiempo para revisar nuestra vida, lo que hacemos y lo que nos proponemos. Apartar tiempo dentro de la rutina habitual para estar con la familia e inventar cosas con ella; tener tiempo para escuchar, aconsejar, corregir, enmendar y pedir perdón. Darse el chance de cultivar amistades de valor que hagan llevadera y enriquezcan mutuamente la existencia. No esperar a la Navidad para brindar obsequios y abrazos.

Hace unos años se comenzó a poner de moda en los países del norte de Europa una cosa que le llamaron slow living. Tiene que ver con la reacción romana contra el fast food que se le llamó slow food (1986). Ante la forma de vida inhumanamente acelerada en la que lo que cuenta es la prisa, el trabajo eficiente y la producción en jornadas agotadoras que no permiten nada más, alguna gente se propone llevar la vida responsablemente y sin descuidar las metas económicas y laborales pero con mayor disfrute y serenidad. Ese disfrute y serenidad debe permitir vivir, corregir, encontrarse y amar. No somos piezas del engranaje industrial, sino seres humanos que aportan socialmente pero con capacidad para el encuentro con los demás y con nosotros mismos.

Desmontar ese ritmo acelerado y evasivo que no nos deja mirar hacia los lados; el desarmar todo el andamiaje donde hemos colocado las experiencias negativas y el dolor, no tiene que ser cosa solo de la Navidad.

Es cierto que no podemos mantener durante todo el año las casas adornadas con arbolitos, luces, pesebres o san Nicolás. Que hay otras celebraciones y otros ritmos. Lo que no podemos permitir es que un mal concepto de la Navidad secuestre y deslegitime nuestras aspiraciones de crecimiento.

¿Por qué esperar a la Navidad?

Que puedas preparar tu próxima Navidad con una vida digna de vivirse a lo largo de tu año.

¡Feliz Navidad! ¡Que Dios te bendiga!

viernes, 16 de diciembre de 2011

RESPLANDORES...

Recuerdo de niña haberme sumergido en el agua, del mar o de la piscina. Esa experiencia fascinante en que todo toma otra coloración, aparece borroso y los sonidos se hacen graves y lejanos. Pero por más que uno aguantase la respiración unos instantes, lo  más que pudiese, debía volver a la superficie para encontrarme con mis otros primos, que hacían lo mismo.
Supongo que esa fascinación por entrar en un mundo envolvente donde todo lo demás se hacía distante y las sensaciones eran tan distintas, el que en ciertas partes se tejieron leyendas relacionadas con sirenas: alguien que se sumerge sin necesidad de volver a la superficie.
La fantasía permite, obviamente, idealizar ciertas experiencias o situaciones que son momentáneas, imaginándolas eternas. Inclusive si su contenido deja de tener profundidad pero, por otro lado, gana en intensidad sensorial. La seducción por una vida de permanente fiesta o conquista amorosa, sin que de ello devenga el compromiso propio de los que realmente aman. Una vida que puede contar con una fugacidad de vivencias sin sentido, sin que se consiga vivirlas de manera integradoras.
El mismo comportamiento compulsivo de comprar para llenar vacíos, no atendiendo a la necesidad sino a la novedad. Siguiendo la marcha de las modas y de las masas, para sentir por un momento que no se está solo. Todo sin reflexión, solo con la satisfacción momentánea de sentir, quizás, que se es privilegiado ante otros que, deseando lo que yo hago, no tienen la capacidad para conseguirlo.
Solo que, a diferencia, de la experiencia en el agua, las personas no sienten que les falta el aire de la respiración. Creen que pueden vivir indeteniblemente de esa forma. Incluso el sufrimiento y el dolor se ven como lejanos y efímeros, como propio de otras personas, que no de mí. Este es el peligro.
El que una experiencia tenga la fuerza, como decir, luminosa de enceguecer nuestros sentidos, no es lo malo. Lo aceptamos, por ejemplo, entre quienes se enamoran y, si saben donde están parados, en momentos íntimos y sublimes de los esposos. Todos estamos de acuerdo que un atleta, que ha estado sometido a un riguroso entrenamiento para conseguir ciertas condiciones, considere sublime su premiación en las Olimpíadas.
Que un estudiante se gradúe u obtenga un reconocimiento por sus méritos, sea algo que a cualquiera le hace sentir que toca el cielo. O que un científico, que ha dedicado su vida al ámbito de la investigación, consiga un hallazgo no descrito por la ciencia, sea una cosa de otro mundo.
Lo que sería preocupante es que nos hiciese perder las proporciones, el sentido de la vida, lo auténticamente valioso o sirviera para no prestarle atención a nuestras responsabilidades.
Igualmente sería preocupante si fuese excusa habitual para vivir desde la superficie o, cosa también factible, desde lo que es embriagadoramente perjudicial. Puede ser muy intensa la experiencia de lanzarse por las bajadas de una montaña rusa, pero si alguien sufre del corazón, sería fatal. Y en la vida la gente se monta en muchas montañas rusas que no son exactamente armatostes metálicos.
Por el deseo de imitar a amigos y vecinos, puede ser que me endeude por encima de mis posibilidades. Alguien puede acceder a una aventura amorosa que ponga en riesgo su matrimonio o estabilidad emocional. U otro puede tomar en exceso o ingerir estupefacientes.
Así que, además de la valoración que se le pueda dar a cada situación en sí, lo que pretendo resaltar es el carácter distractor y enceguecedor, que perturba la vida haciendo perder el rumbo o la orientación, tanto más peligroso en la medida en que no nos percatamos, como en el agua, que “nos falta el aire”.
Uno de los efectos más inmediatos es el de centrarnos negativamente en nosotros mismos, independientemente, como se dijo, de cómo se valore la experiencia. Nos encerramos en lo que sentimos y necesitamos. Consideramos que lo que conseguimos es lo suficientemente grandioso como para que los demás se sientan como nosotros (un empresario exitoso, que le quita horas extras a su familia para dedicárselos a su trabajo) o, sino, para que pongan su cuota de sacrificio en razón de un bien falsamente superior.
El mundo que internamente nos figuramos, a partir de lo “sublime”, le damos el rango de mundo real, el cual es otro de los efectos.
Además, esta situación de privilegio permite que el ego se infle exageradamente; lo que comúnmente consideramos como arrogancia, soberbia, prepotencia… sin referirnos a los delirios de grandeza, que serían la versión patológica del asunto. Y los demás, como dijimos, se transforman en títeres que cumplen un papel secundario en el guión teatral que nos toca protagonizar.
A esta descripción habría que añadir, de forma concienzuda, cuando de manera colectiva se vive un ensueño del que no se quiere despertar. O que despertarse significa volver a la palurda realidad. Ocurre en tiempos de procesos electorales, eventos deportivos y, algo fuera de lo común, campeonatos como el Mundial de Futbol, las Olimpíadas u otros similares.
Los puntos de referencia se borran, por lo que la gente se mueve conjuntamente bajo los mismos efectos eufóricos. Quienes manejan las masas, como las grandes campañas publicitarias por no mencionar a aquellos que dirigen las sociedades, saben sacar dividendos de este fenómeno.
Estamos inmersos dentro de estos días previos a la Navidad. En todo el Occidente son fechas especiales, que implica una variedad de costumbres y tradiciones. Las casas toman un aspecto especial y se hace intercambio de regalos. La comida es distinta y el ajetreo se siente por todas partes. Las mismas ciudades tienen un aspecto distinto, además de la nieve del norte, el sol del sur, que no la media habitual en el termómetro del trópico.
Fácilmente podemos distraernos y cegarnos por una sociedad que resalte el consumo y lo superficial. Fácilmente podemos olvidar que para muchos estas fechas son melancólicas, pues perdieron el bienestar y seguridad que antes tenían; perdieron casas que no saben cuando recuperarán; perdieron seres queridos o se les enfermaron gravemente. Para otros la navidad de la televisión es algo que nunca han vivido y que, por su grado de pobreza, ni siquiera se preguntan si algún día vivirán.
Generalmente nos dejamos deslumbrar por luces y resplandores equivocados o ilusorios. El resplandor de hermosos juegos de luces, el resplandor del correcorre de las fiestas, el resplandor de la música y los sonidos. Resplandores que iluminan distrayéndonos de un resplandor más profundo y fundamental: el resplandor de la realidad concreta del otro, de su lucha por crecer, por darle sentido a su vida, en medio del dolor o el sufrimiento.
Tradicionalmente, en el sentido más auténtico de lo que es la tradición, la Navidad ha tenido sentido en el encuentro que hermana y hace solidarios. Puede que para algunos estos días no tengan relevancia religiosa, pues no son creyentes, y para otros sí, pues lo son. Pero lo que Occidente no ha olvidado, en sus relatos y cuentos, es esa solidaridad que hermana unos con otros; esa atención hacia aquel que está más desfavorecido. No lo dejemos perder.
Deja que tu luz interior resplandezca, inunde tu vida y alcance la vida de los demás. No dejes que la luz que haya en ti produzca resplandores vacíos, engañosos y superficiales.
Deja que la luz de tu vida interior produzca resplandores de amor profundo, de paz, de tolerancia, de perdón. Que el resplandor de tu luz pueda ser camino y apertura para el que sufre, espera y calla.
Toma conciencia que tu luz puede ser  resplandor sanador para tu prójimo.


