viernes, 17 de junio de 2011

PAPÁS...

En este mundo marcado por el machismo, la imagen de la madre es exaltada de tal manera que su sombra cubre y recubre a la del padre. Una eclipsa la otra. Mientras que una es exaltada hasta por las bellas artes de todas las culturas, la imagen paterna no solo se ensombrece sino que pareciera invocarse como venida de las mismas tinieblas.
Esta constatación cultural no deja de ser alarmante cuando nos introducimos en la psicología de la persona humana. Más que un elemento anecdótico presente (o ausente) durante la infancia, se trata de un elemento que produce un impacto en la personalidad y su estructura por el resto de la vida.
Y es que lamentablemente, a nivel mundial la figura paterna es casi inexistente por no decir inexistente del todo. Muchos de los conflictos que se viven en esta generación son en gran parte producto de esta ausencia o en gran parte, marcada por la misma.
Se ha pensado de manera equivocada durante mucho tiempo que ser padre es ser “proveedor”, pero solo en el aspecto económico. Pensar de otra manera implicaba ir en contra de la norma. Un padre jamás debía ser cuestionado si proveía económicamente a sus hijos. Era y todavía es frecuente escuchar expresiones tales como: “trabaja como una mula para darle todo a sus hijos ¡Que buen padre es!, trabaja de sol a sol”
Pero además de los males del pasado a corregir, están los males a futuro para evitar. Más que una recopilación de la funesta historia presente y pasada de los varones que son o han sido padres, está el desafío de corregir el modelo cultural imperante, para que las próximas generaciones puedan ser realmente papás.
Entender que ser padres implica mucho más que economía, implica invertir tiempo, crear y profundizar una abierta y franca comunicación, educar en muchos aspectos de la vida, en valores, en moral, en ética…
Ser padre implica asumir la responsabilidad de ser persona y que dicha responsabilidad tiene y debe ser transmitida a los hijos.
Para ser padre, algunas cosas tendrán que ser encaminadas de manera personal, otras de manera cultural o social. Ejemplo de esto es la utilización de la “trampa” de la sobrestimación de la imagen materna como coartada para no asumir la paternidad. Incluso el adagio popular dice: “madre solamente hay una, padre se encuentra en cualquier esquina”. Si padres hay en cada esquina ¿dónde  han estado hasta ahora? Porque la imagen paterna esté desaparecida.
Este pensamiento debe ser desmontado. Pues aunque la imagen de la madre es extremadamente importante, se minimiza la imagen del padre. Por ende, se puede utilizar hasta como excusa socialmente aceptada para no ser padre.
En el desarrollo de la personalidad en el niño y de la niña, las figuras del padre y la madre son insustituibles. Podrá faltar por cualquier razón el papá o la mamá biológicos, pero alguien deberá asumir el rol de ser figura paterna o materna.
La figura paterna tiene un rol indispensable para crear un ambiente de seguridad y protección, que permita el sano crecimiento de los hijos. Dicho ambiente está creado no por cosas, sino por relaciones. Por la calidad de las relaciones. No se da porque se conviva bajo un mismo techo o se respire un mismo aire.
Se va creando en las relaciones concretas que aportan experiencias de amor. Porque cada experiencia de amor equivale para el hijo a sentirse amado, valorado, promocionado por el padre. Y de esta manera el padre va reafirmando y dando seguridad al niño, para enfrentar la vida con todo realismo.
Es una colaboración indispensable en la construcción de la autoestima y de la propia imagen. De ese sentir “yo sí puedo”, sea como adulto, sea como niño. El niño siente que él es importante, que él es importante para alguien, y que ese alguien es, para el niño, la persona más importante de este mundo.
Un padre debe ser equilibrado, no represor, neurótico y menos maltratador, sino que cuente con valores suficientes dentro de las limitaciones que existen en la vida. De esta forma será un excelente medio para que el niño asimile normas y valores en su vida.
El sano vínculo con el padre ayuda a estructurar la personalidad alrededor de orden y el reconocimiento de la autoridad. Esto, a su vez, va a hacer que el adulto del mañana vaya a ser capaz de acatar orden y autoridad.
Maneras patológicas que actúan de forma díscola y contestataria, sospechando de todo orden social, pueden tener que ver con conflictos no solucionados y relaciones disfuncionales con la figura paterna.
Hay que considerar que la auténtica y sana inserción social, sin sumisiones humillantes pero sin rebeldías absurdas, se basa en una sana relación con la figura paterna en la infancia.
La autoridad que nace del amor y admiración es distinta del autoritarismo, cuyo efecto es totalmente el contrario.
La capacidad de diálogo y respeto no impide que, en las ocasiones que sea necesario, se hagan correcciones e, inclusive, se castigue sin maltratos (“no vas al cine”, “no te compro helados”, etc.). Un padre así es valorado como comprensivo y justo. Y todas aquellas realidades que el padre induce son valoradas como buenas.
Pero, unido a esto, el padre tiene el desafío de ser sensible. Además de la ausencia física en algunos hogares, la ausencia más trágica es la  afectiva y emocional. Ocurre cuando el padre es un ser minimizado, una presencia lejana, un ser distante y fantasmal que, en ocasiones, es más temible que amable.
Este vacío paterno envía al niño el mensaje de “tú no existes”, “yo no existo para ti”. Es una orfandad afectiva, que torpedea cualquier sentido de pertenencia. De no contar con un ser protector. El varón que es padre puede equivocarse drásticamente al reducir su responsabilidad a ser un simple proveedor, el que vela por lo material por el dinero que consigue trabajando.
Pero eso no es suficiente. Distanciarse de la afectividad y sensibilidad no es sinónimo de hombría ¡Como si el ser sensible fuese algo propio únicamente de la mujer! La sensibilidad masculina diferenciada de la mujer es una riqueza que no puede perderse.
Una asertiva incidencia del padre sobre los hijos afecta de manera positiva tanto a los hijos varones como a las hijas. En el caso de los hijos varones, si hay una buena imagen paterna, que afectivamente sea importante, tal modelo servirá de referencia para la adultez. En el caso de las hijas, contar con una buena imagen paterna le permitirá apreciar una adecuada y sana relación con el varón, particularmente en lo referente a la escogencia de pareja.
La ausencia de imagen paterna o una imagen traumática es fatal: es lanzar a las personas como náufragos ante la vida.
En el fondo, evitar la paternidad esconde, a su vez, inseguridades, inclusive de infancia. Asumir la paternidad implica el pasearse por todo ese mundo tambaleante de la propia vida interior y de la historia personal. Y el miedo es el peor enemigo. Internamente se debe convencer que es posible ser padre de manera distinta a como él se sintió como hijo. Que la paternidad tiene un atractivo insospechado que él puede encarnar a favor de sus hijos.
Por otro lado, el delegar la toma de decisiones y la resolución de conflictos a la mamá, no es sino otra forma de evitar la responsabilidad de ser padre. Y evitando el roce y el contacto se pueden evitar conflictos abiertos, pero tiene el carácter de violencia pasiva. Esta aparente “normalidad” no asegura que se está siendo un buen padre.
Pero en este camino de recuperación de la paternidad, las mamás también tienen su cuota de responsabilidad: el acaparamiento emocional de los hijos y la desautorización de los papás hace que se agrave la situación.
Entonces,  una mujer contribuye para bien o para mal en esta recuperación de la paternidad cuando escoge a su pareja: no solo se trata del compañero sentimental con quien se quiere compartir el resto de la vida, se trata también del hombre que escojo como padre de mis hijos.
Igualmente podemos analizar la conducta materna que interfiere en la relación padres e hijos. Uno de los casos es cuando el papá solo sirve de chantaje para controlar a los hijos: “cuando tu papá llegue del trabajo vas a ver”, “si lo sigues haciendo se lo digo a su papá”, “cuando se entere tu papá te va a castigar”.
 Además la mujer puede influir en hacer de sus hijos que de adultos sean padres responsables. Como la mujer puede favorecer el machismo, así también puede favorecer la ausencia de la paternidad, si no se toma conciencia.
Al final de cuentas ser papá no es trabajo exclusivo del hombre, implica que sociedades y culturas rompan con estereotipos que impiden la clara realización de lo que implica ser padre.
Si se asume responsablemente la paternidad, los efectos se harán sentir en las familias, culturas, sociedades, y muchos de los problemas existentes de hoy, en consecuencia, tendremos un mejor mañana.
Es tu responsabilidad. Es mi responsabilidad.
Es responsabilidad de todos.

