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viernes, 17 de agosto de 2012

MI AQUÍ Y MI AHORA


Para aquellos que han estudiado psicología o psiquiatría, deben de estar familiarizados con lo que es la “corriente Gestalt”, con la cual, debo ser muy sincera, no simpatizo del todo. Pero si hay algo que es importante en esta terapia, que creo que de alguna manera cada individuo debe y tiene que madurar, es el concepto del “aquí y el ahora”. Siempre y cuando eso no nos desvíe de responsabilizarnos con la vida y nos centre tanto en nosotros mismos que nos lleve a hacernos incapaces de compadecernos y de ponernos en el lugar del otro.

Como alguno de ustedes sabrá, nosotros, los psicólogos, buscamos ser funcionales. Y en mi largo proceso de crecer como persona en muchas ocasiones tuve que detenerme y mirar el “aquí y el ahora”, para determinar cómo y de qué manera debía actuar, pensar y sentir.

Esos han sido momentos muy puntuales en mi vida, como persona, como madre y como profesional.

Sin embargo, estos últimos dos meses han sido para mí, “mi aquí” y “mi ahora”. Después de haber recuperado algo de salud y energía, creyendo que remontaba ya la crisis de mi enfermedad, me hallo una vez más a mitad de la pendiente. Eso significa que de nuevo estoy confinada a mi cama y a las paredes de mi  cuarto.

Quizás para algunos esto pueda sonar difícil y doloroso. Para mí es solo mi realidad. Es “mi aquí” y “mi ahora” que me limita físicamente, pero nunca a nivel afectivo, emocional y reflexivo. En este mi “aquí y ahora” continúo proponiéndome seguir siendo funcional y, aunque para muchos, la definición de la palabra “funcional” va directamente proporcional con la actividad física, en mi caso la refiero a actividad mental e interior.

Desde mi cama soy capaz de seguir los procesos psicoterapéuticos de mis pacientes a través de mi hija Angélica, quien se encuentra la mayor parte del tiempo al frente de mi consulta. Soy capaz de crear con ella abordajes y estrategias para impulsar los procesos internos de nuestros pacientes.

Además de esto, en este momento sigo aplicando lo que ha sido una regla de oro en mi vida: no me pregunto el “por qué” de las cosas. En vez de esto me pregunto “para que me sirve esto”. Así pues, tengo mucho más tiempo para ser más reflexiva y crear nuevas estrategias para crecer. Esto, por supuesto, me ha ayudado a seguir agudizando mis capacidades mentales. Y, de esta forma, cada día que pasa, voy descubriendo algo nuevo que me ayude a crecer y que puede traducirse en experiencia o en conocimiento para otros.

Pero también el aquí y el ahora trae sus cuotas irrenunciables de humanidad. Y es que, como he dicho en innumerables ocasiones, ser persona es reconciliarme con lo que soy, con mis áreas de luces y mis áreas grises, con lo positivo y con lo que no es tan positivo y que necesito lidiar, con lo que siento y con lo no me gusta sentir. Y he aquí que en este mi “aquí” y “ahora” también me asalta, de nuevo, el fantasma de la culpa (sí, como recuerda aquel artículo que escribí hace más de un año con ese mismo nombre), que me susurra silenciosamente en mis oídos que otros están sufriendo por mí y que, además de ello, mi familia y mis amigos se recargan de actividades para intentar sacarme de esta crisis. Pero es, de nuevo, cuando me vuelvo a enfrentar con lo que quiero y deseo ser, que descubro, con fuerza, que la culpa es solo una excusa para no descubrir o para no ver mejor el amor de otros. Y el proceso interno de cambio que ellos, al igual que yo, tienen que vivir.

Una vez más pienso que el “para que” de este mi “aquí y ahora” es una invitación para ustedes, mis lectores, amigos, familiares y pacientes, de poner en práctica todo aquello que, por este medio o el de conferencias o el de psicoterapias, hayan podido asimilar, lo que debe perdurar es la enseñanza, puesto que la realidad dice que no siempre podré estar presente.

En este “mi aquí y mi ahora” que de alguna manera es el “aquí y el ahora” de ustedes, no es otra cosa que un vínculo arraigado en el amor, la confianza, la honestidad y el respeto por el otro. Nuestro “aquí y ahora” no es otra cosa que una invitación para que sigamos creciendo a pesar de las dificultades que la vida nos puede presentar.

No te preguntes “por qué”; pregúntate “para qué”.

domingo, 1 de julio de 2012

RESIDUOS...


Quienes me conocen saben de la pasión con que degusto un buen café. Esa mezcla mágica entre el sabor y el aroma, ese color tan característico. No en vano algún paciente tiene el detalle de aparecerse en la consulta armado de un buen café con sus rizos perfumados trayendo recuerdos de montaña fresca.

Y es que el café forma parte del ritual matutino: el desvelo termina cuando, luego de limpiar meticulosamente la cafetera express, dejo que el vapor arrastre el secreto de los granos pulverizados, los una a la atmósfera y logren condensarse en esa taza de sabor indescriptible. Para ello cuido, antes que nada, de retirar el café sobrante del día anterior y los residuos. Los años me han enseñado cuanto puede envilecer a un café recién hecho la mezcla con los restos del día anterior. Esos mismos residuos, que adulteran la rica calidad de esta bebida, vigilo que no se viertan por el desagüe y ocasionen un funesto tapón, en una mezcla casual con vertidos grasosos.

Como habrán podido percibir, mis queridos lectores, soy una amante del café. Pero el café hace más que despertar mis capacidades sensoriales o introducirme a la vida cada mañana. El café también acompaña mis reflexiones, la manera como veo a un paciente o repaso las narraciones confiadas en el consultorio.

Creo que la vida es como un buen café, que nos envuelve con una gran variedad de sensaciones. Hay cantidad de experiencias, de personas con las que nos hemos encontrado o situaciones que hemos vivido, que no solo fueron importantes en su momento, sino que siguen siendo importantes en la actualidad. Recordarlas es, en mucho, como revivirlas. Podemos volver a sentir la temperatura de aquel momento, los olores, la sensación de la brisa rozando nuestro rostro, las palabras de aquel amigo, la escena de ese anciano. Y volvemos a conmovernos y a sacar fuerzas para enfrentar los actuales desafíos. Nos reconciliamos con las cosas buenas para enfrentar las no tan buenas. Nos decimos que, si pudimos superar aquellas, podremos superar las actuales. 

Vivir es mucho más que escribir un diario: es tener todo un inventario de experiencias que nos enriquecen e impulsan. Son ese buen café mañanero con su aroma y su bouquet, que tonifica nuestro organismo para comenzar el día, entre lo previsible y lo inusitado.

Pero, al igual que el café, las experiencias dejan residuos. El café del día anterior no sirve para mezclar con el café que colaremos hoy. En ocasiones lo que hemos vivido nos parece tan bueno que vivimos en una continua añoranza por el pasado. Quisiéramos forzar al presente para que sea una copia al calco del pasado. Y esto puede resultar funesto. Por hermosa que sea la luna de miel en la pareja, puede servir de fundamento para continuar integrándose y madurando; pero existirán nuevos retos que habrá que enfrentar. 

