viernes, 18 de marzo de 2011

EL SENTIDO DE LA ESPERA

En el mundo de lo inmediato esperar es visto con desprecio. La tecnología hace vivir la fantasía que todo es realizable en este preciso instante, sin otra limitación que la capacidad económica para trasladar los sentimientos y sensaciones de una esquina a otra del planeta, y del pasado hasta el futuro, confundiendo lo real con lo sentido y experimentado. Nunca se confunde con lo reflexionado y asumido.
Por lo tanto es frecuente observar que en éste mundo de sensaciones y de inmediatez a veces nos vemos confrontados con la realidad del tiempo; y es que de alguna manera percibimos que el tiempo es nuestro enemigo, cuando en realidad el tiempo puede ser nuestro mejor aliado.
El meollo del asunto es que nos gusta controlar todo y satisfacer nuestros requerimientos o necesidades como mejor nos plazca, por lo que nos gustaría también poder controlar el tiempo, pero ¡ojo!, no el tiempo que nos ayuda a perfeccionarnos en la disciplina bien llevada, en el hábito, en esos manejos del mismo que nos hacen ser fructíferos emocional, física y espiritual sino el tiempo que caprichosamente queremos doblegar para conseguir a toda ultranza lo que consideramos que es inminentemente necesario.
Un ejemplo sencillo de esto es el de un niño que pide un helado a la mamá; ella le responde que en diez minutos puede concluir la actividad que la tiene ocupada y lo complacerá; sin embargo el niño la comienza a presionar, coaccionar, manipular porque caprichosamente quiere doblegar el tiempo y conseguir lo que quiere. A diferencia del niño que se levanta temprano para no llegar tarde a sus clases. En ambos casos el manejo emocional del tiempo es completamente distinto.
En el primer caso el niño no posee la madurez necesaria para entender como su intervención caprichosa e intolerante en el que desea manejar el tiempo obstaculiza el desenvolvimiento de las actividades de la mamá, que en algunos casos puede traer repercusiones importantes en todas las dimensiones familiares, sociales y laborales. Por el otro lado, se observa al otro niño que maneja con madurez el tiempo; entiende la necesidad de su puntualidad para sus clases, y así mismo entiende y busca respetar las necesidades de su entorno familiar.
Y es que la madurez de una persona también puede medirse por el manejo del tiempo. Tener la capacidad de entender que ciertos procesos no se pueden saltar o vivir de manera instantánea, sino vivir cada uno de ellos con todas sus posibilidades pero también con todas sus limitaciones.
Así como un buen vino necesita de varios años en una barrica de cedro para adquirir el cuerpo y el aroma exacto de su marca, así debe ser el ser humano. Requiere tiempo, experiencia y reflexión alcanzar progresos importantes en el proceso de ser persona.
A veces nos comportamos como el niño intolerante, incapaz de esperar para obtener lo que desea, sin medir las consecuencias de nuestras acciones porque “yo y solo yo” puedo entender y manejar el tiempo. Porque la impaciencia ha nublado mi raciocinio y mi aspecto visceral es el que responde a todo lo que deseo sin tomar en cuenta el proceso importante del tiempo.
Paciencia es la capacidad de espera. Puede parecerse a aquel fotógrafo de la vida silvestre que pretende retratar aspectos de la naturaleza que requiere de su vigilante cautela para accionar la cámara en el momento preciso. Todos los preparativos, que son ignorados por la mayoría de las personas y no cuentan con el brillo necesario para ser narrados, resultan imprescindibles y fundamentales para el resultado de la perfecta fotografía. Es el arte de saber esperar. De considerar que la espera tranquila forma parte de la vida, no como un desecho que hay que arrastrar, sino la actitud que incuba el proceso de transformación.
No debemos confundir la paciencia, por lo tanto, con la pasividad, la indiferencia o una resignación mal llevada. Esta, está impregnada de esperanza.  Es ardua. No desfallece a las primeras de cambio. Su meta se encuentra en el horizonte. Entiende que debe marcar camino. La verdadera paciencia es prudente pues conoce el momento preciso en el que puede alcanzar la meta. Por lo cual no violenta eventos ni situaciones. Posee la capacidad de diferenciar lo realizable de forma inmediata y lo que requiere de mayor tiempo, sin el soborno del desaliento. Por eso la paciencia nos lleva al importante mundo de la madurez psicológica, y es allí cuando entendemos que no podemos ni debemos precipitarnos. Es sabio decir y entender que TODO TIENE SU TIEMPO DE SER.
Crecer como persona implica tener una gran capacidad de espera, no solo con otros sino con uno mismo. Entender que durante algún tiempo pudimos haber vivido de manera equivocada y que redireccionar esta realidad a otra más fructífera tomará tiempo y paciencia.
Es común que muchas personas se me acerquen agobiadas por el peso de su pasado, queriendo crear un presente y un futuro distinto. Pero uno de los grandes obstáculos que encuentro es que quieren un cambio inmediato, como por arte de magia. Y es que cambiar, transformarse, ser persona toma tiempo y energía. Quizás en algunos casos pueda parecer lento, pero esa lentitud es sinónimo de seguridad, de firmeza, de consolidación.
La paciencia trae recompensas y sorpresas maravillosas que con su fascinación nos deslumbran. La paciencia justa es el verdadero arte de amar. Nos permite esperar con tranquilidad y entereza, hacer los cambios necesarios para que podamos ser persona, así mismo con los que nos rodean.
Por lo tanto, decido amarme a mi misma, teniéndome la justa paciencia que necesito, entendiendo que muchas de mis limitaciones podrán desaparecer mañana, pero que otras permanecerán para crear en mí una gran fortaleza personal.
En la medida en que me expreso amor a mi misma y a los demás a través de la paciencia, podré también ser recipiente del mismo.
El reloj no está en mi contra.
Está a mi favor.