viernes, 10 de junio de 2011

LÍMITES...

Podemos valorar la palabra “límite” de muchas maneras: a veces la vemos como separación, como división u oposición… pero también podría valorarse como zona de encuentro, de contacto, donde termina uno y comienza otro, confluencia. Lo cierto es que para nosotros la palabra límites está identificada con limitación, con barreras, con exclusión, diferenciación.
 Generalmente asociamos límites con territorio y, territorio, con países. Los límites siempre son ocasión para conflictos de cualquier tipo y, en el caso de las guerras, el conflicto consiste en la penetración armada en el territorio ajeno. De tal manera que la palabra “límite” tiene una acepción por lo menos antipática para nosotros.
Así que, como contrapartida, suponemos que la familia, los amigos, los esposos o inclusive los hijos, por no considerar las comunidades y las sociedades, cuando son tales y realmente hay amor y unión, ese amor borra los límites. Estar unidos, se cree, es no tener rayas que delimiten y digan “hasta aquí”. Amarse es dejar que el otro circule por mi vida como quiera y, obvio, que yo circule por la vida ajena  como mejor se me ocurra.
En teoría y de manera muy idealizada, esa especie de fusión e indefinición puede ingenuamente ser muy apreciada. Más que contacto hay confusión. Una superposición que ahoga cualquier originalidad y que esconde un abismo de inmadurez.
Para representarlo gráficamente, pensemos en un círculo y un cuadrado que aproximamos. Si los colocamos uno encima del otro y borramos los límites, nos quedamos sin círculo ni cuadrado y, de dos, sale una sola figura que no es ni una cosa ni otra. Cada figura pierde sus propiedades sin ganancia alguna.
En la naturaleza a nivel de microorganismos ciertas fusiones se dan para alimentarse, no para convivir. Solo en la reproducción sexual las células se unen para perder su individualidad y dar origen a un ser distinto de los anteriores.
Pero el ideal de convivencia entre seres humanos no sería el de una fusión fantasiosa, que tendría el carácter de patología de las relaciones simbióticas, como si se anularan las diferencias y la capacidad de interrelación porque hay una exacta superposición en la total coincidencia en pensamientos, deseos, aspiraciones, vivencias, experiencias, historia personal, etc. Resultaría sospechoso que se buscase una unión no de sintonía sino de apoderamiento del otro, que significaría su anulación.
De tal manera que la aceptación de los límites es tan real como la aceptación de la piel: lo que me separa del medio ambiente es también lo que me pone en contacto. Y, unido al concepto de “límite”, se encuentra el de territorialidad, sin que sea exclusivamente, aunque lo incluya, la referencia al espacio físico.
Para hacer consideraciones más prácticas, una pareja profundamente enamorada puede hacer ciertas actividades por separado y respetándose mutuamente. Esto, si son mínimamente sanos, no se va a considerar como una pérdida del amor o de la relación. Puede que el esposo sea un lejano aprendiz en el arte de apreciar la pintura, pero eso no impide el que respete los momentos en los que la esposa, sin colisionar con cualquier obligación o actividad en común, se dedica a ejercitar el pincel.
Puede que un papá desee prestarle más atención a su hijo cercano a la adolescencia, dedicándole más tiempo sin que incluya a la mamá, y no por esto ella va a sentirse rechazada o excluida.
Es curioso que en las relaciones que implican una mayor convivencia, como en el matrimonio o en la familia nuclear (padres-hijos), la dinámica de cada día nos lo presente como algo obvio. Pero cuando se trata de relaciones entre amigos y ciertas relaciones de familia, los límites se borran con increíble facilidad.
Una hija de 28 años, casada, tiene dificultades con su esposo sin que haya agresión física o verbal. Puede ser desde cuestiones habituales hasta situaciones en las que esté en juego la continuidad de la relación: sus padres pueden considerar que tienen el derecho de intervenir para dictaminar lo que tiene o no tiene que hacer.
Una madre está responsablemente criando a sus hijos, con el acuerdo con su esposo, de manera distinta a como fueron criados, y los padres se consideran en el deber de intervenir, sea para desautorizarla en sus correcciones, sea para exigirle mayor severidad.
La ignorancia de los límites puede estar unido a la falta de identificación en cuanto a lo que soy y a la manera como debo comportarme: si una suegra reconoce que debe actuar como suegra y abuela, no se va a meter en la relación de la familia como si fuese la esposa y la madre.
Un amigo puede ayudar a otro con un trabajo o el estudio, pero no puede suplantarlo para hacerse pasar por su amigo y conseguir mejores calificaciones. Alguien puede estar pasando por un aprieto que provoca profundas angustias donde aparece el elemento religioso, pero yo como psicoterapeuta puedo ayudarle en su toma de decisiones, pero no tengo por qué corregir desde mi óptica sus creencias.
Pero también ocurre que lo equivocado se disfraza de virtud. Como cuando una madre se siente en el derecho de interferir en la vida de su hijo adolescente, simplemente para ejercer un control fiscalizador que disipe cualquier vestigio que suponga lejanamente algo de amenazante independencia. Así pues, se escrudiñan llamadas, conversaciones, información en celulares, redes sociales… buscando indicios, indicios y más indicios… sobrepasando los límites que sanamente deberían respetarse.
 No se puede conseguir con una requisa lo se podría conocer ejercitando la simple comunicación entre una madre con su hijo. Es cuestión de respeto, amor y confianza. Y si espontáneamente no se da, hay algo en la relación que se debe revisarse.
Como en otros artículos, hay dos puntos de vista a considerar: cuando yo no respeto o tomo en cuenta los límites de los demás y cuando yo no soy capaz de hacer valer mis propios límites.
No puedo encarnar el papel de víctima, pues incurriría en un infantilismo imperdonable. Soy yo el que debo hacerme respetar.
Como lo haga, eso es otro cuento.
Una madre que sea estudiante puede necesitar y pedir tiempo para ello, sin que falte con sus obligaciones. Si su hijo pequeño le está interrumpiendo sin ningún motivo de peso, solo por juego, puede explicarle amorosamente lo que está haciendo y hasta llegar a acuerdos con él (“después que estudie vamos a salir juntos” o “si esta noche me dejas estudiar, mañana voy a hacer esto que te gusta”).
A veces, por considerar que la amistad es vía franca para perder la propia intimidad, hacemos un complot del silencio con los amigos. No solo no hay que considerar el debido y deducible respeto (“a esta hora no voy a llamar por teléfono a mi amiga, porque está con su esposo que acaba de llegar del trabajo”), sino en ocasiones pedirlo.
La susceptibilidad puede jugarnos una mala pasada si consideramos ofensiva cualquier delicada insinuación que hagamos o recibamos para respetar un espacio, para no trasgredir los límites. Y ese pacto de silencio, lejos de conservar las amistades, las va erosionando y deteriorando. La confianza se ha transformado en metiche intromisión, y no se aplican los correctivos necesarios.
Al final el amor es confianza y respeto, por el otro y hacia mí. Porque me amo, pido respeto ante ciertos límites.  Porque sé que me amas, estoy segura que lo comprenderás y seguirás amándome… Y lo que es válido para mí, es válido para ti.