Con el tiempo la pareja no resultará tan imprevisible como al inicio. Muchas experiencias dejaran de resultar novedosas. Pero, no obstante, sin repeticiones, comenzar a ser padres y madres supone, por ejemplo, la entrada a nuevas etapas. Y así sucesivamente.

También aquello en lo que hemos participado, y que no calificamos de bueno, nos afecta. Las acciones y experiencias, buenas o malas, repercuten para bien y para mal en el presente de cada uno. Nunca permanecen encerradas tan en el ayer como quisiéramos. Inclusive cuando suponemos que hemos superado aquel hecho que está en los orígenes: una separación, una infancia traumática, un vicio… quedan restos, residuos.

Suele ocurrir con algunos pacientes que llegan vueltos trizas al consultorio. Luego de varias sesiones comienzan a sentirse mejor y, antes que les de de alta, abandonan la terapia. Luego de algunos meses retornan cayendo en cuenta lo torpe que fue la decisión de considerarse recuperados. Es por eso quizás que los “residuos” de una situación no resuelta del todo pueden envilecer nuestra existencia.

Los antiguos creían en unos animales mitológicos llamados “rémoras” que se adherían a las embarcaciones entorpeciendo la travesía. Eran pequeños pero eran muchos. Así ocurre con estos residuos de experiencias pasadas: por minúsculos que parezcan no por ello son menos importantes.

En el camino de crecimiento personal importa prestarle atención a estos “residuos”. No solo a los acontecimientos que causaron malestar o que infligieron dolor. El trabajo interior pasa por estar pendiente de completar debidamente el proceso terapéutico, cuando es el caso, o de prestar atención a nuestra manera de reaccionar ante situaciones que podemos asociar inconscientemente con eventos del pasado. 

Técnicamente diríamos que la gente proyecta temores y expectativas a partir de lo que se ha vivido y ha dejado su huella en nuestro interior. Si vivimos algo que nos resultó doloroso, podemos desarrollar temores ante situaciones nuevas que, sin darnos cuenta, nos lo recuerda.

Igualmente puede ocurrir con algo que haya salido de nuestro campo de atención cotidiano, por lo que lo consideramos superado aún sin estarlo. Por ejemplo, el sentimiento de culpa por dedicarle excesivo tiempo al trabajo en detrimento del tiempo dedicado a los hijos. Alguien puede creer haber realizado los cambios pertinentes sin que sea así, por lo que puede volver a dejarse absorber por los compromisos laborales. Es posible que reaparezcan reclamos y crisis, junto con la culpa. Si actuamos sin la debida prudencia, pueden reabrirse las heridas o podemos repetir actitudes erradas.

Una persona que está saliendo de una relación traumática de pareja debe cuidar el momento de reiniciar otra relación y fijarse igualmente con quién. No en raras ocasiones una persona busca parejas que respondan al mismo perfil patológico.

Alguien que sufra de ludopatía, ese comportamiento compulsivo por el juego, puede que haya hecho un gran camino de liberación interior. Pero es delicado que esta persona decida por sí misma cuando arriesgarse a estar en un ambiente donde haya personas en juegos de envite y azar. Una recaída es fatal, exactamente porque todavía quedan “residuos”.

Es cierto que los residuos pueden tener proporciones descomunales, producto de experiencias desgarradoras. Pero también pueden tener un tamaño ínfimo, como el caso de un paciente adulto que de niño simplemente solía tomarse los restos de las bebidas alcohólicas que dejaban los mayores. Eran fondos tan insignificantes que nadie le prestaba mayor atención. Sin embargo, con el pasar del tiempo esta persona se alcoholizó. De manera similar ocurre en cantidad de otras situaciones.

Cada día acumulamos residuos que debemos (¡y nos conviene!) limpiar. Acumular basura interior es más grave que acumular basura física. Y las experiencias no resueltas de otros días comprometen, o hipotecan, las experiencias nuevas que hagamos.

Es por eso que debemos revisarnos día a día, porque podemos haber pensado tener dominadas o controladas ciertas experiencias en nuestra vida y, de repente, sin que nos percatemos de ello, surgen conductas, respuestas, pensamientos y gestos que denotan que todavía existen residuos en nuestro mundo interior. Por lo tanto, no debemos nunca de fiarnos totalmente de nosotros mismos. Necesitamos de otros que, con amor y prudencia, nos indiquen los residuos que todavía existen en nuestras vidas.

Si quiero crecer y tener buen aroma como un buen café, debo limpiar de manera minuciosa los filtros que deben purificar mi vida.

Te sugiero una cosa: una de estas mañanas llega a tu cocina y prepárate un delicioso café. Limpia bien los residuos, si no lo hiciste antes, y, si ha quedado restos del día anterior, viértelo por el sumidero. Prepárate un buen café. Antes de tomártelo míralo con detenimiento, huélelo y saboréalo. Y haz lo posible para que en ese día tu vida tenga buen aroma y sabor también.

sábado, 14 de abril de 2012

CRITERIOS

El mundo de hoy carece de criterios. Si nos preguntamos que guía las conductas de muchos seres humanos, me atrevería a decir que los impulsos. Creemos intuir lo que debemos hacer sin que lo pensemos. Simplemente lo hacemos porque sentimos que así está bien.

Claro que esta forma de actuar es muy irracional. Además que es premonitora de catástrofes. Confundimos el sentido común con lo socialmente aceptado y asumimos simplemente comportamientos estereotipados y divulgados por los medios de comunicación masiva.

Pero no solamente es un camino errado. Además no responde a cantidad de problemas que no podemos enfrentar sin reflexión. La necesidad de reflexionar sobre lo que hacemos y lo que vamos a hacer tiene que ver con el mismo hecho de nuestra humanidad.

Es aquí cuando es necesario echarle mano a los “criterios”, palabra que puede orientarse de muchas formas, pero que está envuelta de un vocablo de origen griego que significa: “juicio”.

Enfrentarse a la realidad (y sobre todo la realidad humana) no consiste solo describirla o experimentarla con la epidermis: es juzgarla, dotarla de un “juicio”. Un juicio de valor. Darle valoración. Sea que dicha realidad corresponda a una acción ya cumplida y se quiera evaluar, o que el juicio de valoración oriente una decisión para actuar.

La supuesta “neutralidad” ante la vida palidece cuando encubre un comportamiento evasivo. Estar vivo me obliga darle valoración a las acciones y posibilidades humanas. Independientemente de que me equivoque o no, tal valoración muchas veces es impostergable.

Yo necesito de una referencia sólida para poder darle la debida valoración a una realidad. Y esto son los criterios. De ahí el nexo entre valoración y criterios, como referencias para el juicio de valor.