viernes, 9 de diciembre de 2011

CONGESTIÓN!



Es habitual que las grandes ciudades padezcan de un tráfico pesado. En algunas la situación reviste de una gravedad sofocante, que ahoga en el estrés, ruido y contaminación a cuantos sufren el embotellamiento. Miles de vehículos queriendo avanzar por vías que resultan insuficientes. El peso del tiempo goteando dentro de cada cabina…

El tráfico congestionado ha servido para comerciales que ofertan digestivos y productos afines. Y la palabra congestión ha servido para ilustrar síntomas relacionados con ciertos estados de salud.

Pero en nuestro caso queremos usar, tanto la palabra como su significado, para referirnos a la congestión que se arma en nuestra mente y en nuestra vida por las múltiples actividades, tareas, compromisos y obligaciones. Hasta las actividades más banales las incluimos en esta clasificación quizás, algunas veces, para alimentar nuestra vanidad.

Así pues, múltiples exigencias transitan por nuestras neuronas buscando abrirse paso hasta su realización. Y mientras tanto la presión (tanto la nerviosa como la sanguínea) se eleva. Respiración entrecortada, pulsaciones aceleradas, dolor de cabeza, sudoración, baja tolerancia, actitudes conflictivas… son unas de tantas consecuencias y síntomas que acompañan… a la congestión.

Ante esta situación lo primero que surge es la autocompasión: ¡pobre yo! El mundo moderno es agotador con su estilo de vida acelerado, en contraste con las ciudades de antaño. Autocompasión que sirva, obviamente, compadecernos y alimentar temas de conversación.

Pero no sirve para crecer. Porque crecer es responsabilizarse y estar a la altura de los desafíos. Claro que el asumir responsablemente la vida tiene como primera consecuencia que yo no me enrole en cualquier guerra ni pacte cualquier compromiso. Yo no puedo, por ejemplo, solucionar el conflicto matrimonial de un familiar muy querido, si ellos no ponen de su parte; podré preocuparme pero con el realismo de no inventar alternativas que a nadie le interesa. Igualmente sabré posponer, o incluso abandonar, un gasto inútil en mi vehículo, si es únicamente decorativo y tengo otras responsabilidades que cubrir.

De tal manera que muchas veces estamos congestionados por una mala administración de nuestra propia vida.

Una de las razones por la que nos ocurre esto es por no saber priorizar. La vida del ser humano siempre es un caos que ordenamos. La manera como un bebé se va asomando a la vida le permite conocer y reconocer, y en ese reconocimiento hay un ordenamiento que ocurre en su interior. Ordenamiento que es diferenciación. Pero también se da una jerarquización, aunque sea bastante básica: las necesidades básicas, como el comer y el dormir, no las pospone.

Pero, de nuevo, ese caos y aluvión de sensaciones de todo tipo vienen paulatinamente ordenadas en el interior, inclusive con una clasificación rudimentaria: lo que gusta y lo que disgusta.

En la medida en que crecemos se incorporan otras formas de ordenar y clasificar sensaciones, emociones y experiencias. Inclusive tal cosa se hace en base a sistemas de valores.

En efecto, ninguna persona adulta (o que pretenda llegar a la madurez psicológica) puede prescindir de cierto esquema de valores. Estos van a ser criterio para organizar la acción.

O sea, ante el caos de lo que se tiene que hacer, hay que priorizar en orden de importancia, factibilidad y estrategia. Por ejemplo, puedo tener miles de asuntos más importantes que revisar los cauchos a mi vehículo, pero si me ocurre algún percance en la calle por este descuido todo lo demás se va a complicar mucho más. Puede que algo no tenga tanta importancia pero puedo resolverlo de una vez, sin grandes contratiempos. O puede que, posponiendo algo que requiere de gran concentración y energía pero que no es urgente, pueda resolver varias cosas a la vez para que no me agobien. Pensemos en alguna diligencia que deba hacerse en el centro de la ciudad, pero en el que podemos hacer varias cosas a la vez; o  como bien saben las amas de casa, mientras cocinan el almuerzo tienen puesta la lavadora; o la empresa que solicita insumos a sus proveedores y, para ahorrar tiempo y dinero en el envío, hace un pedido que incluya lo que hace actualmente falta y lo que en algunas semanas deba solicitarse. Evidentemente que hay urgencias y cuestiones de importancia capital: un evento deportivo donde participen nuestros hijos, o un acto cultural en el colegio no pueden ser pospuestos fuera de situaciones realmente fuera de control.

