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sábado, 14 de enero de 2012

ESCLAVIZADO CORAZÓN


Para aquellas personas que niegan considerar lo bizarro como normal, el auge del tema de la esclavitud no puede dejar de ser escandaloso. Nuevas formas se combinan con formas antiguas pero camufladas.

Mas ¿qué es la esclavitud?

En la antigua Roma la palabra “siervo” designaba al esclavo. Fue en el Imperio bizantino donde se comenzó a utilizar la palabra “sklavos” para referirse a la condición de “siervos” de los prisioneros de guerra “eslavos”.

A esto habría que añadir otro dato curioso: la palabra addictus, adicto, designaba en la antigua Roma a la condición del deudor que, al no poder honrar sus deudas, la ley le condecía a su acreedor la potestad de venderlo como esclavo.

“La esclavitud es una institución jurídica que conlleva a una situación personal por la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de su propia persona y de sus bienes” (Wikipedia). Cuestión muy cruel, ciertamente, pero para algunos resultaba menos cruel que la muerte sistemática de todos los cautivos de guerra.

El mundo actual se muestra muy sensible ante las formas de esclavitud y desigualdad de antaño. Los distintos momentos de la historia de la humanidad en la que se avanzó para la abolición de la esclavitud, comenzando por Haití al inicio del siglo XIX, la Guerra de Secesión hasta la abolición de las leyes del apartheid sudafricano, se han visto como grandes hitos de los que nos sentimos orgullosos.

Sin embargo, últimamente nos vamos enterando de nuevas formas de esclavitud que tienen como novedad, por lo menos, llamarlas por su nombre: esclavitud.

Muchas veces la inmigración ilegal a países como los Estados Unidos, sea de países latinoamericanos, asiáticos o de Europa oriental, ha pasado por situaciones de indocumentación que eran hábilmente explotados, por ejemplo, por la “industria” de la pornografía por Internet y la prostitución. Esto sin mencionar especie de trabajos forzados o la participación en crimen organizado como parte de la compensación por las posibilidades de inmigración.

Así, pues, tenemos las viejas esclavitudes que se veían como normales (formaba parte del precio que pagaban los perdedores de la guerra), a la consideración de superioridad de raza o negación de la condición humana por motivos netamente comerciales (imperio británico y portugués) para desembarcar en el crimen organizado que se aprovecha de vacíos legales o de la falta concreta de tutela judicial de los derechos.

Viejos vicios, nuevos desafíos.

Pero esta sensibilidad social tan marcada e importante debe ser completada con una visión crítica de la realidad interna del ser humano.

Y es que el corazón humano con facilidad se esclaviza, perdiendo el sentido para lo que fue creado: amar, perdonar, crecer y la libertad para hacerlo.

Hemos esclavizado nuestros corazones ante todo aquello que creemos que es felicidad y libertad, cuando realmente hacemos todo lo opuesto.

Una frase común que escucho en mi consultorio es: “¡es que lo amo hasta la locura!”. Cuando alguien expresa amar hasta la locura pisoteándose a sí mismo, perdiendo su sentido de identidad, de dignidad y poniéndose a merced de los caprichos del otro; no es otra cosa que un corazón que vive en esclavitud.

Y así poco a poco vamos hipotecando la libertad misma, la libertad de nuestros sentidos y de nuestro mundo interior, queriendo convencernos a nosotros mismos precisamente de lo contrario, creer que somos libres y felices.

La psicología humana es capaz de condicionamientos tales  los que su libertad queda profundamente hipotecada. La industria de la publicidad, cuando se salta los mínimos éticos, pretende elevar la capacidad de adicción (de esclavitud) de las personas al consumo inmoderado.

Al mismo tiempo, la acumulación de bienes y su exagerada valoración de los mismos pueden sofocar la vocación básica del ser humano: ser feliz. El excesivo cuidado por los bienes (la angustia por el cuidado de bienes inmuebles o de vehículos de lujo desproporcionado) dista mucho de estar al servicio del bienestar humano.

La adicción no solo a drogas, sexo, alcohol o cigarrillo, sino a juegos de apuestas o a actividades de alto riesgo, denotan esa pérdida profunda de libertad en la que puede caer el ser humano.

Pero también se nota en esas formas de esclavitud ante eventos dolorosos del pasado, que siguen condicionando el presente; ante miedos de diverso tipo; la inseguridad personal y la falta de asertividad; la forma pasiva como se enfrenta la vida; o simplemente lo que tradicionalmente la gente denomina vicios y pasiones.