Una persona podría pretender hacer de sus impulsos más irracionales los criterios últimos para su comportamiento. Pero las consecuencias son fatales. Pocas personas se anotan incondicionalmente en un grupo tan bizarro como este: ¿quién no ha sentido repugnancia ante las noticias de una madre maltratadora de sus hijos, sin otro alegato que “lo hice porque sí”? ¿o un amigo que hoy está conmigo, porque está “de buenas”, y mañana no, sin razón alguna?

Sin referirnos a los pícaros, truhanes, casanovas.  En ejemplos extremos nos damos cuenta de lo absurda de una posición impulsiva y visceral, que no es capaz de mantenerse.

Pero la necesaria asunción de criterios también implica un orden y una jerarquización.

Una madre puede querer complacer todas las necesidades de sus hijos, lo cual no significa que siempre deba acceder a todos sus caprichos. Unos padres tampoco pueden delegar la toma de ciertas decisiones de adultos al consenso de los niños.

No es que el adulto puede ser caprichoso, sino que debe contar con el criterio como para saber qué es lo más conveniente. Obvio que no me refiero a papás déspotas. Pero, por poner el caso, un tema de salud como un tratamiento que sea desagradable para el niño, podrá muy bien explicársele, pero nunca delegar la decisión al criterio del gusto del pequeño.

Así pues, por habernos descuidado, nos encontramos desnudos de unos sanos y sabios criterios que guíen nuestra vida y nuestras acciones. Algunos son los afortunados que han podido recibir importantes rastros de ellos desde su infancia, pues otros deben encontrarlos por su cuenta, posiblemente por ensayo y error, y organizarlos como puedan sobre la marcha.

Porque, repito, la vida no consiste simplemente en dejar correr el tiempo bajo la piel, sino en decidir adecuadamente sobre la vida. Si en psicología se recomienda a las personas la elaboración de un mapa interior que lo oriente sus vidas y acciones, lo que puede y aspira, dicho mapa no puede ser simplemente descriptivo, sino valorativo. Y para ello no pueden estar ausentes los criterios.

La misma decisión de corregir a un niño necesita del criterio adecuado. Las palabras, el tono de voz, el momento… además de la correcta valoración del acto.

Recuerdo a unos padres que llegaron al consultorio muy preocupados porque su hijo varón no se despegaba de una bella y coqueta muñeca.  La llevaba para todas partes y constantemente hablaba con ella. Los padres estaban preocupados porque creían que el niño era incapaz de relacionarse con el mundo exterior. No sabían cómo abordarlo, como decirle que era inapropiado, si regañarlo o que hacer.

Yo comencé a hablar a solas con el niño, me puse a jugar con él, él hizo algunos dibujos, hablamos de los dibujos y, finalmente, le pregunté quién era la muñeca. Me respondió mostrando una bella sonrisa que solo un niño, con su inocencia, podía mostrar: “es Susy… es de Suiza”. Le pregunté por qué la llevaba por doquier, y me dijo “porque es mi novia”. “¿y por qué la llevas siempre contigo?”.  Me dijo “porque veo que mis padres van a todas partes juntos, y yo quiero hacer lo mismo”. 

Haber usado un criterio equivocado para abordar al niño le hubiera causado una honda herida que se podía haber evitado. Y que se evitó. Además que el niño estaba poniendo en práctica como criterio el ejemplo que estaba viendo en los padres.

La gente muchas veces se casa sin criterio, y se separa también sin criterio. Todo se delega a la fuerza instintiva que se experimenta, y que por revoltillos mentales se ha confundido con el amor. Con un slogan tan pertinaz como “el amor es ciego”. Ni tan ciego como para no ver que puede estrellarse contra una cordillera. No es que en el amor de pareja no haya un aspecto impulsivo, sino que dicho aspecto impulsivo no puede ser el criterio para decidir la convivencia.

En el mundo de los negocios tener criterios adecuados es totalmente razonable. Nadie puede estar obligado a hacer una inversión al azar, en contradicción con sus propios criterios. Sería un acto de suprema irresponsabilidad.

Finalmente, una persona de criterios es una persona confiable. Que tiene motivos para comportarse de una u otra forma. Que su palabra tiene un peso específico.

Quizás lo que podamos descubrir, es que en distintas situaciones que se vayan presentando en nuestras vidas nuestros criterios puedan variar, pero siempre buscando lo adecuado o confiable. No es lo mismo utilizar el criterio de horarios de llegada de un adolescente, que de un joven profesional de unos 28 años. La experiencia, la madurez, la forma de enfrentarse a la vida, serán elementos considerados por los padres para establecer los criterios de  educación o de comportamiento común.

Desde que era niña y conversaba con papá, la palabra “criterio” siempre salía a relucir. Cuando yo le expresaba un deseo de algo que me gustaría hacer, siempre me preguntaba “¿bajo qué criterios?”

Por lo cual era una constante en la vida de mi papá: asumir o responder a situaciones bajo ciertos y determinados criterios, los cuales eran siempre basados en lo real, tangible, lógico y viable. Para él los impulsos y lo irracional  no podían ser pautas para tomar decisiones.

Así crecí y aprendí a actuar y a tomar decisiones: siempre basadas en los criterios racionales y no en pautas emocionales, sin que eso de ninguna manera me pudiese deshumanizar. Pues si de algo también papá se preocupó fue que aprendiese a ser persona.

Todavía recuerdo de niña cuando papá me preguntó qué quería estudiar. Y yo le respondí: ”psicología clínica”. Me miró y me preguntó: “¿Y cuáles son los criterios para tomar esa decisión?” Recuerdo haber explicado todos mis argumentos. Al final de eso papa me miró, se sonrió y me dijo: “buen criterio, pero necesitarás mucho más para ejercer la profesión”.

¡Y cuánta razón tenía papá!

Criterios: luces que se presentan en el sendero de la vida.

viernes, 30 de marzo de 2012

PSICOLOGIZANDO...


En los tiempos actuales se extiende, casi que a igual velocidad con que se multiplican los cursos y libros de autoayuda, cierto aire de sofisticación salpicado por un palabrerío extraído de las canteras de la psicología.

Esta curiosidad por la Psicología, que debe ser bienvenida, puede perder todo su brillo si sucumbe a la tentación de creer que se puede formar psicólogos “en serie”, barnizados de elocuencia. Además que resulta sospechoso que, en vez de ayudar a la propia introspección y a la lectura personal y apasionada de valiosos escritos, sirva para señalar, acusar, amordazar y etiquetar a las demás personas.

Así, entonces, uno se enfrenta a diagnósticos efectuados por iniciados en lugares tan dispares como panaderías, cafés, restaurantes, salas de espera, en el atrio de las iglesias  o durante las visitas de cortesía.

Quien se asoma a lo que es “autoestima”, los mecanismos de defensa tales como la proyección, enfermedades como la depresión, los sentimientos de culpa y tantos otros, sin incluir con el resto de trastornos, se cree autorizado para emitir diagnósticos a diestra y siniestra, sin la debida formación, entrenamiento, ojo clínico y pruebas auxiliares.