Pero puede haber también otra razón: nos habituamos no a posponer estratégicamente sino de forma arbitraria. Es decir, no vamos resolviendo y el inventario de cosas por hacer crece en un orden geométrico. La lista de cuestiones es producto acumulado de meses de desgana, a lo mejor, o de apatía. Como quien tiene un cementerio de chatarra o de artefactos inservibles que se acumulan porque en algún momento se van a arreglar. Cuando miramos esa situación y el caos que produce en nuestra interior, nos sentimos sofocados y abatidos. Derrotados antes de la batalla.

Además de la incapacidad de priorizar y la postergación indefinida, puede haber otro factor, que ya hemos insinuado: acumulamos cantidad de asuntos que nos arrastran de un lado para el otro, que nos movilizan constantemente, que nos hacen ir y venir ¿Cuál es el provecho de esto? ¿Por qué lo hacemos? Porque nos descentra, en el mal sentido, de nosotros mismos. Vivimos dispersos y, en esta dispersión, conseguimos no vernos. Rehuimos de mirarnos y de ver cuestiones que no nos agradan: no somos la madre que suponemos ser, o el esposo, o no nos estamos desenvolviendo de manera competente en nuestro trabajo. O tal vez esquivamos ver tal defecto que nos resulta humillante, o aquellos aspectos que nos avergüenzan y son señalados por las personas que sabemos que nos aman. O la manera como señalamos a los demás, para no vernos.

Es obvio que debemos descongestionar nuestra vida, para poder disfrutarla, para poder mirar con mayor profundidad, para establecernos nuevos retos. El tráfico de situaciones que nos contaminan se debe, en una gran parte, a que todo lo hacemos circular por las estrechas vías de la desorganización e ineficacia. Priorizar es poner en las autopistas lo que debe hacerse de inmediato, en las carreteras de primera los camiones de carga pesada y en las vías secundarias aquello que sirve para hacer turismo, distraernos y pasear.

Puede que no debamos desechar nada, si realmente enfrentamos cuestiones imprescindibles. Pero podemos dotarles de canales de circulación y tiempo distinto para cada una…

Pero quizás lo más importante sea recordar que debemos descongestionar el camino bidireccional que existe entre nuestra razón y el corazón.

Tener la capacidad de no dejar que nuestras emociones o nuestro corazón arropen nuestra razón, cuando ella misma nos está advirtiendo sobre una posible congestión en nuestra vida, sea física, personal, interpersonal.

De la misma manera que no debo racionalizarlo todo dejando a un lado la emoción o el malestar interno que pudiera producir la supuesta toma de decisión racional que me va a llevar a la congestión.

Al final, lo que debo descubrir, y solo puedo descubrir mientras me miro internamente, es qué es lo más importante en mi vida, que me conlleva a mi equilibrio emocional, entendiendo entonces que todo aquello que me congestiona emocionalmente, afectivamente y hasta en mi mundo familiar e interpersonal debe ser puesto a un lado.

De nuevo, como lo he  repetido infinidades de veces, el autoconocimiento es primordial en nuestra vida; pues es el autoconocimiento lo que me va a llevar a crear herramientas que eviten la congestión en mi vida.

Descongestión: Libertad para vivir.








viernes, 2 de diciembre de 2011

"¡YO TE CONOZCO!"


Nada impresiona más que esa especie de adivinadores, personas especialistas en conocer los rincones más escondidos del alma humana, que de manera premonitoria dicen: “Yo te conozco”.

Palabras estas que hacen temblar hasta el más guapo ¿quién sabe a cuál de las grietas que llevamos en el interior se refiere? ¿a cuál acontecimiento fatídico, donde hemos quedado desnudos ante la vida fruto de nuestras decisiones, esté apuntando su dedo acusador?

Quien dice “yo te conozco” se reviste con el fuego de los dioses. Participa de un poder que el resto de los mortales desconoce. Y hace que se le rinda la reverencia de quien no pertenece al rastrero mundo de lo cotidiano.

Si alguien conoce y conoce a la gente, no solo en lo que es la apariencia física o las máscaras psicológicas, alude a lo que esté en los entretelones, detrás del escenario. Como los decorados de una escenografía, en que detrás de lo estéticamente hermoso existe el caos, el desorden, las cuerdas y contrapesos que sostienen lo que es incuestionablemente irreal. “Yo te conozco” es decir: yo sé quien eres, conozco tus entretelones, nada hay oculto para mí.

En definitiva, es un poder religioso el que se les da a aquellos que dicen “yo te conozco”.

El único detalle que pasa por alto es: ¿en verdad nos conoce? O invirtiendo las cosas ¿en verdad yo conozco exhaustivamente a alguien?

Es un detalle, el que aludimos, que desmonta la otra parte de la escenografía. Si no nos conocemos a fondo a nosotros mismos, que convivimos 24 horas dentro de la misma piel ¿cómo pretendemos conocer a los demás?

Generalmente el “yo te conozco“  no pasa de ser una ilusión óptica. Porque muchas veces vemos en los demás lo que nos conviene, interesa o lo que se parece, por afinidad o por contraste, a nosotros. Podemos proyectar nuestro mundo interior en los demás, como también podemos proyectar en los demás nuestras culpas y responsabilidades. El argot popular lo conoce como “el chivo expiatorio”.

Entresacamos algún aspecto, y se idealiza, como ocurre con los que se enamoran de la persona equivocada. O escogen un defecto que mueve una repulsión que nace de las entrañas, para descalificar en otro aquello que nos repugna de nosotros. Y entonces dicen conocer a una persona cuando lo que realmente conocen es a su caricatura.

Es curioso que este “yo te conozco” en oportunidades sirva para “yo conocerme”. Lo que vemos en los demás con agrado o desagrado ha pasado por el filtro de nuestros gustos y disgustos. Pero, aún más, lo que vemos en los demás, sobre todo en lo que se refiere a desagrado, lo vemos como quien se ve reflejado en un espejo: vemos en los otros lo que no queremos ver en nosotros y lo tenemos.

Sin embargo, la expresión “yo te conozco” usualmente se utiliza para descalificar. “Yo te conozco” es que “yo sé quién eres, quien fuiste y quién vas a seguir siendo, así que no te ilusiones en que me vas a convencer de lo contrario”.