Todo esto termina por mostrar el frágil equilibrio de nuestra mente y del sistema nervioso central. La manera como le afectan las alteraciones de diverso tipo y la dificultad para enderezar entuertos. La incidencia de sustancias tóxicas o la predisposición genética de alteraciones bioquímicas que pueden dispararse si la persona se arriesga a vivir experiencias perjudiciales.

No siempre se trata de restituir la libertad perdida, cuando cualquier cosa haya alterado nuestra conducta. Más importante, quizás, sea la responsabilidad por escoger aquellas experiencias que nos permitan crecer en la libertad ya adquirida y, obvio, eludir el riesgo que encierran las experiencias que la ponen en juego.

Con frecuencia escucho la siguiente frase: “ no quiero seguir esclavizándome en éste trabajo”, “no quiero seguir siendo esclavo de éste horario absurdo que maneja mi vida”.. Y así vamos contando y recontando todas las cosas que pensamos o creemos que nos hacen esclavos.

Pero en realidad, ¿cuántas veces tenemos la valentía de mirarnos internamente y descubrir “nuestra esclavitud”? ¿Cuántas veces somos capaces de reconocer que somos esclavos del “qué dirán” dejándonos rendir ante ese “qué dirán” en vez de asumir la libertad de hacer lo que debemos hacer?

¿Cuántas veces somos capaces de darnos cuenta que somos esclavos de las pasiones, de nuestros miedos, de nuestras culpas, de nuestras inseguridades y de todo aquello que de manera equivocada puede estar formando parte de nuestro mundo interior?

Y hemos aprendido a ser expertos en el arte de poner fachadas de supuesta libertad, de felicidad, de autorrealización cuando en verdad todo aquello que no hemos trabajado en nosotros mismos, nuestras posesiones y la presión social nos ha esclavizado el corazón.

Y si es muy cierto que no debemos olvidar que la sociedad, las normas, los valores y la moral nos permiten crecer y ser persona. Pero cuando confundimos esto con estándares sociales, de culturas, sociedades o pueblos que han perdido la noción de ser persona y de ser una sociedad congruente en el que nos retroalimentados de manera positiva y eficaz, es cuando se ha perdido el rumbo y se comienza a esclavizar el corazón.

Creo firmemente en la libertad del hombre para ser feliz.

Creo que nuestros corazones deben ser liberados de todo aquello que nos oprime y no nos permite crecer. Creo firmemente que hay respuestas para aquellos corazones encadenados que buscan la libertad.

Creo firmemente que el hombre puede retomar los pasos de su ingenua inocencia perdida que a fin de cuentas no es otra cosa que tener el corazón de un niño: un corazón sin miedos, sin culpas, sin condicionamientos sino dispuesto a amar, perdonar, crecer y ser feliz.

¿Qué está  esclavizando hoy tu corazón?

sábado, 29 de octubre de 2011

EL INQUILINO

El inquilino es aquel a quien hemos alquilado una vivienda o, en este caso, una habitación dentro de nuestro hogar. En ambos casos la experiencia, esa que se comenta, es parecida, pero obvio que es más complicada si se trata de nuestro propio espacio. Y, para nuestro propósito, este inquilino es del todo particular…

Un día llega alguien con quien hemos firmado (o palabreado) un contrato de arrendamiento. Trae sus pertenencias, las distribuye en la habitación que le hemos cedido; acomoda su televisor, su ropa en el armario, dedica un espacio para colocar su computadora personal, libros; acomoda la cama a su gusto, pone una lámpara para la mesita de noche… y todo lo demás. Como toda relación, tiene un momento de luna de miel en los inicios. “Parece un buen muchacho”, dice la familia; tiene expectativas con respecto a él, los menores están con alguien joven mayor e independiente con quien relacionarse. Además por fin se tiene el anhelado ingreso económico que tanto hacía falta.

Pero luego la luna de miel cede ante la cotidianidad. Cada quien vuelve a su ritmo, a sus cosas… Y tras la cotidianidad entra la realidad y su hermanito, el realismo. Las personas muestran lo que son.

El inquilino tiene su forma de ser, sus propias costumbres, su jerga, sus “mañas” (resabios): la familia se encuentra con la experiencia de alguien diferente, que llega a la hora que quiere, haciendo ruido cuando entra, sin tener la seguridad de en qué condiciones lo hace. Ocasionalmente, cada vez con más frecuencia, su televisión y su música tienen un volumen que invade toda la casa; se ha optado, cosa que se hubiese querido evitar, por llamarle la atención en vano, sin conseguir correcciones. Un día le dio por pintar su cuarto con colores extravagantes. Otro día dejó un desastre en la cocina. La grifería de los baños siempre queda goteando y las toallas lucen manchas que se han hecho habituales, alguna pieza de cerámica se ha roto. Los portazos van aflojando las cerraduras… y así van. Todos los intentos para que esto no pase han sido en vano. Más bien se ha ido agravando.