Esto sin mencionar a los que de carambola se empeñan en extraer confidencias y brindar tratamientos, sean verbales o por infusiones. Desconocen lo peligroso que puede ser azuzar a los demonios escondidos en la caja de Pandora que existe en el inconsciente.

Y no es extraño que me consiga en el consultorio a personas que ya vienen con su diagnóstico y tratamiento… por supuesto que equivocado. Depende de la situación, me toca arremangarme la blusa para enderezarlo, sea que cueste un poco más o un poco menos.

Pero detrás de esto se esconde otra realidad, que es la que quisiera compartir: este afán de “psicologizar” todo, lo que es y lo que no es, ofreciendo diagnóstico e, inclusive, descalificando, no es otra cosa que deshumanización. No solo deshumanización porque  al tratar a la otra persona como enfermo, y yo verme como inmune a cualquier enfermedad, creo una distancia artificial muy conveniente (pero no necesariamente verdadera) para reforzar mi tranquilidad. Me deshumanizo porque dejo de brindar lo que cualquier persona podría esperar y lo que genuinamente cualquier persona podría dar: la propia compañía.

Este sencillo hecho de estar presente es válido en la mayor parte de los casos, y más si se trata de un profesional de la Psicología. Efectivamente, lo primero que busco que capten mis pacientes, cuando llegan por primera vez a la consulta, es que yo estoy presente para ellos. Lo cual significa, simple y llanamente, que estoy humanamente allí, para escucharles, verles, comprenderles, acompañarles y, desde estos presupuestos, ahondar en la psicoterapia hacia todas aquellas áreas que haya que abordar.

No significa que no indique lo que sea causa de malestar para la persona; lo hago siempre que sea necesario para el bien del paciente, buscando que tome conciencia, que también lo vea y que sea la primera persona que se comprometa con sus propios cambios. Pero siempre lo hago haciendo sentir a la otra persona que yo estoy allí con ella.

Muchas veces sentimientos como soledad y abandono no son subjetivos sino muy reales. No pueden ser eludidos sencillamente con una falsa descalificación psicológica. No siempre están anclados a retorcidas patologías, que por responsabilidad la persona no formada debería abstenerse de señalar. En muchos otros casos la demanda de atención y compañía es real y, si organizáramos nuestras vidas con esta sencilla premisa, seguramente la soledad haría menos estragos en nuestra sociedad.

Porque la soledad no siempre es síntoma de algún tipo de patología. También puede ser un gran causante o medio de cultivo para que las patologías prosperen. Tener estilos de vida lo suficientemente flexibles como para que quepan las demás personas, es una urgencia vital.

Lo mismo se podría decir con respecto al abandono. En una sociedad que quiere ser efectivista, o sea, que valora las acciones por los resultados concretos que produce, lo que no produce efectos inmediatos no tiene valoración ni reconocimiento.

En vez de usar de forma sospechosa y defensiva un argot de corte psicológico, abandonando a la otra persona para que supuestamente asuma su propia responsabilidad, se debería tener en cuenta el efecto terapéutico de la apropiada y cálida compañía, inclusive en los casos que fueran irreversibles.

El dolor no desaparece porque se evada, o la muerte no va a seguir de largo si cerramos a ella nuestros ojos. En ambos casos, que son extremos, una presencia atenta son paliativos irrenunciables. Lo comprueba tristemente los casos de las personas que buscan durante años a familiares desaparecidos en cualquier circunstancia.

No es esa compañía entrometida sino aquella prudente que conoce los límites que no debe traspasar… y que reconoce también cuáles son las fronteras que no se pueden cruzar sin que se estuviese atentando contra la lealtad y el debido acompañamiento.

No todo en la vida es Psicología ni todo es psicológico. Por lo menos no todo debe abordarse desde ese punto de vista. Lo humano es mucho más rico y amplio. Si no pensemos en lo que una canción puede provocar en aquellos que se aman pero que están alejados por las más variadas circunstancias.

Veamos el efecto de una carta o una llamada telefónica de un hijo hacia su padre o de sus padres hacia sus hijos. Consideremos la importancia de la palabra, que no siempre alcanza la majestad de la poesía pero que a ella tiende, para reafirmar convicciones, esfuerzos, sacrificios en cantidad de situaciones.

La psicología no es solo la ciencia que estudia el comportamiento humano. Es el buen uso de nuestra mente y capacidades para que este mundo sea un lugar digno para vivir, para crecer como seres humanos.

Evitemos psicologizar todo de buenas a primeras. Ante todo, somos humanos, y esa humanidad se traduce en cantidades de afectos, sentimientos y emociones. Sería un gran error querer encasillar todo en la ciencia de la psicología cuando lo que en realidad tenemos que hacer es reconocernos y reconocer al otro dentro de nuestra humanidad.

Si pudiera contabilizar la cantidad de pacientes que he visto en mis casi 30 años de ejercicio, me atrevería a decir que la gran parte de ellos no sufría de ningún problema psicológico ni trastorno mental; sólo necesitaban ser escuchados, atendidos, y sobre todo, ser amados.

Recuerda, la fuerza que mueve el mundo es el amor.

sábado, 17 de marzo de 2012

BELLEZA SIN LÍMITES


Tengo la oportunidad el día de mañana de estar, a primera hora, en un canal de televisión local. Me pidieron que tocase el tema, de pavorosa actualidad, de la anorexia y la bulimia y su relación con las redes sociales. Es curioso que estas formas de conectarse puedan ser tan tremendamente deshumanizadoras. Además que seres, en ocasiones, anónimos, sin rostros, destruyen los rostros de los seres reales.

Pero el propósito, en esta ocasión, no es enfocar la atención de ustedes en un problema de la envergadura de la anorexia o la bulimia. La intención es pedirles que me acompañen y se sumerjan conmigo en lo que es el ser humano. Porque la anorexia y la bulimia al final lo que hacen es eso: independientemente de su origen, nos distrae de lo que realmente constituye el ser humano: su interioridad.

Hace un tiempo, por aquellos ya lejanos años ochenta, una película en blanco y negro acaparó la atención del público y la crítica, y le mereció tanto nominaciones como premios de la Academia. Se llamaba “El hombre elefante”. Un circo en Inglaterra contaba con la exhibición de un espectáculo grotesco: una masa humana, totalmente deforme y por lo demás desnuda, vivía en una jaula, que podían contemplar cuantos visitaban el circo. Por lo demás, tranquilos y seguros se hallaban los dueños de la carpa en relación con su incapacidad mental. Pues bien, aquel ser que era el asombro y hazmerreir de la gente de su tiempo, logra hacer saber que era una persona de una exquisitez interior sin comparación, privilegiado entre muchos.

Seguramente pocos recuerden la película, y las nuevas generaciones no le concedan el mínimo interés. Pero se transforma en una especie de parábola que denuncia la tiranía del aspecto físico sobre la realidad interior. O sea, la persona tiene valor social en base a su apariencia física.