Esta forma de ver a los demás oculta un hecho ineludible: puede que los demás importen en cuanto me afirman de una u otra forma. Unos en cuanto a lo que yo creo ser; otros, en cuanto yo no soy tan rufián como ellos.

Así que el problema consiste en renunciar a esa omnipotencia que da ese supuesto conocimiento, para volver a lo básico de la relación: verme con desnudez y sencillez, y abrir mi mundo al mundo interior del otro; andar por la vía de la relación circulando en doble dirección, tanto de ida hacia la otra persona como de venida de la otra persona hacia mí.

Tomar esta actitud de niños, de aprendices, es, por lo tanto, abrirse al drama de vida que hay en el otro, con sus experiencias buenas, dolorosas y fallidas, sin apartar la vista porque veamos su gloria o su podredumbre. Poder ver el esfuerzo diario del otro por incorporarse, para ser mejor persona, y estar allí no para sustituirlo más sí para apoyarlo.

Dejarnos sorprender por la grandeza encerrada, por la nobleza a pesar de todo, por la fragilidad que se alza contra la tempestad. Eso es más rico, mucho más rico, que un simple “te conozco”.

Puede que muchos fracasen en sus mejores intentos y esto crea en mí algo de escepticismo ante la vida. Pero el poder estar allí, no como quien juzga sino como quien comparte, es ya una experiencia de la que nadie debería perder. La condolencia por aquellos que dudaron de sí mismos y se dejaron llevar por la corriente, no es otra cosa que afirmar que mi mano sigue tendida en la dirección en que partieron, por si deciden regresar.

Es ver también el peso de las acciones y las experiencias, tan banalizadas hoy, cuando pueden marcar el presente y porvenir de una persona. Es el sopesar los pasos que doy, porque tiene el peso del infinito. Y esta vida está allí para vivirla, no para que otros nos vivan.

Es prioritario entender que no debemos utilizar el “yo te conozco” para señalar el aspecto negativo del otro, sino realmente tomarme el tiempo para conocer al otro: para ver su belleza interior, para entenderla, por dejarme complementar por su “yo”. Pero también para entender cómo puedo acercarme sin miedo ni angustia y saber cuándo, cómo y de qué manera puedo ser apoyo para esta persona. 


Conocer al otro en toda su dimensión también es mi responsabilidad, porque solo así puedo dejarme complementar y porque así voy abandonando los vestigios del hombre viejo que solo quiere ver oscuridad en el otro y no descubrir la intensidad de su luz interior.

“Te conozco” debería ser la frase que utilicemos cuando queramos afirmar a alguien, cuando queramos defender su espacio, cuando queramos reconocer su grandeza.

Conocer al otro es mi manera de decir “me importas, te quiero y te acepto como eres”. Soy capaz de ver tus áreas oscuras que no me atemorizan y también descubrir todas tus luces, tus carencias pero también tus posibilidades, no me asusto de ti ni te acuso porque soy capaz de descubrir que eres como yo, con tus miserias como las mías, pero también con tus grandezas.

Quiero conocerte porque descubro que hay destellos de luz en ti que pueden ser míos si me dejo iluminar por ti.

viernes, 25 de noviembre de 2011

¿YO ME CONOZCO?



En la antigua Grecia había un templo en Delfos con una leyenda que decía: “Conócete a ti mismo”. Y para algunos representantes de la llamada Psicología humanista, pareciera que ese es el reto de la vida. Por lo demás, sin embargo, personajes como Teresa de Jesús, monja española del siglo XVI, afirmaba que “más vale un día de propio conocimiento que muchos de oración”. 


Así que podríamos preguntarnos, después de hacer referencia al mundo griego, el de la psicología contemporánea y el de la mística: ¿por qué tanto énfasis? ¿quién puede poner en duda que no sabe quién es él o ella? ¿no soy yo el que se levanta todas las mañanas para enfrentar un indiscreto espejo?

Por esto nos puede parecer realmente absurdo el que alguna gente diga algo obvio con tantos bombos y platillos. Yo me miro en el  espejo y, ciertamente, aparezco yo y no otra persona. Así que me conozco. Si acaso, no conozco a los demás… o los demás no se dan a conocer. Yo sé lo que muestro y lo que oculto, lo que manifiesto y lo que disimulo, lo que digo y lo que callo… Demasiado bien me conozco, diríamos, como para que tenga que intentar conocerme.

No obstante, por un momento pongámoslo en sospecha: ¿me conozco? Es sano de vez en cuando y de cuando en vez volver a hacernos las preguntas obvias, por si conseguimos respuestas distintas ¿Me conozco?

Dentro de lo que es la rutina habitual yo puedo ser predecible: hago las cosas de cierta forma, digo tales cosas, expreso este tipo de preguntas, me levanto a tal hora y me acuesto a esta otra, me relaciono de esta forma con mi familia, mi esposo, mi esposa, mi pareja, mis hijos… Pero quizás confundimos conocimiento con programación. Hay una programación “exitosa” para hacer las cosas en determinada forma: lo exitoso puede ser porque conseguimos ciertos objetivos, porque nos alagan, porque cumplimos las expectativas de los demás… Pero no es seguro que “eso” seamos nosotros. Ni siquiera tiene que hacernos felices u orgullosos,  porque podemos hacerlo violentando lo que realmente somos y sentimos. Así que no se puede identificar “rutina” y lo que soy.

También puede ocurrir que confundimos lo que somos con cierta área de nuestra vida. Supongamos que con el área de las cosas en las que somos diestros. Yo cocino, coso, ayudo a mis hijos en sus tareas; o yo pinto, soy un buen profesional o un comerciante exitoso; o atrapo la atención de los oyentes con mis ocurrencias, converso de manera amena… Yo me identifico con mis habilidades y creo ser todas estas cosas que son buenas, negando todo lo que sea contrario.

Pero puede ocurrir igualmente que alguien se identifique con sus defectos o con las experiencias dolorosas o humillantes que haya hecho en su vida. Yo soy, por ejemplo, aquel que hirió con sus palabras a una persona bondadosa. Yo soy quien infringió un principio moral o un valor. Me presento, por lo tanto, como un ser deplorable, porque yo soy eso; o, simplemente, repito el comportamiento equivocado porque es una manera de afirmar que yo soy eso.
Ante tanta parcialidad podría darse el paso de entender el “conócete a ti mismo”. O mejor, “más vale un día de propio conocimiento que muchos de oración”. Porque ¿quiénes somos nosotros cuando nos sacan de la propia rutina, cuando nos enfrentamos a lo inédito, lo desconocido? ¿Cuándo nos vemos ante una situación nueva, para lo que no sirve nuestra programación? ¿qué es lo que aparece?

