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domingo, 1 de julio de 2012

RESIDUOS...


Quienes me conocen saben de la pasión con que degusto un buen café. Esa mezcla mágica entre el sabor y el aroma, ese color tan característico. No en vano algún paciente tiene el detalle de aparecerse en la consulta armado de un buen café con sus rizos perfumados trayendo recuerdos de montaña fresca.

Y es que el café forma parte del ritual matutino: el desvelo termina cuando, luego de limpiar meticulosamente la cafetera express, dejo que el vapor arrastre el secreto de los granos pulverizados, los una a la atmósfera y logren condensarse en esa taza de sabor indescriptible. Para ello cuido, antes que nada, de retirar el café sobrante del día anterior y los residuos. Los años me han enseñado cuanto puede envilecer a un café recién hecho la mezcla con los restos del día anterior. Esos mismos residuos, que adulteran la rica calidad de esta bebida, vigilo que no se viertan por el desagüe y ocasionen un funesto tapón, en una mezcla casual con vertidos grasosos.

Como habrán podido percibir, mis queridos lectores, soy una amante del café. Pero el café hace más que despertar mis capacidades sensoriales o introducirme a la vida cada mañana. El café también acompaña mis reflexiones, la manera como veo a un paciente o repaso las narraciones confiadas en el consultorio.

Creo que la vida es como un buen café, que nos envuelve con una gran variedad de sensaciones. Hay cantidad de experiencias, de personas con las que nos hemos encontrado o situaciones que hemos vivido, que no solo fueron importantes en su momento, sino que siguen siendo importantes en la actualidad. Recordarlas es, en mucho, como revivirlas. Podemos volver a sentir la temperatura de aquel momento, los olores, la sensación de la brisa rozando nuestro rostro, las palabras de aquel amigo, la escena de ese anciano. Y volvemos a conmovernos y a sacar fuerzas para enfrentar los actuales desafíos. Nos reconciliamos con las cosas buenas para enfrentar las no tan buenas. Nos decimos que, si pudimos superar aquellas, podremos superar las actuales. 

Vivir es mucho más que escribir un diario: es tener todo un inventario de experiencias que nos enriquecen e impulsan. Son ese buen café mañanero con su aroma y su bouquet, que tonifica nuestro organismo para comenzar el día, entre lo previsible y lo inusitado.

Pero, al igual que el café, las experiencias dejan residuos. El café del día anterior no sirve para mezclar con el café que colaremos hoy. En ocasiones lo que hemos vivido nos parece tan bueno que vivimos en una continua añoranza por el pasado. Quisiéramos forzar al presente para que sea una copia al calco del pasado. Y esto puede resultar funesto. Por hermosa que sea la luna de miel en la pareja, puede servir de fundamento para continuar integrándose y madurando; pero existirán nuevos retos que habrá que enfrentar. 

Con el tiempo la pareja no resultará tan imprevisible como al inicio. Muchas experiencias dejaran de resultar novedosas. Pero, no obstante, sin repeticiones, comenzar a ser padres y madres supone, por ejemplo, la entrada a nuevas etapas. Y así sucesivamente.

También aquello en lo que hemos participado, y que no calificamos de bueno, nos afecta. Las acciones y experiencias, buenas o malas, repercuten para bien y para mal en el presente de cada uno. Nunca permanecen encerradas tan en el ayer como quisiéramos. Inclusive cuando suponemos que hemos superado aquel hecho que está en los orígenes: una separación, una infancia traumática, un vicio… quedan restos, residuos.

Suele ocurrir con algunos pacientes que llegan vueltos trizas al consultorio. Luego de varias sesiones comienzan a sentirse mejor y, antes que les de de alta, abandonan la terapia. Luego de algunos meses retornan cayendo en cuenta lo torpe que fue la decisión de considerarse recuperados. Es por eso quizás que los “residuos” de una situación no resuelta del todo pueden envilecer nuestra existencia.

Los antiguos creían en unos animales mitológicos llamados “rémoras” que se adherían a las embarcaciones entorpeciendo la travesía. Eran pequeños pero eran muchos. Así ocurre con estos residuos de experiencias pasadas: por minúsculos que parezcan no por ello son menos importantes.

En el camino de crecimiento personal importa prestarle atención a estos “residuos”. No solo a los acontecimientos que causaron malestar o que infligieron dolor. El trabajo interior pasa por estar pendiente de completar debidamente el proceso terapéutico, cuando es el caso, o de prestar atención a nuestra manera de reaccionar ante situaciones que podemos asociar inconscientemente con eventos del pasado. 

Técnicamente diríamos que la gente proyecta temores y expectativas a partir de lo que se ha vivido y ha dejado su huella en nuestro interior. Si vivimos algo que nos resultó doloroso, podemos desarrollar temores ante situaciones nuevas que, sin darnos cuenta, nos lo recuerda.

Igualmente puede ocurrir con algo que haya salido de nuestro campo de atención cotidiano, por lo que lo consideramos superado aún sin estarlo. Por ejemplo, el sentimiento de culpa por dedicarle excesivo tiempo al trabajo en detrimento del tiempo dedicado a los hijos. Alguien puede creer haber realizado los cambios pertinentes sin que sea así, por lo que puede volver a dejarse absorber por los compromisos laborales. Es posible que reaparezcan reclamos y crisis, junto con la culpa. Si actuamos sin la debida prudencia, pueden reabrirse las heridas o podemos repetir actitudes erradas.