Un día, para sorpresa de la familia, llegaron de una salida fuera de la ciudad y lo consiguieron instalado viendo televisión acostado en el mueble de la sala. Había latas de bebidas por todas partes y pop corns diseminados por doquier. La reunión, porque esa es la única explicación del desorden, había alcanzado la cocina, cuartos y baños…

Cada paso que avanzaba el inquilino por dominar la casa, era un paso sin retorno. Ya la familia se veía entre sí con cara de asombro, con perplejidad y… miedo. Los pequeños buscaban la cara preocupada de los grandes, queriendo sentir seguridad. La esposa a su vez buscaba encontrar en su esposo una respuesta para esta crisis.

Primero intentaron hablar con él, lo que fue en vano. Luego le pidieron cortésmente que abandonara la casa. De nada sirvió. Por lo que pensaron pasar a mayores: llamar a la policía, introducir una demanda o cualquier otro recurso. Pero tales acciones presuponían mucha energía y determinación. Pensaban en el escándalo entre los vecinos. En los costos. En el tiempo. En el estrés…

En esta indecisión se fue pasando el tiempo. La casa se iba deteriorando cada vez más, solo que ya no se quejaban. La familia fue enmudeciendo los reclamos, y decidieron seguir conviviendo de esta manera. Las relaciones entre ellos disminuyeron de calidad y, en algún caso, hasta quedaron marcadas por el resentimiento. La situación llegó tan lejos, que cada vez que iban a tomar una decisión para hacer alguna actividad en la casa, debían consultarlo con el inquilino. Hasta el uso de la televisión de la sala estaba supeditado a que él no estuviese disfrutando de alguno de sus programas favoritos.

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Reflexiona un rato sobre la historia que acabas de leer. Analiza causas, considera acciones, evalúa tus propias reaccionas. Cae en cuenta de cómo te sientes ante esta situación…

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Pues bien, todo este relato no es otra cosa que una metáfora en forma de narración.

 ¿Quién es el inquilino? ¿Quién es ese personaje extraño que irrumpe en nuestro mundo?

El inquilino son muchas cosas a la vez. Cada uno puede tener su propio inquilino. En general el inquilino es todo aquello que perturba nuestra dinámica psicológica, perturba la salud mental y nuestra paz interior; el inquilino es todo aquello que nos negamos a enfrentar o resolver. Pueden ser situaciones, pueden ser relaciones, pueden ser actitudes, pueden ser heridas que supuran, pueden ser cosas que nos avergüenzan… Puede tener el nombre de ira, de agresividad, de amargura. En cuestiones más graves, podemos pensar en neurosis y depresiones.

Pretendemos vivir sin prestarle atención. Poco a poco vamos comprometiendo lo que somos y vamos identificándonos falsamente con lo que no somos, suponiendo lo contrario.

Y es que el inquilino ha echado raíces de manera tan firme que es difícil erradicarlo. Hemos sido nosotros mismos quienes le hemos permitido al inquilino albergar en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra vida interior, en nuestras relaciones interpersonales y afectivas. Le hemos cedido los espacios más importantes de nuestro mundo interior. Y se nos hace cuesta arriba desalojarlo. El inquilino tiene una fuerza increíble, abrumadora y avasallante. Es él quien responde, piensa y actúa por nosotros.

Pensemos, por ejemplo, en el inquilino de la ira ¿cuántas veces ha sido la ira la que responde, piensa y actúa subyugando toda posibilidad de que nuestra lógica, nuestra objetividad y nuestro deseo de ser persona sea quien responda, piense y actúe.

Asimismo nos hemos acostumbrado a convivir con el inquilino. Ya ni nos percatamos de que existe. Pero es él quien, como hemos dicho, en muchas situaciones controla nuestras vidas.

Obviamente, como cualquier inquilino, de manera paulatina irá trayendo consigo a sus familiares para que habiten juntamente con él. Y cada uno de ellos, aunque en menor escala, colaborarán con el inquilino mayor para seguir deteriorando tu mundo interior.

Si el inquilino mayor es la culpa, es fácil identificar que sus familiares sean el miedo, la angustia, el remordimiento…

Y así vamos por la vida dejando que otros se apropien de la nuestra. Ya ni siquiera hacemos el intento de resistirnos, porque  pareciera que eso es lo habitual o lo normal.