viernes, 3 de junio de 2011

EXPERTOS INEXPERTOS

Uno de los desafíos cuando inicio una terapia con un nuevo paciente son los “otros”. Esos otros que se cuelan y hay que neutralizar. Que entran cuando se recibe y se cierra la puerta del consultorio. Esas voces que han sonado y seguirán sonando en el proceso psicotera- péutico, dentro y fuera de la consulta, que de manera “ingenua” indican lo hay y lo que no hay, lo que se debe y lo que no se debe hacer.
Esta serie de “expertos”, producto de la divulgación de conocimientos científicos por supuestos documentales de televisión o programas de variedades, entrevistas radiales, internet, rumores, creencias, conversaciones en las esquinas, revistas de largo tiraje, lecturas de ciertos libros, cursos de autoayuda… sin la necesaria capacidad de diferenciar lo genuino de lo falso, lo factible de lo fantasioso. “Expertos” que carecen de la debida preparación académica y que de manera ciega e imprudente asumen tener el conocimiento de las distintas materias.
Ellos conforman todo un ejército que hay que esquivar como en una carrera de obstáculos. Pero esta experiencia se vive no solo en el ámbito de la psicología, sino de forma generalizada en cantidad de ámbitos, desde lo más sencillo hasta lo más complejo. Y es que la tendencia del ser humano es afirmar lo que conoce y negar lo que desconoce.
Ejemplo de esto puede ser la visita de unos padres con su niño al pediatra: el pequeño presenta fiebre, malestar y las amígdalas inflamadas. El médico diagnostica infección en la garganta, cosa que aceptan los padres por estar familiarizados con dichos casos, por otros hijos y familiares. Pero si un niño pequeño visita al pediatra por otro motivo, y el pediatra diagnostica desnutrición, los padres fácilmente rechazan dicho diagnóstico puesto que aducen que el niño está en su peso y que ellos lo alimentan bien. Obviamente para estos padres estar desnutrido es solo estar delgado. Cuando en realidad la desnutrición es la carencia nutritiva de proteínas, carbohidratos, grasas, vitaminas y minerales. Puede que el niño no esté delgado porque la ingesta de carbohidratos es alta; sin embargo, quizás no haya una suficiente ingesta de proteínas, vitaminas y minerales. Estos mismos padres que desconocen el verdadero significado del término desnutrición en base a su poco conocimiento sobre el tema, son los que rechazan el diagnóstico, y en algunas oportunidades hasta descalifican a los verdaderos profesionales diciendo que no saben nada. Por supuesto, también se da aunado a familiares y amigos que siendo también ignorantes del tema, afirman que el verdadero profesional está equivocado. Lo que resulta realmente increíble es que ni los padres, amigos y familiares  nunca han pisado la escuela de medicina. No saben de medicina, no saben de pediatría y, no obstante, dejan que su ciega ignorancia sea la que tome el control.
De nuevo, afirmamos lo que conocemos y negamos lo que desconocemos. Al final ¿qué es la ignorancia? ¡Desconocimiento!
Y en este elenco podemos participar como víctimas, pero también como “expertos victimarios”.
¿Cómo llegamos a ser “expertos victimarios”?
En primer lugar debe destacarse el carácter divulgativo de muchas fuentes de información veraz, que se consiguen su objetivo en base a la simplificación de la realidad. Se dice en unos minutos o unas breves líneas lo que toma años de formación académica y consigue formar bastas  bibliotecas. De esta forma se aseguran la audiencia. Pero también el abordaje se hace buscando captar la atención del espectador a través de narraciones ingeniosas o destacando aspectos que podrían ser secundarios, pero que resultan llamativos para el gran público.
En segundo lugar, en ocasiones el abordaje sobre algunos temas no siempre parte de intenciones científicas o humanitarias, sino a la remuneración económica. No se busca difundir información o popularizar hallazgos relevantes, sino información que la gente está interesada en comprar y que puede ofertarse. Cuando no media la instancia ética, se puede sucumbir a la tentación de sacrificar la precisión científica en temas delicados por charlatanerías de dudosa fundamentación que, sin embargo, sintoniza con los gustos del público.
Así que estos “expertos” que compiten en la ayuda a nuestros pacientes, se saltan todo lo complicado que puede resultar en la práctica llegar, por ejemplo, a un acertado diagnóstico científico. Cosa que es complicada por la obstinada mentalidad resultante del amasijo de creencias populares y la mágica charlatanería de quien trafica con la desesperación de la gente.