viernes, 11 de marzo de 2011

EL ÁNGEL DE LA VANIDAD

Muchas veces la gente piensa en la vanidad como algo relacionado con la belleza  física. Pero ¿qué es en realidad la vanidad? ¿Hasta dónde trasciende?
Con todo, la vanidad viene generalmente representada por el espejo y la coquetería de una imagen femenina, que se refleja en él. Puede que como símbolo sea acertado. Pero solo como símbolo. La vanidad no se refiere únicamente a las mujeres, pues todo ser humano puede también ser vanidoso a su manera.
La palabra vanidad viene del latín vanitas, que está relacionado con vano, vacuos, que es vacío. Aunque no sea el sentido original, sirve tener una noción del término si nos acercamos a su uso en arquitectura: vano es un espacio vacío en las paredes, donde normalmente se puede colocar un adorno, como un busto, o una ventana. No tendría sentido que el espacio no se aprovechara, que no pudiese embellecerse la estructura como tampoco tendría sentido embellecerla a costa de hacer más frágiles los muros de la construcción.
Los antiguos eran capaces de descubrir nexos que relacionaban lo que pasaba en el mundo físico con el interior de las personas. Así vemos, antes que nada, que la vanidad indica vacío o vaciamiento. Una carencia de sentido, valor o significado; una especie de inexistencia, espejismo. El espejo no es reflejo-reflexión de la realidad (la palabra que da origen a reflexión y reflejo es la misma), sino que deforma lo que haya, si no es inventado, para engrandecer el ego. Pero este vacío (vanidad) debilita a la persona: al centrarse en algo insustancial, va paulatinamente perdiendo soporte y haciéndose más vulnerable. Quizás sea por esto que el debilitamiento debe ser compensado con el orgullo, la arrogancia.
Y es que en muchos casos se puede o se quiere confundir la belleza con la vanidad. No sólo la belleza física, sino todo aquello que pudiendo ser belleza interior o espiritual se pueda disfrazar de vanidad.
La imagen del ángel, hermoso y espiritual, quiere indicar una vanidad que va más allá de la corporeidad: por su autocomplacencia termina degradándose en renuncia de su esencia espiritual.
Y es que la vanidad no es un problema externo ni siquiera en los casos en los que existe un desmedido aprecio por los atributos físicos. Si así fuera, el remedio se obtendría por medio de la autoflagelación, mutilación o deformación. La vanidad siempre es un problema interior, espiritual en el sentido amplio de la palabra. Y enferma no solo de forma moral sino hasta psicológica. Es un aprecio desmedido o irreal tanto por la apariencia física como por otras tantas facetas como el prestigio, la fama, el estatus, la inteligencia, el éxito, el dinero… Es decir, todo aquello que supone un reconocimiento social que denote superioridad puede ser motivo para envanecerse.
Lo cual resulta de alta peligrosidad para quien enfrenta la vida desde el desafío de crecer. La atención centrada en el ego paraliza, se queda sin cimas que escalar, sin compromisos. Está demasiado ocupado en agasajarse a sí mismo. Pues suponiendo que está libre de la vanidad de la apariencia, deja colar otras formas de vanidad. Como alguna narración del mundo monacal ha indicado, un monje puede envanecerse hasta de su pobreza, del hábito raido, de su conocimiento sobre la Sagrada Escritura o de su capacidad de oración… Y un profesor podría hacerlo de su erudición, cosa que le incapacita para dedicarse al arte de enseñar. O un médico podría envanecerse de su pericia, perdiendo de vista el encuentro con el ser doliente…
La vanidad de cualquier tipo, se da en mi vida porque hay un vacío, porque el vacío se hace más profundo cuando decido ignorarlo y pienso que puedo compensarlo llenándolo de diversas cosas, status social, académico, o cualquier cosa que me haga creer que estoy en la cima del cielo cuando en realidad mi verdadero yo se va debilitando o derrumbando con el huracán de la vanidad.
La vanidad no me permite tomar decisiones correctas, la vanidad escoge erróneamente todo aquello que me pueda hacer sentir importante cuando en realidad estoy escogiendo toda la ruina de mi mundo interior. Y ¿por qué no? A veces también de mi mundo familiar, de mi entorno social y tristemente de mi mundo espiritual.
La vanidad es una obstrucción en la vista que me impide mirar en dirección hacia el horizonte y hacia el futuro, a causa de un ego inflado e inventado. Quizás porque es una cortina de humo irreal para sentirme a gusto conmigo misma… o porque escoge aspectos reales llevándolos a la exageración para esconder complejos, deficiencias y vergüenzas,
La vanidad, por otro lado, es desordenada. Va saltando de un lugar a otro, dando la apariencia de mucha ocupación, llevándome a lugares y situaciones distintas que me muestren a mi ego como muy ocupada por todo aquello, cuando en realidad lo que quiero es no mirar el vacío que hay dentro.
Pero ¿cómo entonces solucionar mi vanidad? Simple: descubro la humildad que no es otra cosa que mirarme internamente con honestidad, ni sumando ni restando, solo la verdad. Mi verdad, que puede ser miseria, pero que también puede ser, si opto por ello, plenitud.
Si mi vacío es el desamor, opto por amar. Si mi vacío es la carencia material, opto por los más necesitados. Si mi carencia es estatus social, vale la pena preguntarme “¿acaso ser plenamente humana no es suficientemente para mí?” Y así podría hacerme innumerables preguntas sobre mi vacío, pero también obtendría innumerables respuestas para no estar así.
No quiero ser como el ángel que por vanidad perdió su espiritualidad.
No quiero ser persona que pierda su humanidad.
Quiero ser lo que deseo ser alcanzando la plenitud de la verdad.