Una persona que está saliendo de una relación traumática de pareja debe cuidar el momento de reiniciar otra relación y fijarse igualmente con quién. No en raras ocasiones una persona busca parejas que respondan al mismo perfil patológico.

Alguien que sufra de ludopatía, ese comportamiento compulsivo por el juego, puede que haya hecho un gran camino de liberación interior. Pero es delicado que esta persona decida por sí misma cuando arriesgarse a estar en un ambiente donde haya personas en juegos de envite y azar. Una recaída es fatal, exactamente porque todavía quedan “residuos”.

Es cierto que los residuos pueden tener proporciones descomunales, producto de experiencias desgarradoras. Pero también pueden tener un tamaño ínfimo, como el caso de un paciente adulto que de niño simplemente solía tomarse los restos de las bebidas alcohólicas que dejaban los mayores. Eran fondos tan insignificantes que nadie le prestaba mayor atención. Sin embargo, con el pasar del tiempo esta persona se alcoholizó. De manera similar ocurre en cantidad de otras situaciones.

Cada día acumulamos residuos que debemos (¡y nos conviene!) limpiar. Acumular basura interior es más grave que acumular basura física. Y las experiencias no resueltas de otros días comprometen, o hipotecan, las experiencias nuevas que hagamos.

Es por eso que debemos revisarnos día a día, porque podemos haber pensado tener dominadas o controladas ciertas experiencias en nuestra vida y, de repente, sin que nos percatemos de ello, surgen conductas, respuestas, pensamientos y gestos que denotan que todavía existen residuos en nuestro mundo interior. Por lo tanto, no debemos nunca de fiarnos totalmente de nosotros mismos. Necesitamos de otros que, con amor y prudencia, nos indiquen los residuos que todavía existen en nuestras vidas.

Si quiero crecer y tener buen aroma como un buen café, debo limpiar de manera minuciosa los filtros que deben purificar mi vida.

Te sugiero una cosa: una de estas mañanas llega a tu cocina y prepárate un delicioso café. Limpia bien los residuos, si no lo hiciste antes, y, si ha quedado restos del día anterior, viértelo por el sumidero. Prepárate un buen café. Antes de tomártelo míralo con detenimiento, huélelo y saboréalo. Y haz lo posible para que en ese día tu vida tenga buen aroma y sabor también.

viernes, 24 de febrero de 2012

RESPONSABILIDAD VS CULPABILIDAD


    Muchas veces hoy en día se rehúye la responsabilidad para evitar la culpabilidad. Se ha huido del trauma de las culpas para buscar refugio en conciencias laxas. Todo se ha hecho relativo, se toma de manera light, no hay normas ni valores, por tanto, no existen puntos de referencia.

    El relativismo hace que cada quien se cree a gusto los propios patrones de conducta, de manera bastante acomodaticia y de acuerdo a conveniencias: es el uso equivocado de la propia libertad en las sociedades democráticas, puesto que debería ser posibilidad de búsqueda exigente de lo que se acerque más a la verdad y al bien que se deben hacer.

    Pero de forma más concreta y dejando atrás el panorama general que presenta la introducción, no todo lo que hace alguien, por el hecho de hacerlo ella, es bueno. Eso forma parte del drama de la vida. Y aunque queramos evadirlo, ahí está el dolor para recordarlo. No es un dolor inventado sino muy real. No es producto de la crianza, la educación o la cultura, sino un dolor muy objetivo.

    Pensemos en el caso de la persona que pierde su hogar por volverse alcohólica; o la persona que adquiere nuevos compromisos que debe enfrentar con la familia por tener un hijo fuera del matrimonio; o quien rompe bruscamente con el hogar paterno para probar de manera incipiente libertades de alas cortas, y se consigue a la vuelta de la esquina que la reconciliación es tardía, pues ya no está alguno de los padres…

    Los ejemplos podrían multiplicarse. No hay crecimiento personal sin responsabilización por los propios actos, hayan sido buenos o malos, se hayan consumado en el pasado, estén en proceso de ejecución o planeados para un futuro. Y nada garantiza que la apropiación responsable va a ser siempre placentera: puede ser muy dolorosa.

    La culpabilización, en sentido patológico, además de las versiones infantiles que hacen a los otros responsables de los actos que son míos, implica, para hablar de un síntoma, paralización interior. O sea, si bien puede haber dolor y, por lo menos al principio, el mantener como pensamiento constante la pregunta de “qué fue lo que hice”, “cómo doy ahora la cara” o “qué clase de persona soy”, con el sentimiento de malestar y minusvalía, lo que caracteriza a la patología de la culpa es que se mantiene en el tiempo y lo hace de forma que paraliza el crecimiento. De ahí la importancia que tiene, dentro de mi rol como profesional, que la gente se sienta acogida para superar este estado y volver a comenzar.

    Sin embargo, hoy en día la sociedad y los mecanismos de defensa de la mente humana hacen que muchas veces se produzca una simple evasión. Quizás una evasión o huída hacia adelante. No miro mucho para seguir con mi vida.