Cada quien puede caer en la trampa del “experto”. En principio nadie está exento. Hay cierto poder que se siente tener sobre los demás que la hace en extremo atractiva. Hay un pedazo de la vida del otro que está bajo mi control, como si se tratara de mi vida misma. Y esto es particularmente cierto cuando nos referimos a problemas de salud.
Un amigo está haciendo un determinado tratamiento, con escaso éxito hasta el momento, quizás por lo largo del proceso. La situación se vuelve irresistible para que intervengamos. Comenzamos por sembrar la duda. Ponemos el rostro de quien no come cuentos. Una vez que deja de sentir confianza en lo que está haciendo o tiene que hacer, ahí nos apoderamos, como gurúes, de su vulnerabilidad. Con dos o tres premisas mal aprendidas y sin pasearnos por la idea de otros diagnósticos posibles para los cuales no contamos con la mínima formación académica, indicamos magistralmente lo equivocado del actual procedimiento cuando todo el mundo sabe que lo que hay que hacer es…
Estrategia que sirve para que amigos y familiares sucumban bajo el peso de nuestra influencia. Las enfermedades terminan siendo todas mentales, ficciones de la fantasía. O la quimioterapia un fiasco solo apta para algunos tontos. O los medicamentos son todos de antemano tóxicos, cuando no una serie de inventos.
En el caso de la psicología, que se la confunde con la consejería, los costos son menores: un consejo lo da cualquiera con la suficiente labia y en el refranero popular se consigue de todo ¿Quien no ha escuchado ese refrán que dice “la letra por la sangre entra” o “el hombre es el que manda”? El consejo del amigo sustituye la asesoría del profesional: lo que debes hacer con tu matrimonio, lo que debes hacer con tu hijo, lo que debes hacer con tus padres. Yo soy así de auténtico, se dice, por lo tanto lo que pienso lo digo… y tantas otras cosas.
Pero, así como puedo ser victimario, también puedo ser víctima. Y víctima responsable. En cualquier problema de salud dejo que los demás interfieran e indiquen lo que mejor les parece. Me abstengo de usar mi libertad de manera responsable, con el conocimiento que en último caso las decisiones, en algo que tenga directamente que ver conmigo, me competen a mí, sea que acierte o no. En un cáncer unos difieren del médico con tantas opciones como amigos tenga; mientras los unos difieren sobre el centro donde debo realizar la quimioterapia, porque donde voy no es confiable, otros me presentan como tabla de salvación el seguir una estricta dieta vegetariana; algunos vaticinan sobre la salud mejor que los médicos sin serlo, casi que viendo los exámenes de laboratorio al contraluz o como leyéndolos como se lee una bola de cristal. Los hay quienes tienen una versión sobre la religión como si se tratase de un deporte  extremo y proponen tener fe, tener fe y puramente fe. Y ahí estoy yo, enfermo, pretendiendo complacer a cuanto “criterólogo” consiga entre mis allegados.
Es obvio que la realidad es muchísimo más compleja. Así que, ante la tentación de intervenir en la delicada situación de otras personas, lo mejor es abstenerse. Porque la escasa preparación que se tiene está revestida de arrogancia. Es un irrespeto hacia la otra persona, más si no me ha pedido mi opinión. Debo tener en cuenta que la vida de otra persona puede estar en juego dentro de un palabrerío sin fundamento. El bien del otro no puede hacer de equilibrista en la cuerda de mis ocurrencias e iluminaciones, cuando es un acto de circo sin red realmente mortal.
Pero también yo soy responsable como víctima: yo debo manejar con tino las opiniones ajenas en asuntos que no son de incumbencia. Debo prestar oídos sordos y, ocasionalmente, hasta precisar con palabras a los demás, para que no se involucren. Por desagradable que sea y con la educación debida, pero teniendo en cuenta la importancia del proceso que esté viviendo.
Ciertamente en todo proceso terapéutico pueden surgir dudas e interrogantes bien fundados. Es el derecho a pedir, sobre cierto asunto, una “segunda opinión”. Lo cual es válido siempre y cuando acudamos a profesionales serios y responsables, que tengan la capacidad de confirmar o corregir un diagnóstico y un tratamiento concreto, de manera fundamentada.
Tomemos conciencia. No juguemos de manera irresponsable con la vida de otros, haciéndonos pasar por “expertos inexpertos”. Las consecuencias de nuestra irresponsabilidad pueden ser fatales. Tampoco permitamos que otros de esos “expertos inexpertos” interfieran en nuestra vida desviándonos de la senda del crecimiento personal y de la salud.
“Zapatero a tus zapatos”. Quizás sea difícil decir de otra forma lo que la sabiduría popular ha dicho de forma tan explícita y sencilla.