viernes, 4 de marzo de 2011

LA MÁSCARA DE LA IRA

¿Cuántas veces ha aparecido en nuestras vidas alguien con sentimientos encontrados, por creer que está siendo víctima de un ataque de ira cuando está legítimamente molesto por algo?  Puede ser que falle la capacidad de reconocer en nosotros ciertos sentimientos, pero puede ser también que no estemos acostumbrados a mirarnos. Se confunde la molestia con la ira y, quizás, se suma nuestra incapacidad para aceptar que somos humanos.
Ira y molestia no son la misma cosa. Puede que para tradiciones como la budista, controlar incluso la molestia sea un objetivo. Pero para el mundo occidental, tan bombardeado a causa de tantos estímulos y en sociedades abiertas y plurales, desafiadas desde un sin par de frentes, la molestia puede no solo ser algo común, sino algo legítimo. Pero esa molestia, como reacción proporcionada y justa ante cierto evento, que implica una manera de vivirlo y manejarlo, es distinta de la ira. Para usar una imagen: una cosa son las fogatas dispersas en el ambiente nocturno de la sabana africana y otra… un voraz incendio que todo lo consume.
Y la ira se parece a un incendio. Arrastra a la persona, obnubila su raciocinio y percepción, le lleva a cometer imprudencias y torpezas que, consumida las energías acumuladas, recoge las cenizas de lo que antes fueron las relaciones en plena primavera. En verdad es poderosa la señora ira.
En la actualidad observamos dos claras tendencias: una, la demostración desinhibida de la ira, donde se alaba y ensalza todo tipo de conductas motivadas por ella (agresiones físicas, agresiones verbales, irrespeto a valores y normas de la sociedad…). Esta ira no necesita máscaras. Se muestra tal y como es, pero con iguales resultados catastróficos.
Por el otro lado se observa que la ira no puede nunca ser considerado un valor, puesto que supone descontrol. Porque luce, mírese como se mire, un aspecto primitivo. Porque la sociedad reprime moralmente y aísla al iracundo que hace trizas el “sereno” tejido de las relaciones.
Debe ser por esto que la ira se esconde. Se disfraza. Hay que aparentar. Que los demás no lo noten. Que yo mismo no sepa que lo que vivo tendrá muchas máscaras, pero un solo nombre: la ira.
Así que el primer recurso consiste en guardar la compostura, reprimiendo (no resolviendo) los motivos de la ira. Algo así como que, arda lo que arda, que no se vea el humo. O como aquellas familias tan preocupadas por las formas sociales que, en lugares públicos, acallan el llanto de sus hijos, sin importarles la razón del mismo, a cualquier precio. Personas con apariencia de controladas, cerebrales, sin una fisura en el rostro que delate la más mínima emoción, perfeccionistas, intolerantes… pueden ser personas que internamente navegan por las tormentosas aguas de la ira. Toda la rigidez no va dirigida únicamente para convencer a los demás, sino que funcionan como ollas de presión, como cajas blindadas inmunes hasta para los rayos X, que ahogan las arcadas de sus emociones.
Pero, en este mundo, la etiqueta ayuda a cuidar las formas. Así, por ejemplo, se da también en la persona de cuidadosa apariencia y maneras. En oportunidades, la ira se destila en lo que se llama “agresividad pasiva”: gestos medidos, una palabra, un comentario en un tono perfecto… lleva una carga letal, proveniente de los más oscuros rincones de la psIque.
Por lo tanto, en el mar de la tranquilidad las aguas profundas son de numerosos torbellinos. Entre otras cosas porque tanta perfección externa es apariencia que oculta disconformidades latentes. Los arrebatos reales de ira, muy en el fondo, tiene como diana mi propio yo. El desmoronamiento paradisíaco de la inocencia revela desnudeces que no se digieren.
Así, pues, la ira se enmascara: personajes irreprochables, con “alto” sentido de la moral, que saben manejar su tiempo de manera “puntual”; de alto sentido del compromiso social, “disciplinados”, indoblegables, sin que nada ni nadie los detenga. En otras palabras: una máquina. Porque reconocerse humano significaría descifrar todo lo anterior de manera distinta. “Alta moral” podría traducirse como “conflicto interno de naturaleza moral”. “Puntual” vendría a decir “extremadamente riguroso y perfeccionista”. “Indoblegables” se podría sustituir por “intolerantes”. Y así podríamos ir describiendo un sin fin de actitudes y comportamientos que en el fondo más que virtudes no son mas que ira reprimida.
Lo sano sería poder preguntarme de donde proviene esta ira. Qué conflicto interno no resuelto me arrastra a tal punto que sea la ira la que controle mi vida, mis emociones, mis respuestas y decisiones. Además que, aparte de todo lo que acarrea en el fuero personal, en el ámbito social de las interrelaciones humanas también es causa de caos.
Es que al otro le exijo que haya superado los conflictos que yacen en mi interior sin solucionar. Es pues, cuando comienzo a darle cada vez más poder a mi ira, que me convierto en super-héroe, un vulgar superman envuelto en la fantasía de ser ideal, pero que a la más leve exposición con la kriptonita de la verdad, esta me pone en contacto con mi realidad interior y me convierte en simple criatura vulnerable.
¡Ojo! Necesito recordar que ser plenamente humana es tener la capacidad de poder contemplar mi miseria pero aún así saber que puedo y debo alcanzar la plenitud.
Para poder enfrentarme con la ira y disiparla, primero tengo que acercarme a mi realidad interior con mucha honestidad, pero sobre todo con mucha humildad. Debo dejar de seguir negando esa realidad en mí, aceptar que la ira me controla, buscar la ayuda que en ese momento sea necesaria, comprometerme conmigo misma a trabajar en este difícil y duro proceso de humanizarme. En otras palabras, dejar de ser una máquina funcional.
Y, lo más importante, quizás descubrir que, en términos generales, el conflicto interno que promueve mi ira no es un conflicto con otros, sino conmigo misma.
¿Qué escondo? ¿Qué oculto? ¿Cuál es mi verdad? Quizás otros no puedan entender lo que soy y mucho menos aceptarlo, pero soy yo misma quien debo entenderme, aceptarme y reconciliarme conmigo misma.
La verdad y sólo la verdad me hará libre.