    Pero en este caso ese “no mirar” puede ser letal. Porque de las equivocaciones deben seguir, cuanto menos, aprendizaje. También correcciones. Por eso, cuando una persona, por ejemplo un padre o una madre que estén causando un sufrimiento innecesario a un hijo pequeño, acude a mi consulta, y no está asumiendo responsablemente lo que está haciendo con su vida, yo debo ayudar a que lo vea. Debo ayudar a que se haga responsable. A que no lo evada por doloroso que sea. Aunque la persona, al inicio, crea que no la estoy apoyando, si la cuestiono sobre cómo está enfrentando parte de su historia, eso lo hago por su propio bien y por el bien de su proceso de crecimiento.

    La apropiación responsable de los actos y hasta de los sentimientos está en función del crecimiento personal. Lejos, por tanto, de una idealización del escarnio, una manera de procurar vivir desde la bajo estima o de arrastrar las pesadas y sonoras cadenas del  pasado.

    La vida siempre es un desafío y siempre es inédita, aunque una persona sabia busque aprender de los demás (aprendizaje vicario). Hasta en el mejor de los casos la equivocación y el error pueden hacerse presente. Los que no viven rodando cuesta abajo por el fango de la existencia conocen bien el vértigo. El refugio neurotizante en rutinas artificiales sin abrirse al riesgo de vivir responsablemente no es una alternativa. Generalmente recordamos como grandes hombres y mujeres quienes asumieron el riesgo de ser diferentes, respondiendo al desafío de los tiempos.

    Pero quien ve de valioso la vida como una oportunidad para crecer e incidir positivamente en los demás no puede, bajo ese pretexto, hacerlo de manera temeraria.

    El equilibrio interno de la persona es un asunto muy delicado. Así como las lesiones de guerra pueden marcar toda una vida, así las experiencias equivocadas también pueden hacerlo.

    Responsabilizarse es asumir el vértigo de vivir: ni la mordaza de la culpa ni la ingenuidad de la conciencia laxa. El riesgo proporcionado y meditado del que corre detrás de lo valioso de la vida, que deja determinar su vida a partir de los valores.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿POR QUÉ ESPERAR?

Pasamos la vida posponiendo cosas porque estamos esperando el momento justo. Así lo cotidiano se come a lo extraordinario y nos paralizamos hasta que se cree la escenografía adecuada para esos momentos. Dejamos pasar tiempo y oportunidades mientras llega la ocasión. Es entonces cuando entra en escena la Navidad.

Con ella aparecen como compañeros la música, luego las luces y adornos, y hasta la comida. Nos vemos envueltos  en un ambiente de abrazos, perdones e inclusive buenos deseos. Hacemos el esfuerzo de apartar tiempo para encontrarnos con aquellas que estimamos sin casi vernos durante los otros meses del año. Intercambiamos obsequios que sirven de símbolo para expresar la sinceridad de nuestros afectos más profundos. Y la desgracia de otros, que antes nos pasaba desapercibida, ahora no nos es indiferente. Hasta pensamos en formas de paliarlas sino podemos evitarlas ¡Es la magia de la Navidad!

En el fondo pueden ocurrir muchas cosas que expliquen  este contagio colectivo de buenas intenciones. Puede que, entre otras, nos conectemos con momentos de nuestra vida en los que nos sentimos felices. O que gozábamos de más ingenuidad para ser felices. El ambiente familiar, las patinatas de ciertas generaciones y las salidas familiares, el encuentro entre hermanos, el revivir momentos gratos con personas que ya no están a nuestro lado, los viajes a rincones remotos para estar con nuestros seres queridos.

Puede que sea el conectarnos con nuestra infancia, o al menos con ciertos momentos de esta. Incluso para aquellos que vivieron infancias difíciles que, sin embargo y a pesar de todo, logran conectarse con la ilusión que hubo en determinadas ocasiones.

Todo lo cual es muy valioso, pues significa, simple y llanamente, que todas esas cosas forman parte de nuestro interior. Están por allí, en algún lugar. Existe, por tanto, un reservorio que, pese a los errores que hayamos cometido, nos dice que podemos ser mejores personas, tal como alguna vez lo soñamos, y no simplemente una repetición y acumulación de errores.

Bien válido, como se ve.

El problema es asimilarlo. Digerirlo hasta que forme parte de nuestro tejido vital. O sea, no esperar a la magia de la Navidad para que salga a flote. Si solo aparece el mensaje una vez al año sería ambiguo y contradictorio: sueño con ser otra persona, menos metida en mis propios asuntos y con tiempo para el encuentro con los demás, y despierto en enero a la realidad cruda y cruel. Fue un sueño que sirvió para autoengañarme durante un mes, para vivir embobado, como quien lo hace bajo el efecto del alcohol y se levanta al día siguiente con dolor de cabeza. Nada real.

Y el desafío es hacerlo real.

Ya que el problema es que esta es una legítima aspiración, enclavada en lo más profundo de lo que somos. Que no somos unas máquinas productoras, o consumidoras; que pasan por encima de los demás, como aplanadoras, para chocar y defender posiciones de poder, sobre todo si nos sentimos amenazados. O para doblegar a esposo/a e hijos.

Que una vida que cuente con la necesaria prosperidad necesita de otros argumentos para justificar su existencia: la capacidad de darnos, encontrarnos, descubrimos, crecer y aspirar alcanzar nuevas metas.