viernes, 27 de mayo de 2011

ROMPIENDO ESQUEMAS

Los esquemas en la vida tienen su sentido. Al menos hasta cierto punto. Nos permiten tener patrones de conducta para ciertas situaciones que nos resulten novedosas o ante aquellas repetitivas. Sería impensable manejar un vehículo sin esquemas. La higiene preventiva, sería otro ejemplo. La misma rutina diaria requiere de esquemas para poder completar con todas las actividades. No se responde siempre de forma improvisada sino preconcebida. Y eso no es malo.
Y para los esquemas muchas veces se apela a la sabiduría colectiva, esa que se encuentra inclusive en los dichos. “Al que madruga Dios le ayuda”. O “a Dios rogando y con el mazo dando”.
Hacer las cosas de la manera colectiva, asegura parte del éxito. Al menos así se cree.
Estos patrones y esquemas de conducta se moldean desde la infancia, en el mismo ámbito familiar. El papá y la mamá corrigen (“¡no hagas esto!”) y premian las conductas (“¡eso es!”, “bien hecho”, “así se hace”). Igualmente establecen modelos. El niño o la niña imitan la conducta de los padres, pues se sienten identificados con ellos (“yo quiero ser como mi papá”, “yo quiero ser como mi mamá”).
Así pues, los esquemas tienen su razón de ser.
Pero los esquemas también pueden funcionar como mordaza. Puede que nos paralicen ante la posibilidad de ensayar nuevos y mejores comportamientos; o que simplemente no nos permitan corregir los viejos. El varón, por ejemplo, normalmente reprime sus emociones, porque de niño, tanto en su hogar como en contacto con otros niños, se le ha enseñado a negar su sensibilidad. Como adulto puede descubrir que eso no debe ser así. Mostrarse sensible es importante para la relación de pareja y en la educación de los hijos. Manifestar emociones es una gran ayuda hasta para prevenir enfermedades, como las cardiopatías.
Pero los mismos grupos sociales coaccionan para que las personas se comporten de acuerdo con las expectativas preestablecidas o los estándares, los esquemas preestablecidos ¡Cuantos hombres no han escuchado de sus amigos que su buena relación de pareja se debe a que “la mujer lo tiene dominado”! ¡Cuántas mujeres mantienen una relación de pareja insana, porque la “norma social” fija que esto es preferible a estar sola!
Quien piense en “trasgredir” el orden social, puede sentir la tácita amenaza de ser aislado y abandonado, con el pretexto de traición al grupo.
Así que se va actuando como gente sin criterio, diluidos en la masa, un poco como a la manera de un rebaño. Y de esta forma condenamos el crecimiento personal.
Porque crecer es apropiarme de mi vida, hacerla que dependa de mí y no principalmente de los demás o de las circunstancias. Y apropiársela no consiste en volverse viscerales y darle rienda suelta a los impulsos. Es arriesgarse a caer en cuenta y a pensar. A verse y analizarse. A valorar lo más objetivamente posible lo conveniente y sano para mí, con las implicaciones morales que tenga. Es asumir ciertos esquemas como míos, porque me ayudan a crecer. Pero también es arriesgarse a romper con otros.
Por ejemplo, si lo habitual entre los padres es que tengan poca autoridad sobre los hijos pequeños (estos les gritan, forman una pataleta, se vuelven malcriados y desafiantes hasta que consiguen lo que están buscando…), yo no tengo por qué conformarme con repetir lo que los demás hacen. Puede que no opte, pues de hacerlo sería reprobable, de actuar de manera déspota. Pero puedo buscar imponer respeto y no ceder. No sucumbir ante el chantaje de la culpa de creer que estoy desgraciando a mis hijos cuando un “no” es la respuesta adecuada y justa. No esquivar a la incomodidad de educar, sino ser educador porque soy papá o mamá.
Pues quien rompe esquemas no lo hace por retar la originalidad, de ser distinto o de llamar la atención. Lo hace como fidelidad a la conciencia y a los valores.
Una persona puede montar un negocio de comida rápida. Para muchas personas, la estrategia consiste en comenzar mostrando una relación atractiva entre precios y calidad de los productos. Y una vez que tienen cierta clientela, desatender la calidad o bajarla para ahorrar costos. Más esta persona podrían no repetir ese esquema por considerarlo deshonesto con quien contrata sus servicios. Un profesional de la salud que evita relacionarse con calidez humana con sus pacientes, como otros colegas, podría reconsiderar ese comportamiento en base a su compromiso como médico o psicólogo. Una mujer que pretenda a un hombre que está interesado por otra, podría decidir dar la retirada, si tal situación es degradante para ella o pone en juego valores, aunque otras actúen de forma distinta (inventan intrigas o siembran dudas y rumores).
No siempre se puede ni se debe actuar como lo hacen los demás. Una cosa es lo común y otra lo normal. Lo común es el comportamiento que estadísticamente más repite las personas. Pero no puede transformarse en normal, que proviene de la palabra norma-regla. No puede elevarse a la categoría de lo que hay o se debe hacer. No puede considerarse como regla, porque sea lo que habitualmente hace la gente. Lo común es algo distinto de lo que debería ser normal. Algo puede que sea común, pero lo normal, la norma, debería ser mejorarlo.
En algunos grupos sociales, generalmente de jóvenes, es común el consumo de drogas. Pero eso no puede ser normal. No puede gozar de la apatía de la sociedad. Lo normal es que la sociedad haga lo posible por evitar que dicho comportamiento se expanda… y que se puedan rehabilitar los consumidores.
El fracaso en las relaciones de pareja, sean o no casadas, es algo habitual: es común. Eso no excusa el que se analicen las causas y se busquen estrategias, a nivel personal y como sociedad, para que haya una mayor estabilidad para las relaciones que se den. Lo normal no puede ser el que la gente se haga adulta acumulando heridas y fracasos.
Hacemos esquemas de lo habitual y común, quizás por comodidad o por irresponsabilidad. Es una cadena que se reproduce y asfixia las más íntimas aspiraciones de superación humana.
Y solo se puede mejorar si nos decidimos romper con los esquemas que aunque sean comunes, no sean beneficiosos pero que nos hayamos adaptado a percibirlos de manera normal.
Tomar conciencia es fundamental para ir descubriendo qué circunstancias, ideas o esquemas preestablecidos debamos romper, recordando siempre que lo común no siempre es lo normal.
Estar atento a esta situación en mi vida y enseñar a los que me rodean, de manera particular a mis hijos, podrá darme la seguridad que, aunque no forme parte del “rebaño”, estoy haciendo todo lo posible por crecer, por ser persona…
A fin de cuentas lo que busco es ser… plenamente humana…