Pero esto no únicamente en los lejanos años de principios del siglo XX, sino también en la  sociedad actual.

La belleza física o si acaso el éxito y el dinero son los atributos reconocidos.

Esto ya es, de por sí, una tragedia. Pero la tragedia toma colores inauditos cuando los mismos padres introyectan, o sea, introducen en la mente de los hijos en el transcurso de la infancia que esa debe ser la tabla de valoración.

Ese desplazamiento hacia la corteza provoca un vaciamiento terrible. No digo vacío, sino vaciamiento, pues quiero subrayar como permanente el acto de vaciarse. Es un vaciarse constante. Lo que somos termina siendo confundido con lo que aparentamos. O lo que externamente mostramos: ojos, cuerpo, manos, perfección sin interioridad. Sin la capacidad de transmitir eso que nos hace únicos: lo que internamente somos.

Y las tormentas de la vida no pueden enfrentarse desde la corteza, sino desde el interior. Es más, desde la fortaleza interior. Un ser sin interioridad es un ser hueco y quebradizo.

El entorno familiar, sobre todo los padres, tienen el deber de centrar en otra belleza. Es posible centrarse si se le considera valiosa. Si se le considera valiosa y cultivable, y no simplemente “maquillable”.  Puede que algunos finjan ser lo que no son, mas la propia repulsión es inevitable.

Por cantidad de razones las personas pueden ser altas o pequeñas, gordas o flacas, de cuerpos proporcionados o no, con discapacidades o aparentemente sanos. Pero lo que nos hace ser personas es nuestra interioridad: hay personas con algún defecto físico que irradia una belleza interior envidiable. Hay personas que sufren discapacidades y su nivel de brindar afecto es superior al promedio. Hay personas que llevan en su cuerpo algún tipo de lesión y tienen una capacidad única para conectarse con el dolor ajeno y mostrarle el camino de la superación.

Hubo una mujer que de su rostro, a primera vista, emergía solo el tiempo. No la acompañó en su vida ningún producto que detuviese la señal del paso de los años. La exposición al inclemente sol de la India hacía que su piel estuviese más cuarteada que la de otras europeas: me refiero a la madre Teresa de Calcuta. Sin embargo, la bondad de su corazón y de su trato estaba impresos, ciertamente, por una belleza poco común. Una belleza que no es buscada habitualmente, porque no es valorada.

No es que la belleza física deba despreciarse. Es que no puede exagerarse. Y debe estar, cuando existe, en función y en armonía con la belleza interior. Triste resultaría que el ser humano utilizase lo físico para escalar seguridades y privilegios que se le negarían si se pudiese ver su interioridad.

Y el cultivo y cuidado por lo físico puede y debe hacerse por razones de salud, además del bienestar físico y emocional. Lo que no puede es ser un atributo que tiranice a la persona y desgarre el tejido social.

Poner la belleza y perfección física en un plano de franca superioridad, y considerar a todo aquel que tenga algún defecto como prescindible, haría que regresáramos a la antigua Esparta, cuando arrojaban del monte Taigeto a los bebés nacidos con algún defecto.

Ese no es el ideal humano. Pero tampoco la realidad humana. Somos más de lo que aparentamos ser, tanto para bien como para mal.

La  búsqueda de la belleza física que va ignorando nuestra belleza interior puede ser un peligroso enemigo de la libertad.

viernes, 2 de marzo de 2012

HACER DE TRIPAS CORAZÓN


Cuando vamos al cine nos gusta ver una historia bien narrada sobre la epopeya que es  la vida humana. No me refiero a las pirámides de Egipto o a los jardines colgantes de Babilonia. Me refiero historias tan humanas como “La vida es bella”…

Una historia bien narrada en imágenes y trama, en el contexto de la guerra mundial, en el que un padre judío protege a su hijo de arrastrar a lo largo de su vida las terribles sombras de la guerra incrustadas en su mente. Una historia contada desde la candidez del hijo, de manera limpia, en el ambiente de la implacable persecución contra los judíos.

Es triste que nuestra admiración pareciera que se disipa al mismo tiempo que se encienden las luces de la sala y volvemos a nuestra rutina diaria. En lo cotidiano la pauta la marcan las necesidades concretas, a las que respondemos de forma autómata, sin mayores idealizaciones.

Respondemos a la realidad según el dictamen de nuestras emociones, no de nuestras convicciones y compromisos. Hacemos lo básico y nos contentamos con sobrevivir cada día a la rutina, lo cual en ocasiones tampoco es despreciable. Pero cuando tenemos la oportunidad de hacer algo noble, lo consultamos con nuestras emociones: si la emoción dice que no, decimos que no tenemos ganas; si la emoción dice que sí, entonces pueden contar con nosotros.

Y suele ocurrir ¡oh, paradoja! que para algunas cosas nos sentimos de muerte y, para otras, generalmente simultáneas en el tiempo, irradiamos vida por todos nuestros poros: la tiranía de la emoción.

Pero la emoción no está allí por casualidad. De alguna manera llegó. Están los impulsos, pero está también la crianza (quizás permisiva), el ambiente, la cultura… y hasta las estrategias de mercadeo publicitario. Lo que “siento ganas” coincide sospechosamente con lo que “otro” ha querido que “sintiera ganas”. De tal forma que tengo una autonomía hipotecada.

Pero las contradicciones no quedan allí. Porque hay ocasiones en que lo que “siento ganas” se opone a lo que es noble, justo, sublime. Aunque no necesariamente en ese orden: lo noble, lo justo, lo sublime, lo que se debe hacer no cuenta con “muchas ganas a favor”. Lo noble, justo y sublime es inversamente proporcional a las ganas que se sienten de hacerlo. Se valora como justo lo que en el fondo no es apetecible y viceversa.

En la película “La vida es bella” el padre está centrado absolutamente en el hijo. No le pregunta a las emociones lo que les gusta o disgusta. Estas, las emociones, se ven obligadas a apoyar incondicionalmente al padre. Y el padre se eleva por encima de todo lo funesto para mostrarle, como si se tratara del mejor legado que puede dejar para su vida de su hijo, que lo noble prevalece por encima del odio, el desprecio, la maldad. Que lo amó hasta el extremo.

Quizás una de las tragedias de la sociedad moderna es la carencia de convicciones por las que vivir. Y que hacen vivir. Y eso hace que las personas están a merced de las turbulencias de todo tipo. No siempre podemos contar con el impulso de las emociones, como lo hace el surfista con las olas para alcanzar la orilla.

Puede que en oportunidades, que no necesariamente son pocas, podemos sentirnos indispuestos físicamente. Hay personas con horarios de trabajo matadores; hay personas ocasionalmente enfermas; hay personas con contexturas físicas débiles o afectadas. Hay personas agobiadas por el estrés, contaminación, viviendas inadecuadas, preocupaciones económicas, problemas familiares. Hay personas que pueden estar lidiando con situaciones internas,  heridas, complejos, carencias…

Pero eso no debería impedir que, ante los desafíos que nos toque enfrentar, no podamos “hacernos de tripas corazón”.