Lo que ocurre en Navidad debe vivirse como descubrimiento que dinamice todo el año: poder tener tiempo para revisar nuestra vida, lo que hacemos y lo que nos proponemos. Apartar tiempo dentro de la rutina habitual para estar con la familia e inventar cosas con ella; tener tiempo para escuchar, aconsejar, corregir, enmendar y pedir perdón. Darse el chance de cultivar amistades de valor que hagan llevadera y enriquezcan mutuamente la existencia. No esperar a la Navidad para brindar obsequios y abrazos.

Hace unos años se comenzó a poner de moda en los países del norte de Europa una cosa que le llamaron slow living. Tiene que ver con la reacción romana contra el fast food que se le llamó slow food (1986). Ante la forma de vida inhumanamente acelerada en la que lo que cuenta es la prisa, el trabajo eficiente y la producción en jornadas agotadoras que no permiten nada más, alguna gente se propone llevar la vida responsablemente y sin descuidar las metas económicas y laborales pero con mayor disfrute y serenidad. Ese disfrute y serenidad debe permitir vivir, corregir, encontrarse y amar. No somos piezas del engranaje industrial, sino seres humanos que aportan socialmente pero con capacidad para el encuentro con los demás y con nosotros mismos.

Desmontar ese ritmo acelerado y evasivo que no nos deja mirar hacia los lados; el desarmar todo el andamiaje donde hemos colocado las experiencias negativas y el dolor, no tiene que ser cosa solo de la Navidad.

Es cierto que no podemos mantener durante todo el año las casas adornadas con arbolitos, luces, pesebres o san Nicolás. Que hay otras celebraciones y otros ritmos. Lo que no podemos permitir es que un mal concepto de la Navidad secuestre y deslegitime nuestras aspiraciones de crecimiento.

¿Por qué esperar a la Navidad?

Que puedas preparar tu próxima Navidad con una vida digna de vivirse a lo largo de tu año.

¡Feliz Navidad! ¡Que Dios te bendiga!