¿Cuál es el inquilino en tu vida? ¿Por qué has permitido que eche raíces en ti? ¿Por qué te has negado a verlo? ¿Por qué dejas que te controle?

Lo más preciado que tienes es tu libertad interior. Con esa libertad puedes luchar y optar por desalojar todo aquello que ha ocupado espacios valiosos de tu vida.

Tenemos que adueñarnos y poseer nuestra propia existencia, entendiendo que cada paso que avancemos es un paso hacia la plenitud.

Quizás estemos toda nuestra vida luchando con los inquilinos. Pero al fin y al cabo estaremos luchando, vigilando nuestros espacios y nuestra libertad en nuestra manera de pensar, hablar y actuar.

El único inquilino que debe habitar en nosotros

 es el inmenso deseo de ser persona.

Dra. Ana J. Cesarino


viernes, 27 de mayo de 2011

ROMPIENDO ESQUEMAS

Los esquemas en la vida tienen su sentido. Al menos hasta cierto punto. Nos permiten tener patrones de conducta para ciertas situaciones que nos resulten novedosas o ante aquellas repetitivas. Sería impensable manejar un vehículo sin esquemas. La higiene preventiva, sería otro ejemplo. La misma rutina diaria requiere de esquemas para poder completar con todas las actividades. No se responde siempre de forma improvisada sino preconcebida. Y eso no es malo.
Y para los esquemas muchas veces se apela a la sabiduría colectiva, esa que se encuentra inclusive en los dichos. “Al que madruga Dios le ayuda”. O “a Dios rogando y con el mazo dando”.
Hacer las cosas de la manera colectiva, asegura parte del éxito. Al menos así se cree.
Estos patrones y esquemas de conducta se moldean desde la infancia, en el mismo ámbito familiar. El papá y la mamá corrigen (“¡no hagas esto!”) y premian las conductas (“¡eso es!”, “bien hecho”, “así se hace”). Igualmente establecen modelos. El niño o la niña imitan la conducta de los padres, pues se sienten identificados con ellos (“yo quiero ser como mi papá”, “yo quiero ser como mi mamá”).
Así pues, los esquemas tienen su razón de ser.
Pero los esquemas también pueden funcionar como mordaza. Puede que nos paralicen ante la posibilidad de ensayar nuevos y mejores comportamientos; o que simplemente no nos permitan corregir los viejos. El varón, por ejemplo, normalmente reprime sus emociones, porque de niño, tanto en su hogar como en contacto con otros niños, se le ha enseñado a negar su sensibilidad. Como adulto puede descubrir que eso no debe ser así. Mostrarse sensible es importante para la relación de pareja y en la educación de los hijos. Manifestar emociones es una gran ayuda hasta para prevenir enfermedades, como las cardiopatías.
Pero los mismos grupos sociales coaccionan para que las personas se comporten de acuerdo con las expectativas preestablecidas o los estándares, los esquemas preestablecidos ¡Cuantos hombres no han escuchado de sus amigos que su buena relación de pareja se debe a que “la mujer lo tiene dominado”! ¡Cuántas mujeres mantienen una relación de pareja insana, porque la “norma social” fija que esto es preferible a estar sola!
Quien piense en “trasgredir” el orden social, puede sentir la tácita amenaza de ser aislado y abandonado, con el pretexto de traición al grupo.
Así que se va actuando como gente sin criterio, diluidos en la masa, un poco como a la manera de un rebaño. Y de esta forma condenamos el crecimiento personal.
Porque crecer es apropiarme de mi vida, hacerla que dependa de mí y no principalmente de los demás o de las circunstancias. Y apropiársela no consiste en volverse viscerales y darle rienda suelta a los impulsos. Es arriesgarse a caer en cuenta y a pensar. A verse y analizarse. A valorar lo más objetivamente posible lo conveniente y sano para mí, con las implicaciones morales que tenga. Es asumir ciertos esquemas como míos, porque me ayudan a crecer. Pero también es arriesgarse a romper con otros.
Por ejemplo, si lo habitual entre los padres es que tengan poca autoridad sobre los hijos pequeños (estos les gritan, forman una pataleta, se vuelven malcriados y desafiantes hasta que consiguen lo que están buscando…), yo no tengo por qué conformarme con repetir lo que los demás hacen. Puede que no opte, pues de hacerlo sería reprobable, de actuar de manera déspota. Pero puedo buscar imponer respeto y no ceder. No sucumbir ante el chantaje de la culpa de creer que estoy desgraciando a mis hijos cuando un “no” es la respuesta adecuada y justa. No esquivar a la incomodidad de educar, sino ser educador porque soy papá o mamá.
Pues quien rompe esquemas no lo hace por retar la originalidad, de ser distinto o de llamar la atención. Lo hace como fidelidad a la conciencia y a los valores.
Una persona puede montar un negocio de comida rápida. Para muchas personas, la estrategia consiste en comenzar mostrando una relación atractiva entre precios y calidad de los productos. Y una vez que tienen cierta clientela, desatender la calidad o bajarla para ahorrar costos. Más esta persona podrían no repetir ese esquema por considerarlo deshonesto con quien contrata sus servicios. Un profesional de la salud que evita relacionarse con calidez humana con sus pacientes, como otros colegas, podría reconsiderar ese comportamiento en base a su compromiso como médico o psicólogo. Una mujer que pretenda a un hombre que está interesado por otra, podría decidir dar la retirada, si tal situación es degradante para ella o pone en juego valores, aunque otras actúen de forma distinta (inventan intrigas o siembran dudas y rumores).
No siempre se puede ni se debe actuar como lo hacen los demás. Una cosa es lo común y otra lo normal. Lo común es el comportamiento que estadísticamente más repite las personas. Pero no puede transformarse en normal, que proviene de la palabra norma-regla. No puede elevarse a la categoría de lo que hay o se debe hacer. No puede considerarse como regla, porque sea lo que habitualmente hace la gente. Lo común es algo distinto de lo que debería ser normal. Algo puede que sea común, pero lo normal, la norma, debería ser mejorarlo.
En algunos grupos sociales, generalmente de jóvenes, es común el consumo de drogas. Pero eso no puede ser normal. No puede gozar de la apatía de la sociedad. Lo normal es que la sociedad haga lo posible por evitar que dicho comportamiento se expanda… y que se puedan rehabilitar los consumidores.
El fracaso en las relaciones de pareja, sean o no casadas, es algo habitual: es común. Eso no excusa el que se analicen las causas y se busquen estrategias, a nivel personal y como sociedad, para que haya una mayor estabilidad para las relaciones que se den. Lo normal no puede ser el que la gente se haga adulta acumulando heridas y fracasos.
Hacemos esquemas de lo habitual y común, quizás por comodidad o por irresponsabilidad. Es una cadena que se reproduce y asfixia las más íntimas aspiraciones de superación humana.
Y solo se puede mejorar si nos decidimos romper con los esquemas que aunque sean comunes, no sean beneficiosos pero que nos hayamos adaptado a percibirlos de manera normal.
Tomar conciencia es fundamental para ir descubriendo qué circunstancias, ideas o esquemas preestablecidos debamos romper, recordando siempre que lo común no siempre es lo normal.
Estar atento a esta situación en mi vida y enseñar a los que me rodean, de manera particular a mis hijos, podrá darme la seguridad que, aunque no forme parte del “rebaño”, estoy haciendo todo lo posible por crecer, por ser persona…
A fin de cuentas lo que busco es ser… plenamente humana…