(En la lengua española, y de uso bastante común en España y Venezuela, se usa la expresión “hacer de tripas corazón” para indicar un gran esfuerzo para enfrentar un obstáculo, y disimular y sobreponerse al mismo, pudiendo ser este el miedo, la aprehensión, tristeza, dolor, preocupación, fracaso, angustia…)

Normalmente nos anima, cuando enfrentamos dificultades, la promesa de un resultado favorable ¿y qué tal si eso no fuera a ocurrir?

En mi profesión puedo conseguirme con personas de pronóstico sombrío, donde poco puede hacer la ciencia fuera de ciertas mejoras, como en el caso de enfermos mentales crónicos. En estos está comprometido su capacidad de razonar, de diferenciar lo real de lo imaginario, presos de los vaivenes bioquímicos de su mente, con un mundo de fantasías donde, sin embargo, se refleja todos su miedos y trastornos. No es fácil enfrentarse con esa realidad que tantos buscan evadir.

Ante la tentación de dejarme quebrar por la desolación, me levanto de mí misma, haga “de tripas corazón” y procuro entrar en los recovecos de su mundo interior. Por las rendijas me cuelo para asomarme a lo que está más allá de lo simbólico. Para encontrarme con esa tragedia donde yo puede, simplemente, hacerles sentir que “aquí estoy”, cuando eso es posible hacerles sentir. Sin distraerme por lo bizarro de sus palabras, gestos o expresiones, palpo su soledad, angustia, miedo…

¿Qué consigo hacer con todo esto?

Por un lado comprender, tanto como persona como profesional. Comprendo y sé que decisiones tomar, que orientación puedo darle a la familia, de qué manera puedo hacer equipo con el resto de profesionales que me acompañan.

Entiendo que como profesional tengo una formación científica. Y la ciencia está al servicio del ser humano y no puede desecharlo cuando ya nada se pueda hacer.

Pero, por otro, envío un mensaje a mí misma: quiero estar por encima de las circunstancias, no quiero dejar determinarme, no quiero que mi capacidad de ser persona esté supeditada al éxito o fracaso, a enfrentar lo fácil y evadir lo complicado, no quiero ser el resultado de las circunstancias sino que las circunstancias puedan ser, en parte, resultado de mi compromiso.

Sí, muchas veces me toca “hacer de tripas corazón”. Y espero en la Providencia que pueda seguir haciéndolo.

Mientras lo continúe haciendo tendré la claridad plena de que estoy entregando mi mejor esfuerzo por ser persona. 

Que mi decisión de usar mi raciocinio y mi voluntad no se encuentran contrapuestas a la emoción, sino por encima de ellas, queriendo así entender que muchas veces las emociones nos traicionan y pueden ser un falso reflejo de la realidad. 

Lo que siento no es necesariamente la realidad. Es por eso que tengo que sobreponerme ante lo que siento para actuar de manera justa, equilibrada ante la realidad.

Intento no dejar que la emoción controle mi vida 
sino el deseo y la voluntad misma de amar

viernes, 3 de febrero de 2012

CUENTA TUS BENDICIONES



No son pocas las personas que van por la vida coleccionando, clasificando y enumerando todas las cosas y experiencias negativas que van encontrando por la vida. Esto es una gama tan amplia y variada que comienza con los propios defectos físicos, pasando por la propia autopercepción y abarcando inclusive la misma moralidad ajena: lo que hace o deshace la amiga o el vecino.

Esta sobreestimación de lo negativo hace que se piense, se relacione y actúe desde allí. Es decir, parto de la inseguridad que provocan los errores y defectos para intentar alcanzar objetivos nobles o apetecibles en diversas áreas, alguno de los cuales ameritarían una buena dosis de tenacidad. Tarea, por tanto, titánica, si se pretende enfrentarla con los pies de barro.

La misma vida aparece amenazante, no como una oportunidad, puesto que en algún recodo del camino, pensamos inconscientemente, nos acecha el peligro y la adversidad. Al final las cosas nos van a salir mal.

Y esta forma desconfiada y cautelosa de asumir el reto de vivir es lógica, si se ha tenido como presupuesto lo negativo que hay alrededor y en nosotros mismos.

Como muestra puedo señalar lo que me pasa con frecuencia en la consulta: las personas son rápidas para  comunicar sus propios defectos y vicios, pero el enredo se torna mayúsculo cuando le doy la vuelta a la moneda y les pido que vean  y me señalen sus cualidades y virtudes.

No es que no los haya, sino que no están acostumbrados a fijarse en ellos, a identificarlos y, mucho menos, a hablar de los mismos. Se puede decir que un velo de negatividad puesto sobre nuestro raciocinio hace que no se caiga en cuenta de ello o no se valore adecuadamente.

Y una tarea que les pongo a mis pacientes es a que elaboren una lista de cualidades que tengan, que se podría ampliar a todo aquello que consideramos bueno, y que le podríamos llamar “Contando tus bendiciones”.

Y es cierto.

Vemos de manera tan banal el hecho mismo de vivir. No somos capaces de detenernos un momento ante el milagro de la respiración o de los latidos del corazón. Estemos durmiendo o no, nuestros pulmones y corazón no abandonan su actividad. El aire está allí, imprescindible pero gratuito. Y por unos instantes podemos simplemente hacernos conscientes de lo hermoso de esta realidad.

Cada día podemos asomarnos a la vida. Podemos contemplar las variaciones en el clima, descubrir la sensación de frío o calor, percatarnos de la variedad de sonidos que existe en el ambiente, inclusive antes de que la actividad diurna arranque con normalidad. A esto podemos sumar la variedad de formas que existen, los colores de la naturaleza, las plantas o las formas de las nubes.

Podemos ensanchar nuestra capacidad de asombro viendo a los seres humanos. La manera como funciona el cuerpo pero también la hermosa manera como su rostro, su mirada, sus ojos, sus expresiones nos hablan de su interioridad. La capacidad de detectar voces diferentes, nunca repetidas, con inflexiones distintas, selección de palabras con las que se desnuda el alma… Y saber que formamos parte de ese concierto.

No somos simples espectadores. Darnos cuenta que, si bien quizás no nos acercamos a los prototipos estéticos que plantea caprichosamente la sociedad, contamos con ese conjunto de bendiciones que nos hacen participar de la belleza que hay en la naturaleza. Que contamos con una interioridad que es capaz de sufrir, pero también de conmoverse. De cantar y de reír, no solo de llorar. De bailar una canción o recitar pausadamente la estrofa de un poema.

Y a nuestro alrededor podemos ver el milagro de la vida en los hijos, el milagro de la abnegación en los padres, el milagro del amor en la persona que está a nuestro lado. Más allá de todo aquello que puede resultar de contradictorio, están ahí. Forman parte de los motivos para seguir viviendo. Para levantarse si se ha caído. Para volver a intentarlo, si antes se ha fallado.