viernes, 9 de septiembre de 2011

MADURAR

Constantemente escuchamos referirse a la juventud como un tiempo ideal en la vida. Tanto que otras edades pasan a segundo plano, con el consecuente complejo de inferioridad. Todo se hace para que el tiempo no pase, para hacer que se viva la vida loca, que se tenga una espontaneidad casi que pueril. Así aparece en el cine, la televisión, la prensa, la publicidad… Los distintos productos van dirigidos a satisfacer este renglón. Idealizando la juventud se ha pretendido que se la pueda vivir prolongándola lo más que se pueda… para que, quien no lo consiga o se le pase el tiempo, termine sintiéndose marginado.
La juventud ofrece una serie de ventajas que no se pueden disimular, es claro, y que sería magnífico que se conservaran. Si pensamos en el aspecto físico, gozar de una buena apariencia, salud sana, flexibilidad en las articulaciones, tono muscular adecuado, etc. es ventajoso que ésta perdure el mayor tiempo posible. Si nos referimos a la parte neurológica, es obvio que una buena memoria resulta conveniente, así como la capacidad de un razonamiento lúcido envidiable, aprender nuevas destrezas y tecnologías. Y pudiéramos extendernos en otros campos.
Pero muchas veces lo que nos ofertan como juventud no es otra cosa que adolescencia: una regresión a esa etapa de nuestras vidas en que, con organismos que iban asumiendo la apariencia de adultos se combinaba el riesgo e inconsciencia de los niños, la impulsividad, el dejarse llevar por lo que se siente, inclusive para ensayar nuevas aventuras, relegando el cálculo y la razón a entretelones y donde difícilmente se puede ser del todo responsables.
No es que sea malo ser adolescente en la adolescencia. Lo equivocado es pretender vivir la adolescencia siendo ya adultos bajo la excusa de la jovialidad.
La adolescencia se caracteriza por el “adolecer”: hay una falta de elementos, por debajo de una epidermis de seguridad y optimismo, por los que no se sabe bien quien se es, las opiniones de los grupos a los que se pertenece tienen una influencia casi infranqueable y, de paso, no se cuentan con los recursos para enfrentar la vida y tener relaciones apropiadas, duraderas y estables.
En la adolescencia, las posibilidades de tomar decisiones erradas sin asumir las consecuencias, con una especie de ingenuidad y despreocupación, dificulta esta etapa: no se tiene la capacidad de ser realmente responsable. Y esto es al mismo tiempo lo que le imprime de fascinación… para cuando se ha dejado de ser adolescente. Una especie de romanticismo de tiempos pasados que evaden el presente.
Así pues, pareciera que la propuesta que se hace, y que muchos viven, no es vivir de manera jovial, sino de manera adolescente, sin responsabilidades ni compromisos.
No se trata de entender cierta jovialidad presente en cualquier edad como capacidad para asumir nuevos retos, de conservar cierto sentido del humor y la ilusión para innovar  proyectos.
Es la adulteración de la jovialidad por la adolescencia crea parálisis en el crecimiento personal. Porque se trata espontaneidad artificiosa que idealiza autenticidades que en el fondo son rabietas, groserías, impulsividad, pataletas, malos tratos… Justificaciones con argumentos retorcidos para, en definitiva, decir “yo soy así”, para no asumir responsabilidades, compromisos, desafíos… fracasos.
Esos niveles de puerilidad, hace evidente que las relaciones interpersonales y laborales vayan a caminar a contrapelo, si es que caminan y no se desmoronan. Decisiones y conductas erradas con consecuencias tremendas para el entorno de quien ha tomado la decisión de no crecer y no asumir. Marginación de todo aquel que, estando cercano en el amor sincero, no excusa lo que de manera desviada hago algo. Relaciones tóxicas en las que me involucro por la intensidad de las sensaciones, emociones y placeres.
El proceso de crecimiento implica varias cosas. De las más básicas, que se dan en la infancia, es que el niño va aprendiendo a socializar las necesidades básicas para adecuarse a la vida social y a sus valores. Va aprendiendo formas de comer, expresarse, vestirse, atender sus necesidades íntimas…
El mismo Freud, desde un esquema muy sui generis, hablaba del cúmulo de impulsos, de la base institintiva, como del “Ello”, en la que lo que importa es la búsqueda de placer y satisfacción. El proceso de crecimiento en la infancia hacía que apareciera el “Yo”, que se encarga a partir de los parámetros sociales de educar la manera adecuada de satisfacerlos (que según él podía hacerse de manera errónea). El “ello”, por sí solo, es altamente destructivo.
Quien se proponga llevar una vida impulsada por el viento del deseo, no hace otra cosa que idealizar el retorno a una fase instintiva, ciega e impulsiva. En esta idealización se sacrifican las relaciones, por decir lo menos, pues todo alrededor está al servicio del deseo. Y esto sin considerar los niveles de perversidad que pueden circular por el ser humano, cuando se hace un juguete de pasiones como el odio, la venganza, el resentimiento, el erotismo, la perversión, la maldad.
Madurar implica una noción realista de lo que es el ser humano, de sus posibilidades y de sus miserias. Necesita también una adecuada y aterrizada referencia a un conjunto de valores, que oriente la dirección por la que se quiere encaminar la vida. Hace falta y es sano contar con un proyecto de vida posible de alcanzar, que incluya a las personas que comparten los días con nosotros.
A partir de aquí, no todo es excusable. El amargo momento del encuentro con los errores cometidos es una alternativa nada alejada. No se puede mirar a los demás para culpabilizarlos ni se puede usar el recurso de usar de un hermetismo que nos induzca a un estado de inocencia original, más parecida a una ceguera.
La persona que desee ir madurando a lo largo de la vida, tiene que entender que cualquier reacción pudiera ser perfectamente natural, pero no por ello pueden tomar el control de la vida y las decisiones. Pensemos en una muerte trágica y absurda de un ser querido, por la irresponsabilidad de otra persona.
En contra del maremoto de pasiones que se lleva todo por delante, quien desee madurar buscará manejar de la mejor manera sus estados internos, sean o no justificables. No canonizará lo que internamente le ocurre, como si fuera paradigma y norma de comportamiento. Y, sobre todo, estará al tanto de la responsabilidad que tiene ante la vida, ante la propia y la de los demás. Sea ante el riesgo de una acción equivocada, sea ante las consecuencias de una acción mal emprendida.
Vivimos en un momento en que pareciera que todo es válido y que nadie te va a juzgar por lo que haces. Pero no todo es sano y conveniente para nuestra salud mental y crecimiento personal.
Quizás nos hemos acostumbrado a  vivir y a comportarnos de manera soberbia y altanera. Creemos que es propio de nuestra naturaleza actuar como actuamos. Para aquellos comprometidos con su crecimiento, siempre hay algo más y un después, que es mejor y más pleno.
Solo hace falta que asumas lo que eres, lo enfrentes con sencillez y te dispongas para acceder a la nueva etapa desde la responsabilidad y madurez.
Porque no quiero que me defina lo que he sido, camino a lo que puedo ser, sin dejarme condicionar por mi miseria.

viernes, 17 de junio de 2011

PAPÁS...