viernes, 25 de febrero de 2011

EL FANTASMA DE LA CULPA

Cuando era niña acostumbraba a pasar mis vacaciones en la casa de mi abuela materna. Ir a casa de mi abuela a los Andes venezolanos era, tanto para mí como para mi hermano mayor, toda una aventura. Todo era distinto: el clima, la comida, la manera cómo se relacionaba la gente, las pautas sociales, la vida religiosa, el modo de hablar. Era un mundo completamente distinto de aquel en el que yo generalmente me desenvolvía. Por lo cual era extraño y al mismo tiempo fascinantemente maravilloso. Solo existía un pequeño detalle que distorsionaba mis vacaciones: el final del día.
Era típico de las familias andinas reunirse en los largos corredores de las casas para contar historias de espantos y fantasmas. Mis primos y yo fijábamos la atención con venerable silencio en aquel que, cuidando las pausas y la dicción, traía una típica y crédula historia de espantos y aparecidos. Los niños hacíamos corro para no perder los detalles más anecdóticos de quien tomaba la palabra, mientras el corazón se nos aceleraba y una especie de corriente eléctrica recorría a todo lo largo de nuestra columna vertical. Cuando terminaba la sesión era tiempo de ir a acostarse. Se cerraban los accesos de los corredores, quedando las habitaciones a oscuras, solo escuchándose el crujir de la madera de las viejas ventanas y puertas. Aterrorizados mis primos y yo terminábamos durmiendo todos juntos, acurrucados, con la cobija envolviendo nuestras cabezas implorando que ningún fantasma se nos fuese a aparecer. Este evento sucedía con una frecuencia casi diaria. No solo ocurría en casa de mi abuela, sino que la escena era parecida en el resto de las casas. Así que, todas las noches, yo debía enfrentarme a la “realidad” de los fantasmas.
Pero ¿existen realmente los fantasmas? ¡Claro que existen! Después de haber recorrido tantas situaciones en mi vida, me doy cuenta que efectivamente sí existen, existen en nosotros, en nuestra mente.
Obvio que de adulta esas imágenes han quedado en mi memoria como vestigios costumbristas, algo ligado al folklore andino venezolano. Pero los fantasmas siguen deambulando por ahí, en la cabeza de muchos: son los fantasmas de la culpa.
Y creo que efectivamente la anécdota ilustra muy bien lo que es la culpa: un fantasma que está agazapado en los rincones de la mente, que nos acompaña y sigue, dispuesto a aparecer apenas tenga ocasión… o le demos oportunidad.
Es que así es: la culpa con su índice acusador nos pisa los talones. Sea por motivos reales o imaginarios, ahí está, queriendo sabotear la vida con sus diferentes matices y gustos. Sea para afirmar que no somos dignos de crecer, cambiar o ser felices. Sea para indicarnos que, para qué tanto esfuerzo, si al final no merecemos el laurel de la victoria.
Lo que no siempre sabemos, o recordamos, es que la culpa se agiganta con el miedo de la huida. Nosotros le damos a las sombras la consistencia de un peligro inminente, desolador, desorganizador y desintegrador de la persona. Ante la amenaza nos replegamos, empequeñecemos, queremos pasar desapercibidos, volvernos invisible. Así su sombra se extiende y oculta la luz del sol para arrojarnos al mundo de lo tenebroso: una sensación difusa de culpa generalizada sin motivos del todo concretos.
¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Repitiendo desde el principio un mismo error: no enfrentando la culpa. En vez de optar por la huída frenética, está el pararse frente a ella para mirarla fijamente. La culpa encarada se va diluyendo a proporciones manejables, cuando la culpa es real. Porque cuando la culpa es inventada termina por desaparecer.
Recuerdo que cada vez que regresaba de vacaciones de casa de mi abuela, era “normal” que en la noche tuviese miedo y no quisiese dormir sola en mi cuarto. Por lo cual mi papá, que era médico, un hombre inteligente, que provenía de la capital, y con una cultura más analítica, me preguntaba “¿qué pasa?”. Y yo le respondía “tengo miedo”. Papá me miraba con asombro, y me decía: “¿MIEDO? ¿Y DE QUÉ?” Entonces yo le respondía: “¡DE LOS FANTASMAS!!!” Era cuando papá dejaba el texto de medicina que en ese momento estuviese estudiando para sentarse conmigo y explicarme que los fantasmas no existen. Su manejo era interesante: abordaba la situación desde el análisis y la lógica. En otras palabras, la razón debía prevalecer sobre la emoción. Solo así podía disipar mis miedos.
La culpa real, la estrictamente real, también hay que verla sin titubeos. Si he incurrido en algún tipo de acción reprobable, no porque huya dejaré de ser responsable. Todo lo contrario. Porque soy y quiero ser responsable la miro y la asumo. No me escudo ni me excuso. La comprendo como algo que dependió de una decisión mía, errada en el juicio que hice para llegar a ella, en la intención o en la opción (es posible optar también por el mal y siempre esa decisión será un error con consecuencias ineludibles). Crecer depende de esto: de hacerme responsable. Y la responsabilidad, en último caso, está más allá de la culpa.
Porque la culpa paraliza, la responsabilidad moviliza. Si he fallado, debo cambiar; si he perjudicado, debo asumir las consecuencias o reparar mis acciones. Siempre se puede aprender del responsabilizarme, aunque sea del sabor amargo que queda después de una mala acción.
No puedo permitir que la culpa sea mi “conciencia”. Es decir, la culpa no puede ser la que hable y la que tome la iniciativa para actuar bien, actuar mal o simplemente no actuar. Darle ese poder a la culpa acarrea riesgos mayores que nos pueden dañar y dañar a los demás. Ejemplo de ello es el caso de aquellos padres que puedan experimentar culpa, sea real o irreal, en cuanto a que no pasan suficiente tiempo con sus hijos, por lo que compensan ese sentimiento dándoles alas de libertad perjudiciales para su madurez o, en algunos casos, hacen regalos costosos sin que los hijos hayan hecho esfuerzo alguno para ganárselos.
La culpa es una puerta abierta al chantaje. Todos o muchos pueden conseguir de mí lo que desean porque descubren que mi culpa tiene tal dimensión que me somete a los deseos, caprichos, intereses de otros, aún cuando la razón esté diciendo lo contrario.
Debo y tengo que asumir mi culpa, no para esclavizarme de ella, sino para realmente liberarme, sea real o imaginaria. De otra manera viviré eternamente enclavada en la oscuridad sin poder ver la luz que disipa las sombras.
¡Qué sabio era papá! Los fantasmas no existen. Los hemos creado nosotros mismos y solo podemos combatirlos con la razón.