En tales circunstancias podemos llevarnos varias sorpresas, sea desde el punto de vista de la nobleza, sea de nuestra capacidad de actuar de forma retorcida. Se nos cae la careta, los esquemas. Se produce una crisis de la autoimagen, de lo que pensamos y de cómo nos vemos a nosotros mismos, de nuestras seguridades. Somos esto que nos negábamos a aceptar.

Claro está que, quien se identifica solo con lo bueno que hay supuestamente o en verdad, corre el riesgo de magnificarlo para no ver lo que también es. Sigue siendo valioso el “conócete a sí mismo” para no vivir engañado.

Y, en el margen contrario, quien se identifica solo con sus defectos, sea por propia experiencia o por reforzamiento de parte de los otros (modelación), corre el riesgo de negar cualidades o menospreciarlas. El propio conocimiento lo identifican de manera negativa, como comprobación de la propia ineptitud y minusvalía.

Generalmente el camino señalado desde antiguo consiste en conocer lo desconocido que hay en nosotros. O lo que nos empeñamos en negar.

Pero a esto hay que darle dinamismo. No se trata del propio conocimiento para la autocomplacencia o la autoflagelación. A partir del propio conocimiento busco posesionarme de mí mismo, de lo que soy, de responsabilizarme de mi vida y lo incorporo a mi proyecto.

Los aspectos bondadosos no me paralizan narcicistamente, sino que empujan hacia los demás y para incidir activamente en la vida. Los aspectos negativos suponen un reto de corrección o, en caso que se me escape de mis manos, una sana prudencia para no verme metido en situaciones en las que no sea capaz de responder en fidelidad con mis valores.

Y hay experiencias difíciles que marcan mi presente que deben ser miradas y remiradas para aprender de ellas o para restarles fuerza. En ocasiones será por propia cuenta, en otras con ayuda profesional. Pero no siempre, excepto en casos extremadamente dolorosos y traumáticos, vale la pena desviar la mirada de lo que causa dolor.

Una persona puede ser un padre o madre fatal con su hijo, porque inconscientemente para ello debe mirar hacia su infancia y mirar con dolor la manera cómo sus padres lo criaron. Verlos supone una dificultad que, si se hace con serenidad, libera, porque hace que asuma mi infancia y responda de manera adulta: “voy a ser distinto”. Alguien puede afirmar no querer a sus hermanos, cuando lo que lo bloquea es alguna experiencia difícil que, bien mirada, puede ser superada si entramos en contacto con la emoción que le acompaña y nos desahogamos. No habíamos dejado de amarles, solo que el dolor bloqueaba cualquier otro tipo de emoción.

Conocernos es un camino que no se recorre en un solo día. Puede que se requiera de mucho valor y de tiempo. Yo puedo saber como soy hoy, sin embargo ¿sabré cómo seré mañana? ¿en 10 años? ¿en mi ancianidad?

Al final vale la pena. Crecer como personas va de la mano con el autoconocimiento, la capacidad de asombro de lo somos y podemos ser.

Ya lo decía Freud: somos como un témpano de hielo en el mar, solo conocemos la punta que se asoma; la mayor parte permanece desconocida bajo el océano.

viernes, 18 de noviembre de 2011

¡AFÉRRATE!

Para muchos de los pacientes que llegan a mi consulta pareciera que el mundo se les está desmoronando. Como en las últimas escenas de la película “La historia sin fin”, en el que el llamado “mundo de la fantasía” está siendo destruido por la “nada”… y de esta forma cada rincón de ese mundo, con su indudable fascinación, se va cayendo a pedazos.

Solo que, en el caso de mis pacientes, lo que temen que se caiga a pedazos es su mundo real, el de las relaciones reales, el laboral, el de la afectividad y el de la cordura.

Y, aunque pareciera fácil de decir, puede ser normal que irrumpa la “nada” en nuestras vidas. Que quien está haciendo un proceso importante de crecimiento, o de psicoterapia, sienta la tentación, real o imaginaria, de renunciar, de volver atrás, de no avanzar, de dejar todo hasta aquí… sea por que crea que todo  está llegando a su fin sin que nada importante ocurra o porque no tiene sentido el seguir intentándolo, pues nada se consigue. Pienso en las personas que viven procesos de duelo, o de separación, o aceptación de limitaciones, o depresión, o tratamiento de adicciones o cualquier otro trastorno.

Avanzar no siempre resulta fácil y prometedor. Soñar con el mañana es más fácil que el prepararse para encontrarse con él cara a cara. Los sacrificios y las renuncias, la entereza y la determinación tienen un escozor muy diferente  que en la fantasía. La flaqueza del yo debe estar acompañada por la fortaleza de algo más, en ocasiones del “nosotros”, del responder ante la vida, del aferrarse.

Pero si de dolor se trata, nadie lo conoce tanto como los atletas, aquellos que por adquirir condiciones físicas de alta competitividad, soportan exhaustivos entrenamientos y estilos de vida austeros. Pasan por fracasos y humillaciones. En su caso el sufrimiento es una experiencia cotidiana del entrenamiento extremo. Diferente, obvio, a otros sufrimientos. Por el contrario, siente el desafío de perseverar hasta cruzar el umbral del dolor, con tal de conseguir un mejor performance.

No es fácil, no.

Cuando alguien está haciendo un proceso, en esta especie de deporte de crecer como personas, las seguridades de otros momentos parecieran fracturarse, pulverizarse,  esfumarse; cada uno siente la tentación de claudicar, de abandonarse, de dejarse hundir. En esos momentos hay que aferrarse, aferrarse, aferrarse.

Pero ¿aferrarse a qué? He ahí el dilema.

En medio de la confusión, del torbellino de ideas, sensaciones y emociones que giran a nuestro alrededor, es vital identificar aquello de lo cual podemos aferrarnos. Siempre hay algo, alguna situación, emoción, una razón, una persona o, simplemente, el hecho mismo de optar por vivir.

Hay personas que luchan a brazo partido porque quieren estabilizarse para poder disfrutar y apoyar a sus hijos. Otra persona lo hace porque considera que si se deja arrastrar por el caos interno, pone en riesgo la estabilidad material de su familia. Puede que alguno apueste a la esperanza, como una convicción para proseguir un tratamiento. Hay también quien se apoya en la confianza que le brinda el profesional… Alguno, por la única razón de no perder la cordura.

Cuando identificamos aquello en lo que podemos aferrarnos, hay una fuerza interior que nos impele a luchar. Se reencuentran energías  que ni siquiera se sospechaba de su existencia. Y en estas etapas de oscuridad, a pesar de todo, se puede continuar avanzando.