En este mundo marcado por el machismo, la imagen de la madre es exaltada de tal manera que su sombra cubre y recubre a la del padre. Una eclipsa la otra. Mientras que una es exaltada hasta por las bellas artes de todas las culturas, la imagen paterna no solo se ensombrece sino que pareciera invocarse como venida de las mismas tinieblas.
Esta constatación cultural no deja de ser alarmante cuando nos introducimos en la psicología de la persona humana. Más que un elemento anecdótico presente (o ausente) durante la infancia, se trata de un elemento que produce un impacto en la personalidad y su estructura por el resto de la vida.
Y es que lamentablemente, a nivel mundial la figura paterna es casi inexistente por no decir inexistente del todo. Muchos de los conflictos que se viven en esta generación son en gran parte producto de esta ausencia o en gran parte, marcada por la misma.
Se ha pensado de manera equivocada durante mucho tiempo que ser padre es ser “proveedor”, pero solo en el aspecto económico. Pensar de otra manera implicaba ir en contra de la norma. Un padre jamás debía ser cuestionado si proveía económicamente a sus hijos. Era y todavía es frecuente escuchar expresiones tales como: “trabaja como una mula para darle todo a sus hijos ¡Que buen padre es!, trabaja de sol a sol”
Pero además de los males del pasado a corregir, están los males a futuro para evitar. Más que una recopilación de la funesta historia presente y pasada de los varones que son o han sido padres, está el desafío de corregir el modelo cultural imperante, para que las próximas generaciones puedan ser realmente papás.
Entender que ser padres implica mucho más que economía, implica invertir tiempo, crear y profundizar una abierta y franca comunicación, educar en muchos aspectos de la vida, en valores, en moral, en ética…
Ser padre implica asumir la responsabilidad de ser persona y que dicha responsabilidad tiene y debe ser transmitida a los hijos.
Para ser padre, algunas cosas tendrán que ser encaminadas de manera personal, otras de manera cultural o social. Ejemplo de esto es la utilización de la “trampa” de la sobrestimación de la imagen materna como coartada para no asumir la paternidad. Incluso el adagio popular dice: “madre solamente hay una, padre se encuentra en cualquier esquina”. Si padres hay en cada esquina ¿dónde  han estado hasta ahora? Porque la imagen paterna esté desaparecida.
Este pensamiento debe ser desmontado. Pues aunque la imagen de la madre es extremadamente importante, se minimiza la imagen del padre. Por ende, se puede utilizar hasta como excusa socialmente aceptada para no ser padre.
En el desarrollo de la personalidad en el niño y de la niña, las figuras del padre y la madre son insustituibles. Podrá faltar por cualquier razón el papá o la mamá biológicos, pero alguien deberá asumir el rol de ser figura paterna o materna.
La figura paterna tiene un rol indispensable para crear un ambiente de seguridad y protección, que permita el sano crecimiento de los hijos. Dicho ambiente está creado no por cosas, sino por relaciones. Por la calidad de las relaciones. No se da porque se conviva bajo un mismo techo o se respire un mismo aire.
Se va creando en las relaciones concretas que aportan experiencias de amor. Porque cada experiencia de amor equivale para el hijo a sentirse amado, valorado, promocionado por el padre. Y de esta manera el padre va reafirmando y dando seguridad al niño, para enfrentar la vida con todo realismo.
Es una colaboración indispensable en la construcción de la autoestima y de la propia imagen. De ese sentir “yo sí puedo”, sea como adulto, sea como niño. El niño siente que él es importante, que él es importante para alguien, y que ese alguien es, para el niño, la persona más importante de este mundo.
Un padre debe ser equilibrado, no represor, neurótico y menos maltratador, sino que cuente con valores suficientes dentro de las limitaciones que existen en la vida. De esta forma será un excelente medio para que el niño asimile normas y valores en su vida.
El sano vínculo con el padre ayuda a estructurar la personalidad alrededor de orden y el reconocimiento de la autoridad. Esto, a su vez, va a hacer que el adulto del mañana vaya a ser capaz de acatar orden y autoridad.
Maneras patológicas que actúan de forma díscola y contestataria, sospechando de todo orden social, pueden tener que ver con conflictos no solucionados y relaciones disfuncionales con la figura paterna.
Hay que considerar que la auténtica y sana inserción social, sin sumisiones humillantes pero sin rebeldías absurdas, se basa en una sana relación con la figura paterna en la infancia.
La autoridad que nace del amor y admiración es distinta del autoritarismo, cuyo efecto es totalmente el contrario.
La capacidad de diálogo y respeto no impide que, en las ocasiones que sea necesario, se hagan correcciones e, inclusive, se castigue sin maltratos (“no vas al cine”, “no te compro helados”, etc.). Un padre así es valorado como comprensivo y justo. Y todas aquellas realidades que el padre induce son valoradas como buenas.
Pero, unido a esto, el padre tiene el desafío de ser sensible. Además de la ausencia física en algunos hogares, la ausencia más trágica es la  afectiva y emocional. Ocurre cuando el padre es un ser minimizado, una presencia lejana, un ser distante y fantasmal que, en ocasiones, es más temible que amable.
Este vacío paterno envía al niño el mensaje de “tú no existes”, “yo no existo para ti”. Es una orfandad afectiva, que torpedea cualquier sentido de pertenencia. De no contar con un ser protector. El varón que es padre puede equivocarse drásticamente al reducir su responsabilidad a ser un simple proveedor, el que vela por lo material por el dinero que consigue trabajando.
Pero eso no es suficiente. Distanciarse de la afectividad y sensibilidad no es sinónimo de hombría ¡Como si el ser sensible fuese algo propio únicamente de la mujer! La sensibilidad masculina diferenciada de la mujer es una riqueza que no puede perderse.
Una asertiva incidencia del padre sobre los hijos afecta de manera positiva tanto a los hijos varones como a las hijas. En el caso de los hijos varones, si hay una buena imagen paterna, que afectivamente sea importante, tal modelo servirá de referencia para la adultez. En el caso de las hijas, contar con una buena imagen paterna le permitirá apreciar una adecuada y sana relación con el varón, particularmente en lo referente a la escogencia de pareja.
La ausencia de imagen paterna o una imagen traumática es fatal: es lanzar a las personas como náufragos ante la vida.
En el fondo, evitar la paternidad esconde, a su vez, inseguridades, inclusive de infancia. Asumir la paternidad implica el pasearse por todo ese mundo tambaleante de la propia vida interior y de la historia personal. Y el miedo es el peor enemigo. Internamente se debe convencer que es posible ser padre de manera distinta a como él se sintió como hijo. Que la paternidad tiene un atractivo insospechado que él puede encarnar a favor de sus hijos.
Por otro lado, el delegar la toma de decisiones y la resolución de conflictos a la mamá, no es sino otra forma de evitar la responsabilidad de ser padre. Y evitando el roce y el contacto se pueden evitar conflictos abiertos, pero tiene el carácter de violencia pasiva. Esta aparente “normalidad” no asegura que se está siendo un buen padre.
Pero en este camino de recuperación de la paternidad, las mamás también tienen su cuota de responsabilidad: el acaparamiento emocional de los hijos y la desautorización de los papás hace que se agrave la situación.
Entonces,  una mujer contribuye para bien o para mal en esta recuperación de la paternidad cuando escoge a su pareja: no solo se trata del compañero sentimental con quien se quiere compartir el resto de la vida, se trata también del hombre que escojo como padre de mis hijos.
Igualmente podemos analizar la conducta materna que interfiere en la relación padres e hijos. Uno de los casos es cuando el papá solo sirve de chantaje para controlar a los hijos: “cuando tu papá llegue del trabajo vas a ver”, “si lo sigues haciendo se lo digo a su papá”, “cuando se entere tu papá te va a castigar”.
 Además la mujer puede influir en hacer de sus hijos que de adultos sean padres responsables. Como la mujer puede favorecer el machismo, así también puede favorecer la ausencia de la paternidad, si no se toma conciencia.
Al final de cuentas ser papá no es trabajo exclusivo del hombre, implica que sociedades y culturas rompan con estereotipos que impiden la clara realización de lo que implica ser padre.
Si se asume responsablemente la paternidad, los efectos se harán sentir en las familias, culturas, sociedades, y muchos de los problemas existentes de hoy, en consecuencia, tendremos un mejor mañana.
Es tu responsabilidad. Es mi responsabilidad.
Es responsabilidad de todos.