viernes, 18 de febrero de 2011

TEMORES...

En mi experiencia en el consultorio me consigo con personas que van haciendo avances significativos dentro de la problemática que traían. No solo lo veo en los relatos que me comunican sino también en su rostro, su mirada, en la piel, su tono de voz, la forma de expresarse, su manera de relacionarse, de abrazar… Lo cual es, por supuesto, muy pero muy importante tanto para su proceso como en cuanto al rapport que tienen conmigo. Las personas se han abierto, confían, pueden mostrarse como son, los mecanismos de defensa se pueden remover fácilmente, las personas son permeables a las observaciones que haga y entienden que, independientemente de sus avances o retrocesos, cuentan con mi apoyo incondicional para seguir adelante.
Así que una vez que el cielo se despeja, ya no hay nubarrones y menos las tormentas que las trajeron a mi consultorio, tienen por delante la inmensa oportunidad de comenzar de nuevo… o de tomar el control de su vida y dirigirla para alcanzar aquellas metas anheladas y pospuestas, o que se encontraban muy lejos de realizarse por los conflictos internos que se traían.
Sin embargo, este panorama, que se podría comparar con un prado en un día soleado de primavera salpicado de margaritas, no es así. Es decir, teniendo la persona ante sí un sin número de oportunidades reales para su vida, que impliquen no solo beneficios sino ocasión para seguir creciendo en plenitud, la gente queda paralizada en muchas ocasiones. Mejor dicho, petrificada. Ese mundo es temible… por ser desconocido ¿Quién sabe qué sorpresa nos espera a la vuelta de la esquina? ¿la posible decepción no tendrá la amargura de la derrota, del fracaso, de reafirmarnos en nuestra propia incapacidad? ¿realmente tanta belleza es para mí?
El miedo aparece como los demonios en los relatos de los monjes: una tentación sin más poder y asidero real que el que le otorga nuestra cabeza. Ante tantas posibilidades de realización, mejor es no intentarlo. Además, en el mejor de los casos que todo salga bien, ese como que no soy yo. La ropa del éxito, de momentos gratamente felices, esa ropa no es de mi talla o la tengo como ropa prestada de otra persona… Y esa es la tentación: renunciar a lo que puedo hacer porque sentirme así de bien es extraño. Lo mío, lo normalmente mío, es sentirme mal. Como si una persona no respirase bien hasta que la operasen de las adenoides y, más adelante, cuando le dan de alta se sintiera irreconocible: ¡esta no puedo ser yo, porque yo soy aquella que respiraba por la boca! Solo que en el caso de una operación quirúrgica nadie pide que le reimplanten lo que le extrajeron para mejorar la salud.
Esa sensación extraña, por ser desconocida, curiosamente causa miedo. No sentimos que somos nosotros, así que la gente debe darse la oportunidad para experimentarse. Como un niño que ha anhelado meterse en el mar, en la piscina o aprender a nadar. Exactamente así. Normalmente un niño puede sentir emoción o algo de angustia, pero si se siente con la seguridad suficiente, en él o en quienes lo apoyan, no va a renunciar a esa nueva experiencia. La siente como buena, como un logro, lo va a  unir a ese grupo selecto de nadadores o podrá, en el colegio, contar sus aventuras de playa a los demás compañeros que también lo hayan hecho.
Y tal cambio, desde el punto de vista terapéutico, no es opcional. No es algo que se puede o no escoger. No tendría sentido, por ejemplo, superar relaciones insanas para cambiarlas por otras igualmente de dañinas. O dejarse controlar la vida por culpabilizaciones relacionadas con los padres para que ahora quien culpabilice sea la pareja. Reafirmarme en que es positivo para mí incluye un cambio práctico de lo que yo pienso de mí misma, de la autoimagen y autoestima… Tanto que, si me decido, iré poco a poco arriesgándome, en el buen sentido, hacia experiencias enriquecedoras, aunque me suden las manos. Pero dentro de un año hacer esas experiencias será para mí actuar de acuerdo a lo que realmente soy.
Estamos tan acostumbrados a ser esclavos de nuestros miedos, que cuando finalmente hemos podido disipar todas aquellas situaciones perturbadoras en nuestra vida y ser finalmente libres, es cuando de pronto aparece como por arte de magia lo que más debemos temer: el miedo mismo, que puede ser el obstáculo final que nos impida ser plenos. Estamos tan acostumbrados a convivir con el miedo, que no nos damos cuenta que esta ahí y que es quien controla nuestras vidas, pero ¡OJO!, aunque el miedo en algunos casos pueda ser real, en la mayoría de los casos son irreales, miedos que nos hemos creado, que nos hemos inventado y que nos sirven de excusas para no ser felices ¿Qué hacer ante ésta realidad? Primero, admitir nuestros miedos; segundo, descubrir cuáles de ellos son reales y buscar alternativas de cómo enfrentarlos con cautela; tercero, cuáles son nuestros miedos irreales y enfrentarlos con nuestro raciocinio. Cualquiera que sea el caso, enfrentar nuestros miedos siempre será la mejor opción. Tener a alguien de confianza que nos ame y nos conozca puede ser importante en éste proceso, pues al compartir nuestros miedos, que en su gran mayoría son irreales, permite que la otra persona nos haga observaciones objetivas que los derriben y nos permitan seguir adelante.
Tener miedo no nos hace menos persona. El reconocerlos y enfrentarlos si nos hace ser persona, pues ser persona es enfrentar y asumir todo lo que somos, nuestras miserias pero también nuestras luces. El reto es no dejar que el miedo nos esclavice, sobre todo si ya hemos recorrido un camino importante hacia la plenitud. La gran tentación es estancarse en el camino por la paralización del miedo. Ser plenamente humano es tener la capacidad de mirarnos y desde nuestras miserias impulsarnos para ser cada día mejor, descubrir que nuestro corazón tiene una inmensa capacidad para amar y recibir amor, pero que el miedo a veces no nos permite vivir ésta experiencia profunda de amor; no sólo con nosotros mismos sino con todos aquellos que forman parte de nuestras vidas y de todas aquellas personas que aún no siendo cercanas puedan enriquecernos con su vida y su amor.
El miedo es un corazón a la deriva.