Para asomarnos por encima de las limitaciones físicas o enfermedades, porque hay algo o alguien que puede hacer de cada día una experiencia diferente. Porque podemos ver a personas que no han permitido que les coarten la libertad de soñar y crear, aunque tengan impedimentos físicos. Y porque su gesta la podemos hacer nuestra, podemos dejar que nos conmueva o interpele, que nos sacuda o saque de nuestro mutismo o egoísmo.

Podemos enumerar día a día las bendiciones que tenemos y, seguro, muy seguro, superarán con creces la lista mental de los defectos y deficiencias.

Enumera tus bendiciones para que te reconcilies contigo mismo. Para que la paz vuelva a tu corazón. Para que le mandes un mensaje de bienestar a tu organismo. Para que te apoyes en lo firme que hay en ti para iniciar nuevas empresas, para emprender nuevas iniciativas.

Para que sientas que formas parte de esta maravilla que es la vida, cuyas sombras no son más que desafíos para poder cabalgar sobre las olas de las dificultades, en esa búsqueda por la orilla firme de haber vivido de manera intensa y responsable.

sábado, 21 de enero de 2012

LIBERTAD




La gran aspiración de los tiempos modernos es la libertad. Ella se encuentra presente por todas partes y se cuela como ideal hasta en códigos legales. La emancipación de los pueblos de monarquías absolutistas, a partir de la Revolución francesa, la puso, junto con la Razón, en el centro de la vida personal y social. Así pues, es la gran ilusión y la mayor ambición. Pero ¿qué tan libres somos?

Realmente el canto a la libertad pasa por alto la naturaleza real de la misma. Libres, lo que se dice absolutamente libres, no somos. Nadie puede, por ejemplo, cambiar la historia vivida o regresar a la infancia. Nadie puede transmutarse para hoy ser una persona con un nombre y una familia concreta y mañana ser otra. Por no pretender ejemplos absurdos, como que nadie puede convertirse en piedra o ser viento.

La libertad de la que se enorgullece el ser humano es siempre una libertad relativa. Si sufro un accidente y pierdo alguno de mis miembros, todo el proceso interior consistirá en asumir o no esa realidad y en adaptarme a lo que pueda ofrecerme la ciencia y tecnología.

El mismo hecho de tener una existencia corpórea, hace que estemos circunscritos al espacio y al tiempo: por mi cuerpo estoy siempre en un lugar determinado, y no en varios lugares a la vez; vivo en el ahora, que puedo señalar a través del reloj y el calendario, sin poder adelantarme unos diez años o retroceder otros tantos.

Y esto sin hacer consideración de lo que son las habilidades y los defectos; de las virtudes y los vicios; de las situaciones económicas o familiares; la historia personal y familiar; las mismas predisposiciones genéticas… No podemos chasquear los dedos y conseguir lo que deseamos.

Así pues, la libertad real es una libertad entre una serie de alternativas concretas y nunca infinitas. No por esto menos fascinante, atractiva y, en ocasiones, tentadora.

La libertad se vive, por lo menos internamente, como emancipación. No estar sujeto a nada ni nadie. Basta que identifiquemos una forma de sometimiento para que nos rebelemos. No aceptamos, aunque sea teóricamente, depender de otra instancia o persona a la hora de plantearnos qué vamos a hacer con nuestra vida. Nos rebelamos en nuestros adentros.

Lo curioso del asunto es que estas ansias intentan auténticas proezas de libertad… con la triste posibilidad de cambiar viejas esclavitudes por nuevas esclavitudes. Como el que deja de fumar pero se vuelve glotón. Esclavitudes que gozan del rechazo social por otras apreciadas y estimadas.

Un ejemplo que se puede dar es la presión social por conseguir pareja. Tiene alta valoración social la emancipación de los padres y de la casa paterna. Pero esta pretensión generalmente se sustituye, casi que a cualquier precio, por tener a alguien a nuestro lado que nos acompañe. Obvio que si la pareja fuese un buen partido, con todo lo que eso conlleva, la persona puede, cuanto menos, sentirse afortunada.

Mas lo que suele ocurrir, con frecuencias alarmantes que sorprenderían  nuestra imaginación, es que hay personas cuya pareja dista mucho no solo de ser el prototipo ideal sino también de acercarse a alguien con quien se pueda simplemente convivir.

Hay personas que viven con gente que las vejan y humillan, por no poner el ejemplo de auténticos maltratadores físicos y psicológicos. Un libreto de película propondría una separación heroica que, sin embargo, en la vida real no suele producirse. La persona está atrapada en formas internas de esclavitud.

O sea que la glorificación de la libertad se cae de bruces ante las evidencias prácticas de la forma cómo enrumbamos nuestra vida. Queda como otro cuento. Mas que uso de la libertad es pérdida de la misma, como ocurre con los vicios y adicciones.

Pero si por un lado uno de los grandes desmitificadores de la libertad exaltada es esa absurda pretensión de hacer cualquier cosa sin medir las consecuencias, con el subsiguiente pase de factura, la otra lo es el individualismo de cualquier tipo. Puede que sea el individualismo hedonista, el racionalista, el emprendedor, el productivo, el intelectual, el comercial… o el que tiene de todo un poco.

La libertad es, en gran medida, siempre libertad individual, pero no individualista. No se erige en norma propia de lo que se puede o quiere hacer. No sobrevuela de flor en flor como los colibríes, disfrutando del néctar de todas sin atarse a ninguna.

Una colección de experiencias sin conexiones internas, sin armazón ni esqueleto, no construyen a la persona. La deconstruyen. Si nos imaginamos un edificio en construcción, en vez de poner ladrillos los van retirando.

La persona se ve, simplemente, en la confluencia o punto de partida de tendencias opuestas que lo jalan en distintas direcciones. Es como, triste ejemplo, una ejecución por descuartizamiento: cada miembro sujeto a una fuerza contraria a la otra para terminar despedazado.

El ser humano solo crece si se compromete a caminar en una determinada dirección, previamente escogida. En eso consiste la libertad. En tomar esa decisión y secundarla con decisiones posteriores.

De ahí que la libertad implica no solo la posibilidad de hacer cualquier cosa, sino de poder hacer aquello que está en fidelidad con mi proyecto de vida. Proyecto que, a su vez, construye a la persona y no la derriba ni la encierra en las más sombrías tendencias de su egoísmo individualista. Por eso que es importante las referencias al “deber ser” y a los valores.

Es, por lo tanto, un hacer lo que debo hacer, aunque esa instancia de conciencia, que está abierto y en relación con los demás, sea evidente únicamente para mí mismo y los demás no cuenten con los accesos necesarios para vislumbrarla ni determinarla.