viernes, 20 de mayo de 2011

¡OJO! ¡SEÑALES EN LA CARRETERA!



Es curioso que busquemos en las estrellas las señales que deberíamos conseguir en la tierra. La gente indaga horóscopos y le hace cacería a los adivinos. De tal forma que eso de las señales se encuentra entre las necesidades que están a flor de piel ¿Hay algún problema en todo esto? ¿qué tan acertado es esa conducta para enfrentar la vida?

En realidad esta manera ciega de buscar señales puede tener otro fondo, tan sutil como tirarse de un trampolín con los ojos cerrados: tiene como objetivo aventurarse para ver que pasa al final. Es la renuncia a la propia obligación de tomar decisiones. Una irresponsable irresponsabilidad, ya que ni siquiera se asume concientemente ese estilo de vida. Que la vida lleve, arrastre por donde quiere, como la crecida de una quebrada que se lleva por delante lo que sea, en una alocada carrera hacia el mar.

Pero contrariamente a esta posición, otros no creen en las señales. Puede que tengan una imagen providencialista de la vida, en la que también me lanzo a lo ciego porque al final Dios se las va a ingeniar. Así que las consecuencias prácticas entre el grupo anterior y este son similares.

Y otros solo creen en sus ideales y propósitos. En los proyectos que tejen sus pensamientos. Son personas que pueden clasificarse de voluntaristas: todo se consigue a fuerza de voluntad. Como quien tiene un plano o una maqueta que solo debe ejecutarse. Se imaginan la vida de determinada forma, la organización de un evento social, el rendimiento escolar de los hijos, los problemas de la adolescencia… Y cuando las cosas no coinciden, la expresión que usan es “esto no puede estar pasándome a mí”.

Y las señales son importantes en la vida. Como los avisos de tránsito. No las señales colgadas en las estrellas sino las señales mezcladas con la vida y los acontecimientos. Lo que yo pienso, lo que yo creo y lo que yo siento no son reales y verdaderos solo porque estén almacenados en mi cerebro. Sería confundir la objetividad con la soberbia. Yo tengo la razón y todos los demás están equivocados es una peligrosa presunción.

Y es que el mundo de las estadísticas es profundamente cruel y real. Válido para los fracasos empresariales, los divorcios, accidentes de tránsito, deserción escolar, drogadicción, embarazo precoz...

En cualquier empresa o propósito que nos fijemos en la vida, además de evaluar la propia capacidad para ejecutarlo, conviene constantemente alimentar nuestro cerebro con los datos que vayan apareciendo. Tener la capacidad de modificarlo según lo que vaya apareciendo. No por renuncia a los ideales o valores. No para quedar sumidos en una vida color gris. Exactamente porque la vida es como un paso entre montañas: corregir constantemente el rumbo no es renuncia a la cima sino escogencia del mejor camino. Un escalador sabe que remontar el glaciar de una montaña es distinto si se hace en invierno o verano, si hay viento y lluvia que si no lo hay. El camino y las técnicas varían. Se escoge una cara u otra de la montaña.

Lo que se llama el mapa cerebral debe ser constantemente actualizado, para tomar decisiones más convenientes, pero no de manera impulsiva o caprichosa.

A medida que voy recorriendo el camino de la vida y encontrándome con diversas situaciones, aparecen “señales” que pueden orientarme sobre maneras de actuar o involucrarme en una situación. Dichas señales pueden hacerme pensar en la posibilidad de modificar un proyecto de vida, o de posponerlo para un mejor momento. O simplemente tener la claridad que debo desecharlo.

Ejemplo de esto es un proyecto tan personal como el del matrimonio: se tiene a la pareja ideal físicamente para ser eternamente novios o novias, pero en la relación prevalecen los conflictos diarios: eso es señal que esa elección es errada. Se puede tener al compañero ideal de fiestas y viajes, excelente amigo, pero con quien no se pueda montar un negocio, porque es desordenado, no tiene visión, asume riesgos innecesarios, no mantendría un buen nivel de autoridad sobre los empleados: esa son señales para no arriesgarse.

Pero así como existen en las carreteras señales de advertencia y precaución, hay también señales de información, no de detención. Una persona puede tener la duda de emprender un negocio que aspiraba desde hace tiempo, pero se le abren las posibilidades de crédito, hay personas serias que manifiestan su intención de formar parte de su cartera de clientes, se puede conseguir un local que ofrece el punto y las condiciones requeridas, la familia está apoyando… las señales son obvias. Alguien inicia sus estudios universitarios con serias dudas sobre si es lo que está esperando y si rendirá lo suficiente; luego del primero o segundo semestre confirma ambas cosas… las señales indican que no es descabellado seguir.

Recuerdo el caso de un paciente que dijo: “se que estoy en el lugar correcto”. “¿por qué?” le dije. “Porque estoy escuchando las cosas que no quiero escuchar, pero que necesito escuchar”, me respondió. Claramente este paciente había descifrado la señal.
Las señales no son iluminaciones que vienen del más allá, confundibles con nuestros impulsos viscerales. Las señales están en la vida misma y nos las podemos apropiar con el uso adecuado de los cinco sentidos y el sentido común: lo que veo, lo que creo que estoy viendo y, verificando, si lo que veo es lo correcto.