viernes, 11 de febrero de 2011

...Y SOY REGALO…

Dentro de unas horas cumpliré 50 años. Me doy cuenta que he recorrido ya más de la mitad de mi vida. Me miro al espejo y descubro que mi piel comienza a marchitarse, que han aparecido pequeñas líneas de expresión. Algunos pocos de mis cabellos comienzan a encanecer. Me miro de nuevo en el espejo y no me reconozco. Y es entonces cuando surge la inevitable pregunta: ¿quién soy?
Me miro internamente. Hago una pequeña pausa para hacer, en silencio, el recorrido de lo que ha sido mi vida. Al igual que cualquier otra persona, he tenido mis altos y mis bajos; mis aciertos y mis errores, mis fracasos y mis triunfos; mis penas y mis alegrías… No puedo dejar de pensar lo grande y maravillosa que ha sido la vida conmigo. No me siento resentida con ella, con la vida. No tengo nada que reclamarle. Pues cada día confirmo que soy lo que soy porque la vida me ha dado mucho. Y cuando digo mucho, no solo hablo de aquellos momentos idílicos o hermosos de la vida, sino también aquellos que han sido difíciles y dolorosos, porque me han enseñado a mirarme, a conocerme, a valorarme. Cada experiencia de dolor también fue una experiencia de crecimiento personal y, por supuesto, experiencia de amor. Pues es en esos momentos es cuando he sentido con mayor intensidad el amor de Dios, su gracia, su ternura y su mano que me levanta y me invita a seguir adelante, a construir plenitud desde la miseria ¡Cómo no ser agradecida!
Soy un cumulo de experiencias, algunas hermosas, otras no tanto. Soy resumen de vida de aquellos que me han amado, de aquellos que me han enseñado y me han orientado. Soy experiencia viva de amor que trasciende y va más allá del dolor y sufrimiento. Soy un leve susurro que se pierde en el viento. Soy la mano firme que una vez fue insegura y temblorosa, pero que hoy puede ser tendida con la delicadeza de una ternura, acompañada de una palabra o de un gesto de amor que dice a mi hermano/hermana, no te rindas; la vida es hermosa. Soy lo que me han enseñado, aquello que no he querido desechar sino, aquello que me ha enriquecido. Soy hija de padres fieles a su compromiso, fieles a la humildad, a la generosidad y al servicio de otros. Soy hija fiel de un padre que me enseño que aprender algo no era suficiente, sino que debía aspirar a ser un ser sediento de conocimiento, ética, moral y responsabilidad. Soy hija de una madre, que entendía la generosidad, que sabia y reconocía nuestra limitación humana para descubrir la inmensidad de la vida espiritual. Soy herencia de una familia hermosa, que a pesar de sus limitaciones, ante todo ha sabido ser amorosa, gentil, generosa, en otras palabras: luz para otros. Soy aquella pequeña niña que se asombraba de la belleza del cielo estrellado desde la casa de mi abuela materna. Y la niña ingenua que creía que podía cabalgar libremente en la hacienda del abuelo.
Soy llamada y soy respuesta. Soy oídos, soy mirada y a veces voz de aquellos que sufren y esperan.
Soy madre, que busca respuestas y que a veces ante situaciones que me presenta la vida, me pregunto: ¿Qué debo hacer?
Soy también vasija de barro, vasija frágil, en la que Dios en su inmensa misericordia, desea vaciar su amor. Soy sonrisa, soy ternura, soy consuelo, soy esperanza.
Soy humana, conozco mi miseria, pero también conozco la plenitud. Soy lo que quiero ser, lo que deseo ser. No tengo todas las respuestas, pero si el deseo inmenso de amar y ser persona, de crecer, de ser reflejo del amor de Dios. Quiero ser regalo para otros, quiero ser ternura y misericordia, quiero ser todo aquello que mi padre Dios quiere que sea.
No antepongo barreras, he vivido lo suficiente como para saber que solo Dios basta. No miro atrás, ni miro el mañana, para mi, solo existe el hoy, el presente. Y si por alguna razón, tuviese hoy que enfrentarme al final de mi vida, solo me gustaría poder decirle a mi Creador, con plena certeza y confianza, he amado como tu, mi Señor, me has amado, puedo ahora descansar en ti.
Soy regalo de amor de aquellos que me han amado…