La persona sufre un descentramiento, consigue apartar su atención al problema que lo está atenazando y amenaza con engullirlo y se enfoca hacia nuevas metas. Ya no es solo real el laberinto que nos amedranta, sino el destello de luz que intuimos que existe al final del camino.

La personalidad que surge de este proceso es otra bien distinta. Es una personalidad probada en sus convicciones, en sus certezas, en sus valores y su sentido de responsabilidad. Implica todo una experiencia de renacimiento. Un ser que renace a una vida que se comienza a ver de otra manera. Un ser que renace para verse y percibirse de otra forma. Haber pasado por el paso de la muerte, pues así lo hemos experimentado, comporta una consistencia bien distinta.

Y esto, en un mundo donde se rehúye a todo lo que se sienta como exigente y difícil, y más cuando se trata del propio crecimiento interior, es todo una rareza. Una rareza coleccionable, que supone una valoración única. Algo que podrían rastrear con avidez aquellos que saben que el peso de las personas no depende de su imagen superficial sino por su valor  interior.

Así que, en momentos en que todo pareciera naufragar: ¡AFÉRRATE!

Cuando pareciera que nada es seguro: ¡AFÉRRATE!

Si crees que caminas en el vacío, porque te envuelve la oscuridad: ¡AFÉRRATE!

Si piensas que te han abandonado: ¡AFÉRRATE!


Porque al final, en medio de cualquier circunstancia, a pesar de todas las adversidades, siempre hay algo a lo que puedas aférrate, que te hará perseverar y que te permitirá ver la luz de un nuevo amanecer.

viernes, 11 de noviembre de 2011

TOXICIDAD

El mundo actual se encuentra signado bajo el verde símbolo del ecologismo. Luego de décadas ansiando el progreso a través del desarrollo desenfrenado del parque industrial de los países, descubrimos que nos vamos quedando sin planeta. Por ofrecer un simple ejemplo, muchas de las especies que existían cuando nacimos, esas ya no existen. Y eso sin querer profundizar en toda la serie de desequilibrios que existen.
Dentro de esta preocupación planetaria, surge una particular sensibilidad por lo tóxico, por la toxicidad. De un lado estan los gases que emanan las fábricas, los líquidos que se vierten en ríos y mares, el monóxido de carbono de los escapes de tantos vehículos, los plaguicidas y demás compuestos.
Además somos particularmente renuentes a ingerir alimentos que puedan estar mal procesados, o que provengan de animales que hayan sido alimentados con productos  químicos nocivos para la salud. Pero también algunos muestran profunda desconfianza ante las terapias farmacológicas convencionales, por razones de toxicidad.
Y como planteamiento resulta del todo válido (¿quién diría que no?), si no fuera porque descuidamos otras toxicidades. Como si alguien se preocupara por el efecto de los gases de los vehículos en el cáncer de pulmón, pero no reparase en la manera compulsiva de cómo fuma a mansalva.
Porque existen otras toxicidades, además de las químicas. Inclusive se podrían valorar como peores. Son las toxicidades que tienen que ver con nuestra vida personal, con lo que somos, con la psiquis de los antiguos que, para subrayar el carácter absolutamente íntimo y central, se podría traducir, junto con los poetas pero sin simplismos, como el alma: nos podemos quedar sin alma, por toxicidades diarias.
Y una sociedad sin “alma” ¿cómo va a enfrentar los desafíos ecológicos? Una persona sin “alma” ¿qué puede aportar de provecho?
Generalmente somos mucho más permisivos e indiferentes con esa clase de toxicidades. Inclusive las barnizamos como “cuestión de opinión”, “uso de la libertad o autodeterminación”, el estar “emancipados”… todo para no considerar si lo que estamos es contaminados.
Resaltemos, por ejemplo, sin ir mucho más lejos, el problema de la información: algo que se considera como objetivo, veraz, certero… ¿es realmente así? Muchas veces somos víctimas de una información soslayada, parcial, envolvente, que asfixia la capacidad de pensar y disentir. Porque cualquier disenso se considera como un atentado hacia lo que supuestamente es aceptado de manera universal. Pero la información, en muchos casos, es todo menos neutral. Presiona y presiona en una misma dirección. Conjura los aspectos más primitivos y emocionales de la persona para que, lejos de pensar, reaccione y actúe sin el recurso de la razón.
Pero demos otro paso: las relaciones interpersonales ¿cuántas veces hemos admitido en nuestra intimidad personas que resultan tan nocivas como la misma radiación? Están constantemente creando caos, humillando, agrediendo verbalmente, utilizándonos, sin que de nuestra parte reaccionemos en lo más mínimo. Pareciera que vivimos con lealtades patológicas en las que somos degradados, como si pretendiéramos ilusamente  inmolarnos por los demás.
Así mismo ocurre con situaciones en las que estamos  gratuitamente enganchados. Hay personas que se aventuran  a repetir experiencias arriesgadas para la paz personal, como la de meterse en negocios legales pero poco aconsejables por los niveles de riesgo. O la de pedir fuertes sumas de dinero a intereses que erosionan cualquier capital. O la de hacer remodelaciones contando con un dinero que no se tiene pero que se espera tener.
Igualmente pasa con las creencias. No me refiero a aquellas de carácter religioso, sino las creencias que la sociedad en un tiempo consideró inmutables. Lejos queda el racismo, pero no tanto el machismo, por citar dos cuestiones en las que existe cierta claridad sobre su primitivismo. Quien se dejaba (o deja guiar) por estos criterios, solo porque se los han inculcado.
Este vivir al borde del abismo, con todo lo que implica de sobresalto y daño para nuestro sistema central nervioso, es tan dañino como un envenenamiento. Hace que nos sintamos menos dueños de nosotros mismos. Que no podamos tener posesión de lo que somos. Que tengamos nuestras facultades comprometidas para aspirar a lo mejor.
Y así vamos por la vida, en una franca lucha contra el problema de la capa de ozono, con las comidas orgánicas, utilizando productos de limpieza y cualquier otra cosa que no contamine el medio ambiente. ¿Pero qué pasa con lo que nos contamina internamente? ¿Lo que contamina día a día nuestras psiquis, nuestras emociones, nuestras relaciones y hasta el alma misma?
Si, corremos el grave riesgo de quedarnos sin planeta, pero creo firmemente que lo más doloroso sería tener planeta y habernos diluido como personas en el pleno sentido de la palabra. ¿De qué servirá salvar al planeta si no nos salvamos a nosotros mismos? ¿De qué servirá toda esa propaganda ecológica si no soy capaz de luchar contra todas las toxinas que me van disminuyendo como persona?
Si, el planeta está en riesgo, pero lo más triste es no reconocer que la humanidad misma está en riesgo de extinguirse, no físicamente, sino toda la riqueza interna que una vez tuvimos y permitimos que se contaminara.
Despertemos! El planeta no tendrá sentido si nosotros no estamos en él. Y no como otro agente tóxico, sino como un ser humano que pretende ser persona en toda la extensión de la palabra.
DESINTOXÍCATE!!

sábado, 5 de noviembre de 2011

AISLADOS POR LA TECNOLOGÍA

Un simple mensaje de texto tiene hoy la capacidad de recorrer, en segundos, 16.367 Kms, que es lo que separa, por ejemplo, Caracas de Hong Kong. Lo que antes sería, a lo mejor, de 15 días a un mes de correo ordinario. Lo que representaría, con sus debidas escalas, unas 48 horas de recorrido aéreo para que dos personas puedan encontrarse.