viernes, 3 de junio de 2011

EXPERTOS INEXPERTOS

Uno de los desafíos cuando inicio una terapia con un nuevo paciente son los “otros”. Esos otros que se cuelan y hay que neutralizar. Que entran cuando se recibe y se cierra la puerta del consultorio. Esas voces que han sonado y seguirán sonando en el proceso psicotera- péutico, dentro y fuera de la consulta, que de manera “ingenua” indican lo hay y lo que no hay, lo que se debe y lo que no se debe hacer.
Esta serie de “expertos”, producto de la divulgación de conocimientos científicos por supuestos documentales de televisión o programas de variedades, entrevistas radiales, internet, rumores, creencias, conversaciones en las esquinas, revistas de largo tiraje, lecturas de ciertos libros, cursos de autoayuda… sin la necesaria capacidad de diferenciar lo genuino de lo falso, lo factible de lo fantasioso. “Expertos” que carecen de la debida preparación académica y que de manera ciega e imprudente asumen tener el conocimiento de las distintas materias.
Ellos conforman todo un ejército que hay que esquivar como en una carrera de obstáculos. Pero esta experiencia se vive no solo en el ámbito de la psicología, sino de forma generalizada en cantidad de ámbitos, desde lo más sencillo hasta lo más complejo. Y es que la tendencia del ser humano es afirmar lo que conoce y negar lo que desconoce.
Ejemplo de esto puede ser la visita de unos padres con su niño al pediatra: el pequeño presenta fiebre, malestar y las amígdalas inflamadas. El médico diagnostica infección en la garganta, cosa que aceptan los padres por estar familiarizados con dichos casos, por otros hijos y familiares. Pero si un niño pequeño visita al pediatra por otro motivo, y el pediatra diagnostica desnutrición, los padres fácilmente rechazan dicho diagnóstico puesto que aducen que el niño está en su peso y que ellos lo alimentan bien. Obviamente para estos padres estar desnutrido es solo estar delgado. Cuando en realidad la desnutrición es la carencia nutritiva de proteínas, carbohidratos, grasas, vitaminas y minerales. Puede que el niño no esté delgado porque la ingesta de carbohidratos es alta; sin embargo, quizás no haya una suficiente ingesta de proteínas, vitaminas y minerales. Estos mismos padres que desconocen el verdadero significado del término desnutrición en base a su poco conocimiento sobre el tema, son los que rechazan el diagnóstico, y en algunas oportunidades hasta descalifican a los verdaderos profesionales diciendo que no saben nada. Por supuesto, también se da aunado a familiares y amigos que siendo también ignorantes del tema, afirman que el verdadero profesional está equivocado. Lo que resulta realmente increíble es que ni los padres, amigos y familiares  nunca han pisado la escuela de medicina. No saben de medicina, no saben de pediatría y, no obstante, dejan que su ciega ignorancia sea la que tome el control.
De nuevo, afirmamos lo que conocemos y negamos lo que desconocemos. Al final ¿qué es la ignorancia? ¡Desconocimiento!
Y en este elenco podemos participar como víctimas, pero también como “expertos victimarios”.
¿Cómo llegamos a ser “expertos victimarios”?
En primer lugar debe destacarse el carácter divulgativo de muchas fuentes de información veraz, que se consiguen su objetivo en base a la simplificación de la realidad. Se dice en unos minutos o unas breves líneas lo que toma años de formación académica y consigue formar bastas  bibliotecas. De esta forma se aseguran la audiencia. Pero también el abordaje se hace buscando captar la atención del espectador a través de narraciones ingeniosas o destacando aspectos que podrían ser secundarios, pero que resultan llamativos para el gran público.
En segundo lugar, en ocasiones el abordaje sobre algunos temas no siempre parte de intenciones científicas o humanitarias, sino a la remuneración económica. No se busca difundir información o popularizar hallazgos relevantes, sino información que la gente está interesada en comprar y que puede ofertarse. Cuando no media la instancia ética, se puede sucumbir a la tentación de sacrificar la precisión científica en temas delicados por charlatanerías de dudosa fundamentación que, sin embargo, sintoniza con los gustos del público.
Así que estos “expertos” que compiten en la ayuda a nuestros pacientes, se saltan todo lo complicado que puede resultar en la práctica llegar, por ejemplo, a un acertado diagnóstico científico. Cosa que es complicada por la obstinada mentalidad resultante del amasijo de creencias populares y la mágica charlatanería de quien trafica con la desesperación de la gente.