viernes, 4 de febrero de 2011

… Y ME DEJO AMAR

Por donde quiera que voy la gente expresa sentirse sola, no sentirse amada, estar deprimida. Forma parte de las confidencias que se me hace. Pero no es una impresión solo personal. Para la Organización Mundial de la Salud la depresión será la segunda causa de incapacidad para el 2020.  Así que va a ser prácticamente como la enfermedad del siglo junto a las cardiopatías. Así que lo sé por lo que dice la OMS, pero también lo sé por las personas que acuden a mi consulta.
La depresión puede ser orgánica, de orden biológico, no producto de agentes externos como es la depresión reactiva. Cuando una persona se deprime, siente tristeza, desánimo, falta de energía, apatía, desinterés por la vida, se aísla, nada tiene sentido para ella... No todas las depresiones son orgánicas ni todas son reactivas, pero en ambas se requiere de la ayuda profesional para superarla con las menores complicaciones y en el menor tiempo, con ayuda en algunos casos de fármacos.
Pero ¿a qué se debe el auge actual de la depresión entre la gente? Proviene de un hecho muy simple y muy humano como para que tenga proporciones de pandemia: el desamor. Esto propicia su aparición. Y digo la “gente”, porque la palabra gente engloba a varias personas que coinciden en el espacio y en el tiempo. Varias personas que comparten un mismo espacio se sienten solas, sin encontrarse, aisladas, es decir, actuando como islas… y la parte difícil de la vida completa golpeando y desatando oleadas de ansiedad, angustias, gritos solitarios… sin estar físicamente solos. Pueblos africanos, en espacios de baja densidad demográfica, sufren de menos soledad y depresión que, por ejemplo, en las grandes metrópolis.
En medicina hay un síndrome parecido: se llama resistencia a la insulina. El organismo cuenta con suficiente azúcar (glucosa), puede tener hasta excedentes en cuanto a la insulina, y lo único que necesita esta es fijarse a los tejidos para que las células aprovechen la energía de la glucosa… pero tal cosa no ocurre. Así ocurre en la vida: podríamos enriquecernos mutuamente, necesitamos encontrarnos para llenar de afecto nuestras vidas y, al final, actuamos como extraños. Nos deprimimos por falta de amor, porque hemos creado resistencia para propiciar experiencias que nos hagan sentirnos amados.
Y la existencia del ser humana está hecha para vivirla en colectivo, en comunidad: para amar. De distinta forma, obvio, según la persona que se tenga delante. Pero la vida se torna una carga aplastante cuando no existe la experiencia de amor. Las dificultades más complicadas pueden enfrentarse, porque existen razones para vivir, para seguir luchando. El amor oxigena el alma. Y lo más sencillo de la vida se hace insoportable. Así que, si se va evadiendo, por las razones que sean, no es que la vida continúa como si nada pasara. Hay un pase de facturas. Se hipoteca la calidad de la existencia. Se fragmenta nuestra capacidad de sentir, de ser humanos. Nadie puede vivir absolutamente solo, ni a nivel físico ni a nivel psicológico. Si esta dimensión del ser humano se atrofia atrofiándose la persona misma… con la particularidad que, habiendo quienes desean amarnos, nos cerramos a su encuentro y cercanía.
Lo cierto es que la resistencia a amar y dejarse amar es una forma sutil, hasta filosófica, de boicotearse. Yo les digo a mis pacientes y amigos que es una forma de “sabotearnos”, de “auto-saboteo”. Nos negamos a vivir momentos gratificantes, a experimentar la alegría del encuentro, por temor a la pérdida del mismo. O a la indignidad. Porque esta resistencia, o saboteo interior, se viste de diversas formas. Gestos, miradas, actitudes que disuaden a los demás de relacionarse amablemente con nosotros. Y para nosotros el que así suceda termina hasta siendo natural. Por ello, si alguno se acerca con amabilidad, experimentamos la alarma de la desconfianza. Si alguno ofrece su ayuda, nos decimos internamente que trae otro interés. Si es alguien del sexo opuesto que busca ser amistoso, las sospechas sobre su sinceridad emergen al menor descuido. Y esto sin mencionar a aquellos que se arriesgan a decir un “te quiero” o “te amo”, ya que ni nos lo permitimos siquiera con nuestros propios hijos.