La tecnología no parece encontrar barreras, banalizando cualquier dificultad. Surgen multitud de formas de contactarse, sea a través de mensajería de textos, de pin, de telefonía por internet, videophone, skype, sin dejar de incluir las redes sociales y las ya no usado tanto del Messenger y el ya veterano correo electrónico. Los medios son cada vez más pequeños y variados, desde los teléfonos inteligentes hasta las portátiles. De tal forma que hay una inclusión real, con formas de acceder a un público cada vez mayor, toda una democratización de la tecnología.

En los años 80 la fotografía para aficionados era un hobby de lujo. Hoy en día la digitalización a facilitado una resolución notablemente superior, con un aluvión de tomas, desde las más grotescas y cotidianas hasta instantes inolvidables. E igualmente las redes se colapsan de un sinfín de imágenes que simbolizan perfectamente nuestro tiempo: la banalización de la vida y, por consiguiente, de las relaciones.

Cientos de mensajes ocurrentes sin sentido. Miles de imágenes que no tienen historia que contar. Son solo impactos emocionales que ocasiona la impresión de una imagen o una palabra, pero que carece la profundidad como para que permanezca en nosotros y nos permita ser personas. Es un rocío superficial que se evapora antes de conseguir las raíces de lo que somos. Así que vivimos en una desnutrición cultural que amenaza con reducirnos a fantasmas de la tecnología.

Se está en contacto. Se tiene el espejismo de caminar como en una inmensa manada virtual. Por tanto, alguien me está mirando o leyendo. Soy algo para alguien, sin mayor esfuerzo que el que proporciona una imagen, unos caracteres o unos sonidos y un medio digital. No soy lo que soy sino lo que aparento ser. El triunfo de la imagen sobre el ser.

Pero la vida no se construye desde la piel, sino desde el corazón pensante. Y ese corazón pensante, para crecer, tiene que sentir, y no sentir solo de manera fugaz. Las palabras deben tener contenido, tanto desde el punto de vista de lo sustancioso como el de la sensibilidad. Y esa capacidad de ir siendo ocasiona el rebase hacia otras personas, a las que no puede simple y anónimamente “contactarse”, como si se tratara de un roce fugaz, ocasional y accidental.

Del desbordamiento de vida interior surge la necesidad del encuentro con el otro, como realidad y no como fantasía engañosa de mis sentidos. La tecnología ofrece acercamiento, pero no el contacto vivencial, de quien penetra en lo que la otra persona siente y padece como real. El contacto se da como éxtasis, como un salir de mí para entrar en ti. Es un movimiento que parte de mí y moviliza mi yo hasta encontrarse con el tu de tu realidad.

Ciertamente que en ciertos países las redes sociales han facilitado movilizaciones de cuantiosa importancia. Pero, quien se ha movilizado es la gente, por las razones que sean. La gente con la tecnología, pero nunca la tecnología sin la gente. Se saltó del mundo virtual al mundo real.

Más no únicamente en el caso anterior es necesario el salto. También es necesario romper el cerco de las ilusiones tecnológicas que nos aíslan en la jaula de los espejismos ¿cuántas personas no hace contactos con seres que cree reales, y terminan siendo el encuentro con lo que imagina y fantasea?

El encuentro cara a cara es, sin duda insustituible: un abrazo es más que un abrazo, lo que la mirada puede decir, lo que delata el gesto, el sentir el ritmo de la respiración de quien nos dice cosas que lo hacen tambalear de alegría o de tristeza. El pasar tiempo con alguien, el acompañar los pasos cansinos del anciano, el romper las sombras de la soledad con el fino hilo luminoso del amigo, el compartir la maravilla de sumergirse en la majestuosidad de tantos paisajes… Un apretón de manos… Una sonrisa… Un silencio compartido y elocuente…

La forma como estas experiencias resuenan en el alma, es indicativa de lo que no podemos sustituir. Unas palabras en un chat son capaces de recorrer los 16.367 Kms que separan a Caracas de Hong Kong. Pero nada sustituye a la posibilidad de superar esa distancia en avión, con sus escalas, todo el lío del equipaje, la incomodidad de las esperas y del cansancio… para encontrarse con el amigo o con el familiar y darle el abrazo esperado que no se le había dado desde hacía  años…

Se pueden escribir muchos mensajes, se pueden escribir muchos textos, pero nada podrá obtener el alcance de una sonrisa. Nos convencemos de que nos estamos comunicando, de que estamos transmitiendo sentimientos y emociones, pero realmente lo que hacemos es encontrarnos con el otro de manera superficial. Y amén de aquellos que dejan de mirar y hablar al que está a su lado físicamente por sumergirse en el mundo de las redes sociales. Nos volvemos más impersonales, pero creyendo firmemente que estamos comunicándonos y acercándonos a otros. Pero sobre todo creyendo que lo hacemos de manera óptima.

Hemos avanzado mucho tecnológicamente, pero cuanto a contribuido esta tecnología a aislarnos y disminuirnos como personas. Debemos retomar la esencia de nuestra humanidad, de ser capaces de mirarnos los unos a los otros, de sonreírnos, de afirmarnos y de crear gestos que sean capaces de comunicar toda la fuerza de un sentimiento que vive dentro de nosotros y lucha por salir.

Sería muy triste que en unos años las generaciones venideras sean capaces solo de comunicarse a través de esta tecnología privándonos de la gratificación de escuchar un “te quiero”, acompañado del cálido abrazo que lo reafirma.

La tecnología se ha creado para servir a la humanidad, no para esclavizarla.

sábado, 29 de octubre de 2011

EL INQUILINO

El inquilino es aquel a quien hemos alquilado una vivienda o, en este caso, una habitación dentro de nuestro hogar. En ambos casos la experiencia, esa que se comenta, es parecida, pero obvio que es más complicada si se trata de nuestro propio espacio. Y, para nuestro propósito, este inquilino es del todo particular…

Un día llega alguien con quien hemos firmado (o palabreado) un contrato de arrendamiento. Trae sus pertenencias, las distribuye en la habitación que le hemos cedido; acomoda su televisor, su ropa en el armario, dedica un espacio para colocar su computadora personal, libros; acomoda la cama a su gusto, pone una lámpara para la mesita de noche… y todo lo demás. Como toda relación, tiene un momento de luna de miel en los inicios. “Parece un buen muchacho”, dice la familia; tiene expectativas con respecto a él, los menores están con alguien joven mayor e independiente con quien relacionarse. Además por fin se tiene el anhelado ingreso económico que tanto hacía falta.