Crecer como persona implica muchas veces toma de decisiones, y dichas decisiones pueden ser las acertadas si hemos aprendido a descifrar y acatar las señales que nos da la vida. Para otros, su crecimiento estará estancado debido:  a la pobreza en el descifre de las señales o ignorando las mismas; lo que conllevaría a toma de decisiones equivocadas que podrían ir en detrimento de nuestro crecimiento personal.

En algunas oportunidades habrá que descifrar señales a nivel personal o individual, en otras, como familia, en equipos de trabajo, y como sociedad misma.

Mi vida no está plasmada en constelaciones estelares ni en el conocimiento de una adivina ni en los elementos del agua, fuego y tierra.

Mi vida se basa en mi libertad para escoger y tomar decisiones.

Estar atenta a las señales de la carretera de mi vida, podrá conducirme a lo que necesito y quiero ser.

viernes, 13 de mayo de 2011

MUNDO DE FANTASÍA

¿Qué precio pagamos por estar bien? Seguramente ante esta pregunta muchos pensarán tocarse los bolsillos como para manosear el dinero. Yo gasto tanto en salud, yo gasto tanto en confort, yo gasto tanto en seguridad… quizás si tengo familia también puedo decir “yo gasto tanto en mis hijos”.
Así que ante tal pregunta, la respuesta se razona matemáticamente. Aunque, seamos sinceros, todo lo que se pueda pagar monetariamente debe estar acompañado de una sensación de bienestar interno. Reducción de preocupaciones, cero pensamientos de los que algunos supersticiosamente llaman “negativos”, cuidado para mantener todas las apariencias de armonía… En fin, se podría decir que el esfuerzo se concentra en tratar a los síntomas, como en las virosis. Se trata la fiebre, el malestar, la rinitis… solo que en las virosis se sabe que no todo está bien, hace falta hidratarse y reposar.
A veces en la vida nos pasa eso: vivimos y nos esforzamos en mejorar aquellos síntomas de que algo no está bien y, a través de un tratamiento superficial, nos convencemos de que es así. Por ello esa especie de bienestar tiene un precio: el precio de hacer de la vida algo que no es seguro, preguntándonos si vale la pena vivirla.
En primer lugar, hay un proceso de liquidación de las cosas realmente valiosas. Se renuncia, de una u otra forma, por ejemplo, a tener una relación estrecha y compenetrada con la familia. Las relaciones entre esposos han suplantado la fascinación del amor por la funcionalidad de resolver problemas de cualquier tipo. La armonía con los hijos depende de nuestra capacidad de proveerles de los últimos artefactos tecnológicos, para que no se sientan relegados entre sus compañeros, y, evidentemente, a satisfacer sus gustos. Así que pasamos por la vida sin crear lazos sólidos de amistad.
En segundo lugar, se da un proceso de aislamiento emocional. Poco a poco dejo de vibrar con la realidad del otro, sea buena o mala. El sacrificar la sensibilidad por los valores, que son reales aunque no evidentes para los sentidos, produce un sobrepeso en las reacciones sensoriales ante estímulos poderosos. El mercado de películas de éxito taquillero que explotan el morbo del público, sea por el sexo o la violencia, se puede explicar por esta vía. Pero también la concentración en la estética personal sin un fundamento interior en la persona. Puede que también, al no tener referencias hacia los valores, aumente la voracidad hacia el consumo de bienes materiales innecesarios.
En tercer lugar, yo comienzo a sentirme ajena para el mundo y, a la inversa, el mundo es extraño para mí. Ese mundo ya no es mi mundo. El mundo no es mi mundo. El mundo exterior no es mi mundo interior. El mundo real no es mi mundo… mi mundo es un mundo irreal, lleno de fantasías, donde me convenzo que todo es bonito y gratificante. Donde estoy aislada, pero creo que estoy como colgando de la luna entre cantos de sirenas. Pero se me olvida que las sirenas son solo un mito, que no son humanas, que no puedo vivir en la luna, porque es un mundo es humano, debe y tiene que ser real, donde tengo que relacionarme con otros. Eso implica cosas hermosas, pero también otras difíciles. Implica lidiar con mi humanidad y la humanidad de otros. En todo el esplendor de su belleza, pero también de su miseria.
La desconexión con la realidad produce un daño tremendo a nivel psicológico. Por alimentar sentimientos placenteros me esfuerzo por negar el mundo circundante. La capacidad de adaptación e intervención sobre la realidad, que ha caracterizado al ser humano y le ha permitido llegar hasta donde está, que ha impulsado su creatividad, es secuestrada por el adormecimiento de una vida sin rumbo cierto.
Pero, además de lo anterior, la ilusión de poder negar la realidad esconde la ilusión de que saldremos indemnes de tales apuestas, cuando una parte de nosotros se ha deshumanizado.
El precio verdadero de negar la realidad es que salimos deshumanizados. Que no se puede sustituir el peso de la vida por imitaciones livianas. Que lo que se consigue es conflictuarnos por cuestiones de poca monta, en vez de hacerlo por lo que realmente supone un desafío.
El ser humanos conlleva el ser vulnerables ante lo que acontece a nuestro alrededor y, particularmente, en el otro ser que nos rodea. Todo el camino de procesar una información que hemos captado, con su importancia y resonancia afectiva, el proceso mismo de reflexión y hasta de consulta para luego responder, eso nos hace humanos. Hace que la vida no sea un vuelo que otros pilotean por nosotros, sino que seamos nosotros quienes busquemos darle dirección a la vida.
Lo que es únicamente sensorial tiene intensidad momentánea. Lo realmente valioso, a lo que hemos respondido en conciencia, resuena a lo largo de los días de nuestra vida.
Es claro que en esa ruta debemos ser inteligentes para responder al mundo real. Habrá que dosificar las experiencias que se estén enfrentando. Una familia con una capacidad de relación que sea altamente gratificante, puede ser un aliado para el equilibrio interno. Pero nunca lo irreal puede ocupar el lugar de lo real, porque se estaría confundiendo la locura con la cordura.
Creer en el hombre es prioritario, asumir mi humanidad me aterriza y me abre todo un mundo de encuentros reales que me permiten asumir mi mundo interior y crecer como persona. No todo es miseria, también hay belleza y grandeza en la humanidad.