Cada quien puede caer en la trampa del “experto”. En principio nadie está exento. Hay cierto poder que se siente tener sobre los demás que la hace en extremo atractiva. Hay un pedazo de la vida del otro que está bajo mi control, como si se tratara de mi vida misma. Y esto es particularmente cierto cuando nos referimos a problemas de salud.
Un amigo está haciendo un determinado tratamiento, con escaso éxito hasta el momento, quizás por lo largo del proceso. La situación se vuelve irresistible para que intervengamos. Comenzamos por sembrar la duda. Ponemos el rostro de quien no come cuentos. Una vez que deja de sentir confianza en lo que está haciendo o tiene que hacer, ahí nos apoderamos, como gurúes, de su vulnerabilidad. Con dos o tres premisas mal aprendidas y sin pasearnos por la idea de otros diagnósticos posibles para los cuales no contamos con la mínima formación académica, indicamos magistralmente lo equivocado del actual procedimiento cuando todo el mundo sabe que lo que hay que hacer es…
Estrategia que sirve para que amigos y familiares sucumban bajo el peso de nuestra influencia. Las enfermedades terminan siendo todas mentales, ficciones de la fantasía. O la quimioterapia un fiasco solo apta para algunos tontos. O los medicamentos son todos de antemano tóxicos, cuando no una serie de inventos.
En el caso de la psicología, que se la confunde con la consejería, los costos son menores: un consejo lo da cualquiera con la suficiente labia y en el refranero popular se consigue de todo ¿Quien no ha escuchado ese refrán que dice “la letra por la sangre entra” o “el hombre es el que manda”? El consejo del amigo sustituye la asesoría del profesional: lo que debes hacer con tu matrimonio, lo que debes hacer con tu hijo, lo que debes hacer con tus padres. Yo soy así de auténtico, se dice, por lo tanto lo que pienso lo digo… y tantas otras cosas.
Pero, así como puedo ser victimario, también puedo ser víctima. Y víctima responsable. En cualquier problema de salud dejo que los demás interfieran e indiquen lo que mejor les parece. Me abstengo de usar mi libertad de manera responsable, con el conocimiento que en último caso las decisiones, en algo que tenga directamente que ver conmigo, me competen a mí, sea que acierte o no. En un cáncer unos difieren del médico con tantas opciones como amigos tenga; mientras los unos difieren sobre el centro donde debo realizar la quimioterapia, porque donde voy no es confiable, otros me presentan como tabla de salvación el seguir una estricta dieta vegetariana; algunos vaticinan sobre la salud mejor que los médicos sin serlo, casi que viendo los exámenes de laboratorio al contraluz o como leyéndolos como se lee una bola de cristal. Los hay quienes tienen una versión sobre la religión como si se tratase de un deporte  extremo y proponen tener fe, tener fe y puramente fe. Y ahí estoy yo, enfermo, pretendiendo complacer a cuanto “criterólogo” consiga entre mis allegados.
Es obvio que la realidad es muchísimo más compleja. Así que, ante la tentación de intervenir en la delicada situación de otras personas, lo mejor es abstenerse. Porque la escasa preparación que se tiene está revestida de arrogancia. Es un irrespeto hacia la otra persona, más si no me ha pedido mi opinión. Debo tener en cuenta que la vida de otra persona puede estar en juego dentro de un palabrerío sin fundamento. El bien del otro no puede hacer de equilibrista en la cuerda de mis ocurrencias e iluminaciones, cuando es un acto de circo sin red realmente mortal.
Pero también yo soy responsable como víctima: yo debo manejar con tino las opiniones ajenas en asuntos que no son de incumbencia. Debo prestar oídos sordos y, ocasionalmente, hasta precisar con palabras a los demás, para que no se involucren. Por desagradable que sea y con la educación debida, pero teniendo en cuenta la importancia del proceso que esté viviendo.
Ciertamente en todo proceso terapéutico pueden surgir dudas e interrogantes bien fundados. Es el derecho a pedir, sobre cierto asunto, una “segunda opinión”. Lo cual es válido siempre y cuando acudamos a profesionales serios y responsables, que tengan la capacidad de confirmar o corregir un diagnóstico y un tratamiento concreto, de manera fundamentada.
Tomemos conciencia. No juguemos de manera irresponsable con la vida de otros, haciéndonos pasar por “expertos inexpertos”. Las consecuencias de nuestra irresponsabilidad pueden ser fatales. Tampoco permitamos que otros de esos “expertos inexpertos” interfieran en nuestra vida desviándonos de la senda del crecimiento personal y de la salud.
“Zapatero a tus zapatos”. Quizás sea difícil decir de otra forma lo que la sabiduría popular ha dicho de forma tan explícita y sencilla.