Entonces vamos caminando por la vida a la defensiva. Los unos desconfían de los otros rehusando cambiar los patrones de conducta. Y nos negamos a vivir la experiencia cotidiana de intercambiar pequeños gestos de amor, pues son pequeños y no grandes gestos los que hacen falta, que son los que van entrelazándose cada día para imprimir vitalidad a nuestra existencia. Y vamos por la vida con esta resistencia que nos mantiene aislados, haciéndonos depresivos, ir muriéndonos de soledad, en el pernicioso círculo vicioso de la desconfianza y resistencia mutua.
Pero en la vida nada está determinado de antemano. Nosotros podemos decidir el rumbo que queramos seguir. Los cambios que consideramos efectuar en nosotros… Yo puedo dar el primer paso: basta con dejar abiertas las puertas del congelador para conseguir deshelar el corazón.
Una sonrisa, una palabra amable, un gesto de cercanía, mirar atentos, escuchar al otro, ser agradecidos, un abrazo espontáneo… nos abre las puertas a la experiencia del amor.
Me doy cuenta que son muy pocas las personas que tienen experiencias de lazos afectivos sólidamente estables, que han permanecido durante el tiempo. Creo que esta experiencia muchas veces no se da porque no hemos alimentado el amor en la relación. Y no estoy hablando de relación de pareja, sino de mi relación con otro ser humano. Porque básicamente siempre surge la desconfianza, el miedo o se pierde el interés cuando las cosas no salen a mi manera, desperdiciando el caudal de amor que nace del otro y puede enriquecerme.
Una experiencia frecuente en mi consultorio es que siempre beso y abrazo a mis pacientes en el momento de despedirme de ellos. Si son niños, el abrazo es prolongado acompañado de un “te quiero mucho”. La respuesta es inmediata: un abrazo más fuerte y un “yo también te quiero mucho”. En ese momento me doy cuenta que ese niño o niña forma parte vital de mí. Puedo recibir y dar amor sin miedos, sin desconfianza, sabiendo que esa relación en concreto va a permanecer durante el tiempo. Muchos de esos niños son hombres y mujeres ahora con profesiones, casados, con hijos y aquella conexión que comenzó con un simple abrazo se convierte en experiencia de amor profundo en el que con frecuencia seguimos encontrándonos, compartiendo todo tipo de vivencias.
Cuando esta experiencia se da con un adulto, es igualmente enriquecedora. El o ella sienten mi genuina preocupación y amor, y yo experimento el amor gratuito de esta persona concreta que ha depositado su confianza en mí, abriendo su corazón y dejando gran parte de su salud emocional en mis manos.
He tenido una fructífera vida como profesional. Siempre me he preguntado si esto es debido a mi buena preparación académica o porque también en mi consulta me presento como un ser humano que se está encontrando con otro ser humano y que busco, desde la profundidad de mi corazón, amarlo/amarla.
¡Posiblemente ambas tengan mucho que ver!
No se necesita ser psicólogo ni filósofo para entender que la experiencia del amor es vital en nuestra vida, que puede ser altamente sanadora, pero así como yo me dispongo a darlo, también debo disponerme a recibirlo. Sin excusas, sin temores, pero sobre todo sin demoras. Solo así podré dejar de ser una isla y recibir la gratuidad del amor, de la vida, de la esperanza, de la plenitud.
Asumir mi vida no solo significa amarme, responsabilizarme por ella, sino también abrirme a la experiencia de recibir amor.
Y por eso… desde lo que soy, asumiendo lo que soy… responsabilizándome de mi vida… decido amarme… y dejarme amar.

P.D.: ¡También beso, abrazo y digo “te quiero” a los adultos!