viernes, 6 de mayo de 2011

ÍDOLOS


Pareciera que en estos tiempos de crisis interno el ser humano fuese una máquina de fabricar ídolos. Tal situación es altamente reveladora. El ser humano no se mira internamente para descubrir qué áreas de su vida necesita trabajar y perfeccionar el auténtico sentido de lo genuinamente humano.
Ya Maslow y otros apuntaban esta realidad, inclusive proponiendo una pirámide de necesidades que parten de las básicas, como la alimentación, hasta la realización, que podría ser una metanecesidad.
Pero esta elaboración teórica, con su valor práctico, se encuentra con un aspecto novedoso de tipo social: la inestabilidad de todo lo que se consideraba firme y proporcionaba sensación de seguridad.
Ya tal experiencia se tiene en el paso de la infancia a la adolescencia: nuestros padres, encargados de crear esa protección a nuestro alrededor, son seres quebradizos. Si a esto se suma la inestabilidad de la familia y las separaciones y divorcios, poco se consigue en la familia.
Más además de la familia, está el entorno social. En distintos países la estructura social que avanzaba de manera exitosa desde hace casi dos décadas, se quebró por diversas razones. En otros, se van dando tumbos buscando salidas o, también ocurre, el tejido social ha sufrido un deterioro acelerado.
La cosa está en que las fuentes que proporcionaban seguridad se han desvanecido. Si, cuando se optaba por dejar atrás una sociedad marcada por el elemento religioso, se buscaban sustitutos que idolatrar, hoy en día la necesidad no es menor, porque la angustia es mayor.
El ser humano está siempre en referencia a algo externo y que lo supera, a lo que busca servir. Puede que en términos generales hablemos, por ejemplo, de egoísmo, pero el egoísmo no es solo hacer de mí lo más y único importante en la vida, sin importar los otros e, inclusive, en contra de los otros. El egoísmo consiste en moverse por lo que creo que es importante para mí y deseo conseguir o conservar, porque me hace sentir superior o provoca en mí sensación de placer o bienestar aparente, que disipa la angustia a ras de piel y los complejos.
Ciertamente que, en la escala de valores creada de manera poco realista, tener ciertos “logros” sirve también para reforzar cierto sentimiento de superioridad: a todos los demás le pueden ocurrir ciertas cosas que a mí no, porque yo estoy en una escala superior de existencia.
Al final la función de los ídolos es esa: creer que se tiene el sartén de la vida agarrado por el mango.
Pero, en términos generales, los ídolos tienen que tener alguna forma o figura. Tienen que irradiar poder, para brindar seguridad. Algunos podrán conformarse con el uso de amuletos. Pero los demás necesitan cosas más relevantes.
¿Qué tal si empezamos refiriéndonos al dinero? Es un ídolo exigente, porque sus devotos, para experimentar las bendiciones de su seguridad, deben servirlo constantemente para salir victoriosos. Muchas veces a expensas de sacrificar lealtades, fidelidades, amistades…
Pero también puede ser la vida amorosa. Vida amorosa en cuanto a la colección de conquistas, con toda la variedad de formas y maneras. Una nueva conquista siempre hará falta para inmolarla al amor de ídolo. Se tendrá el desafío de la carrera contra el tiempo, y lo pasajero de las conquistas. Apenas conseguida una hay que ir en búsqueda de la siguiente. Eso diferencia este amor de aventurillas al amor estable y real.
La belleza es otro de los ídolos. Concentrar toda la atención, energía y dinero en mejorar una apariencia personal seductora. Valgo según aparento. Es la promoción del envoltorio, lo que lo hace diferente de la autoestima: no importa lo que soy por dentro, importa lo que hago creer, que me distingue de los demás, y lo que consigo a través de eso.
Más también está la fuerza. Puede ser la fuerza física o la fuerza conseguida por otros recursos. Intimidar y disuadir. Someter a los demás sin posibilidades de queja. Doblegar a la familia para conseguir un control férreo por su supuesto “bien” o para obligar a que me amen. Ejercicio constante de escaramuzas que muestre quien está al mando.
Un objeto que me prolonga o sustituye, como centro de atención. Por ejemplo, un carro. Los recursos del afecto y el dinero los absorbe el vehículo. Como si este sustituyera a la pareja o compensara mis frustraciones. El carro me representa, toma mi puesto, consigue ser lo que yo no soy. Me eleva sobre aquellos que se contentan con tener algo que los traslade. Necesidad que pone a la familia en segundos lugares…
El trabajo: el vértigo de vivir de manera desenfrenada como una máquina de producción. Como una pieza más del engranaje. La cosecha del éxito y promoción a costa de la salud y el tiempo para, por decirlo así, ver crecer a los propios hijos…
Todos los ídolos exigen fidelidad rigurosa. Lo que convierte a la persona en un ser humano degradado. Se pierde la noción de lo que es realmente importante. Se deja de atender a todo aquello que necesita constantemente ser alimentado.
Entrar en crisis en relación con las falsas seguridades implica mucho de vértigo. Es aceptar que el piso sobre el que apoyamos la vida es inestable e inseguro… si existe un piso. Pero sobre pisos frágiles no pueden construirse grandes proyectos de vida. Así que la revisión es obligatoria.
Una necesidad inmediata de entender que todo aquello que representa ídolos en nuestra vida nos esclavizan llevándonos a un torbellino de vida superficial y vana. Mientras que todo aquello que se nos da libremente como el amor, la salud, la fidelidad, la familia… pasa a un segundo plano, por no decir que, en ocasiones, a un plano inexistente, cuando son estas las cosas que realmente nos libera, nos permiten crecer y ser persona, en el más amplio sentido de la palabra.
El antídoto es la vigilancia: estar atento ante la amenaza idolátrica en cada uno. Nadie está inmune.
Solo derribando los ídolos que existen en nuestra vida podremos identificar el vacío que estaban llenando, y tomaremos las decisiones lúcidas y responsables para crecer a partir de ellos y conocer auténticamente nuestras necesidades, para trabajar en ellas y conseguir ser auténticamente plenos.


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