Pero luego la luna de miel cede ante la cotidianidad. Cada quien vuelve a su ritmo, a sus cosas… Y tras la cotidianidad entra la realidad y su hermanito, el realismo. Las personas muestran lo que son.

El inquilino tiene su forma de ser, sus propias costumbres, su jerga, sus “mañas” (resabios): la familia se encuentra con la experiencia de alguien diferente, que llega a la hora que quiere, haciendo ruido cuando entra, sin tener la seguridad de en qué condiciones lo hace. Ocasionalmente, cada vez con más frecuencia, su televisión y su música tienen un volumen que invade toda la casa; se ha optado, cosa que se hubiese querido evitar, por llamarle la atención en vano, sin conseguir correcciones. Un día le dio por pintar su cuarto con colores extravagantes. Otro día dejó un desastre en la cocina. La grifería de los baños siempre queda goteando y las toallas lucen manchas que se han hecho habituales, alguna pieza de cerámica se ha roto. Los portazos van aflojando las cerraduras… y así van. Todos los intentos para que esto no pase han sido en vano. Más bien se ha ido agravando.

Un día, para sorpresa de la familia, llegaron de una salida fuera de la ciudad y lo consiguieron instalado viendo televisión acostado en el mueble de la sala. Había latas de bebidas por todas partes y pop corns diseminados por doquier. La reunión, porque esa es la única explicación del desorden, había alcanzado la cocina, cuartos y baños…

Cada paso que avanzaba el inquilino por dominar la casa, era un paso sin retorno. Ya la familia se veía entre sí con cara de asombro, con perplejidad y… miedo. Los pequeños buscaban la cara preocupada de los grandes, queriendo sentir seguridad. La esposa a su vez buscaba encontrar en su esposo una respuesta para esta crisis.

Primero intentaron hablar con él, lo que fue en vano. Luego le pidieron cortésmente que abandonara la casa. De nada sirvió. Por lo que pensaron pasar a mayores: llamar a la policía, introducir una demanda o cualquier otro recurso. Pero tales acciones presuponían mucha energía y determinación. Pensaban en el escándalo entre los vecinos. En los costos. En el tiempo. En el estrés…

En esta indecisión se fue pasando el tiempo. La casa se iba deteriorando cada vez más, solo que ya no se quejaban. La familia fue enmudeciendo los reclamos, y decidieron seguir conviviendo de esta manera. Las relaciones entre ellos disminuyeron de calidad y, en algún caso, hasta quedaron marcadas por el resentimiento. La situación llegó tan lejos, que cada vez que iban a tomar una decisión para hacer alguna actividad en la casa, debían consultarlo con el inquilino. Hasta el uso de la televisión de la sala estaba supeditado a que él no estuviese disfrutando de alguno de sus programas favoritos.

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Reflexiona un rato sobre la historia que acabas de leer. Analiza causas, considera acciones, evalúa tus propias reaccionas. Cae en cuenta de cómo te sientes ante esta situación…

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Pues bien, todo este relato no es otra cosa que una metáfora en forma de narración.

 ¿Quién es el inquilino? ¿Quién es ese personaje extraño que irrumpe en nuestro mundo?

El inquilino son muchas cosas a la vez. Cada uno puede tener su propio inquilino. En general el inquilino es todo aquello que perturba nuestra dinámica psicológica, perturba la salud mental y nuestra paz interior; el inquilino es todo aquello que nos negamos a enfrentar o resolver. Pueden ser situaciones, pueden ser relaciones, pueden ser actitudes, pueden ser heridas que supuran, pueden ser cosas que nos avergüenzan… Puede tener el nombre de ira, de agresividad, de amargura. En cuestiones más graves, podemos pensar en neurosis y depresiones.

Pretendemos vivir sin prestarle atención. Poco a poco vamos comprometiendo lo que somos y vamos identificándonos falsamente con lo que no somos, suponiendo lo contrario.

Y es que el inquilino ha echado raíces de manera tan firme que es difícil erradicarlo. Hemos sido nosotros mismos quienes le hemos permitido al inquilino albergar en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra vida interior, en nuestras relaciones interpersonales y afectivas. Le hemos cedido los espacios más importantes de nuestro mundo interior. Y se nos hace cuesta arriba desalojarlo. El inquilino tiene una fuerza increíble, abrumadora y avasallante. Es él quien responde, piensa y actúa por nosotros.

Pensemos, por ejemplo, en el inquilino de la ira ¿cuántas veces ha sido la ira la que responde, piensa y actúa subyugando toda posibilidad de que nuestra lógica, nuestra objetividad y nuestro deseo de ser persona sea quien responda, piense y actúe.

Asimismo nos hemos acostumbrado a convivir con el inquilino. Ya ni nos percatamos de que existe. Pero es él quien, como hemos dicho, en muchas situaciones controla nuestras vidas.

Obviamente, como cualquier inquilino, de manera paulatina irá trayendo consigo a sus familiares para que habiten juntamente con él. Y cada uno de ellos, aunque en menor escala, colaborarán con el inquilino mayor para seguir deteriorando tu mundo interior.

Si el inquilino mayor es la culpa, es fácil identificar que sus familiares sean el miedo, la angustia, el remordimiento…

Y así vamos por la vida dejando que otros se apropien de la nuestra. Ya ni siquiera hacemos el intento de resistirnos, porque  pareciera que eso es lo habitual o lo normal.

¿Cuál es el inquilino en tu vida? ¿Por qué has permitido que eche raíces en ti? ¿Por qué te has negado a verlo? ¿Por qué dejas que te controle?

Lo más preciado que tienes es tu libertad interior. Con esa libertad puedes luchar y optar por desalojar todo aquello que ha ocupado espacios valiosos de tu vida.

Tenemos que adueñarnos y poseer nuestra propia existencia, entendiendo que cada paso que avancemos es un paso hacia la plenitud.

Quizás estemos toda nuestra vida luchando con los inquilinos. Pero al fin y al cabo estaremos luchando, vigilando nuestros espacios y nuestra libertad en nuestra manera de pensar, hablar y actuar.

El único inquilino que debe habitar en nosotros

 es el inmenso deseo de ser persona.

Dra. Ana J. Cesarino