Una persona no puede, por ejemplo, echar por la ventana el hogar construido por años, solo porque esté atravesando la crisis de los cuarenta. No puede caprichosamente escoger entre permanecer o no con su pareja, cuando hay hijos por en medio. No puede dedicarse a recuperar el tiempo perdido en fiestas nocturnas y discotecas, si ha formado un hogar o, al menos, existen unos hijos que requieren la atención de su papá o de su mamá.

La libertad implica el ejercicio de la razón y la conciencia. De la meditación de las decisiones cruciales. De la consulta cuando se debe consultar. La de tener la mayor cantidad de información como para poder hacer elecciones acertadas.

El ejercicio maduro de la libertad no se deja sobornar por las tendencias internas del capricho o del deseo infantilizado. Maneja las situaciones maniobrando sin perder el control. No exalta ingenuamente las capacidades de mantenerse íntegro sino que conoce el sentido de la prudencia.

La libertad es la aspiración de quien busca ayuda como, en mi caso, hacen quienes recurren a mí para que los atienda desde mi experiencia y pericia.

El mundo sería diferente si menos personas hipotecaran su libertad. Pero también sería diferente si, aquellos que la han hipotecado, tuvieran la humildad de buscar ayuda para recuperarla.

Libertad: capacidad para tomar decisiones y actuar según nuestra razón, conciencia y valores, no según nuestros caprichos.

viernes, 6 de enero de 2012

VOLVER A EMPEZAR


Si uno se preguntara por el legado que dejaron las guerras mundiales, lo más seguro es que no se tuviera mucho o nada que decir. La guerra siempre es un desastre evitable que siembra muerte y destrucción. Es el resultado de la estupidez humana que no sabe superar diferencias en el diálogo y considera como solución la eliminación de quien es distinto.

Pero si pensáramos en un legado, el legado sería el de la humanidad que sabe reconstruirse a partir de las propias cenizas. De cómo la vida es más pujante que la muerte y al final se impone. De cómo las heridas más profundas, de aquellos seres queridos muertos o mutilados, no frena la esperanza que permite que aparezca de nuevo la ilusión y el amor.

Si uno se preguntara por el sentido de las “comisiones de la verdad” en países donde ha habido genocidios, represiones, ajusticiamientos masivos por razones ideológicas, políticas o raciales, en los que se han pisado los más elementales derechos humanos, el sentido no sería el de rebobinar la película para que los hechos fuesen otros. Simplemente no se puede volver a empezar desde la ignorancia o la mentira, siempre desde la verdad. La impunidad no puede servir de fundamento para la reconciliación.

Si uno se preguntara por la razón de las “reconciliaciones nacionales” en países como Sudáfrica, donde se parte de la verdad lacerante, se entendería que toda auténtica reconciliación supone, pero supera, la verdad dolorosa. Que hay algo más después de todo, y que quedarse en el dolor retarda culpablemente la llegada de lo auténticamente novedoso.

Estas alusiones nacionales o internacionales no pretenden de este artículo hacerlo un ensayo de politología, mesas de diálogo o de internacionalismo. Pretende servir de entrada para lo que debe significar volver a empezar en cada uno de nosotros.

La experiencia terrible de las guerras nos permite ver con otros ojos la experiencia terrible de las tragedias internas, aquellas que se han fraguado en nuestra existencia, o simplemente de los errores acumulados por años que de un momento a otro estallan salpicando toda nuestra vida. Por difícil que sea siempre hay un mañana que, de paso, puede ser diferente. Un mañana que está por escribirse siempre y cuando no deleguemos en los demás la tarea de definir el guión.

La experiencia de las llamadas “comisiones de la verdad” nos permite entender, ya a título personal, que ese mañana avendrá solo si entendemos, de la manera más objetiva posible y viéndolo desde múltiples puntos de vista, la verdad sobre la que estamos parados. 

La verdad que nos ha traído hasta aquí y la verdad que queremos superar. Una verdad donde no siempre hay un grupo bien diferenciados entre culpables e inocentes, sino que hay personas con responsabilidades distintas, de mayor o menor envergadura, pero de las cuales ninguno puede eximirse. Donde unos ciertamente han sido causante de daños a otros o a sí mismos, daños que deben resarcirse por el mínimo sentido de responsabilidad.

Y, finalmente, la reconciliación. No siempre la reconciliación ingenua de quien reinicia todo como si nada hubiese pasado. Y no siempre la reconciliación utópica con los demás. Pero siempre la reconciliación con uno mismo. Ese reencuentro de energías divididas entre lo que puede ser y lo que fue; entre capacidades y potencialidades; entre el vivir constantemente de forma adolorida y anclada en el pasado, que ya está escrito, y el futuro que está por escribirse.

En este mes del primer aniversario de este blog, me reencuentro conmigo misma. Y me reencuentro en esa dinámica de caídas y levantadas; me reencuentro con limitaciones propias de mi condición física, de las virtudes que tengo y de aquellas situaciones que continúo aprendiendo a manejar. Evaluando las situaciones en las que no alcancé las metas que me propuse y aquellas en las que sí las culminé.

Es decir, veo la miseria que hay en mí. No la evado, no la escondo, no me desentiendo ante ella. Pero a su vez veo lo que puedo ser si la asumo, si asumo los recursos que hay en mí, la fuerza de la vida y la esperanza.

Y esto lo hago con plena responsabilidad: soy consciente del impacto y el bien que pueden recibir tantas personas a través de mi y del blog. Me doy cuenta de la responsabilidad inmensa que tengo ante aquellos que cifran sus esperanzas en la ONG Derrotando la depresión

Entiendo y asumo que al escoger mi carrera no era sólo una carrera; sino una opción de vida. Vivir siempre trabajando por el bien de los otros. Estoy consciente de mi humanidad, de que muchas veces me he equivocado y me seguiré equivocando, pero también apelo y seguiré apelando a los deseos profundos que habitan en mi corazón: Amar, servir, conciliar, luchar, construir…

Sólo soy un simple ser humano que asume responsablemente su vida. No soy un ser extraordinario como muchos piensan. Libro casi a diario con mis batallas internas, no bajo la guardia, estoy siempre atenta, vigilante, ante todo aquello que pueda disminuirme como persona pero también con mi mente y corazón abiertos para recibir todo aquello que me alimente y me permita ser mejor.

Éste ha sido un año de muchos cambios, de trabajo intenso y de mucho desgaste físico. Me doy cuenta que mi enfermedad muscular va haciendo mella en mi cuerpo. Sin embargo esto no es impedimento para mi, para seguir siendo fiel a mis principios, a lo que soy y a lo que deseo ser.

Muchos se preguntan cuánto podrá resistir mi cuerpo, cuánto más tiempo de vida me queda. Yo sólo me sonrío y pienso: No tengo miedo de morir; sólo miedo de no saber vivir.

Como verán, soy muy simple, pero honesta y clara conmigo misma. La vida es un regalo y cada día que se nos presenta es una oportunidad para volver a comenzar. 

No dejes pasar tu oportunidad, asume tu vida y decide comenzar de nuevo. 

La vida es una aventura.