viernes, 6 de mayo de 2011

ÍDOLOS


Pareciera que en estos tiempos de crisis interno el ser humano fuese una máquina de fabricar ídolos. Tal situación es altamente reveladora. El ser humano no se mira internamente para descubrir qué áreas de su vida necesita trabajar y perfeccionar el auténtico sentido de lo genuinamente humano.
Ya Maslow y otros apuntaban esta realidad, inclusive proponiendo una pirámide de necesidades que parten de las básicas, como la alimentación, hasta la realización, que podría ser una metanecesidad.
Pero esta elaboración teórica, con su valor práctico, se encuentra con un aspecto novedoso de tipo social: la inestabilidad de todo lo que se consideraba firme y proporcionaba sensación de seguridad.
Ya tal experiencia se tiene en el paso de la infancia a la adolescencia: nuestros padres, encargados de crear esa protección a nuestro alrededor, son seres quebradizos. Si a esto se suma la inestabilidad de la familia y las separaciones y divorcios, poco se consigue en la familia.
Más además de la familia, está el entorno social. En distintos países la estructura social que avanzaba de manera exitosa desde hace casi dos décadas, se quebró por diversas razones. En otros, se van dando tumbos buscando salidas o, también ocurre, el tejido social ha sufrido un deterioro acelerado.
La cosa está en que las fuentes que proporcionaban seguridad se han desvanecido. Si, cuando se optaba por dejar atrás una sociedad marcada por el elemento religioso, se buscaban sustitutos que idolatrar, hoy en día la necesidad no es menor, porque la angustia es mayor.
El ser humano está siempre en referencia a algo externo y que lo supera, a lo que busca servir. Puede que en términos generales hablemos, por ejemplo, de egoísmo, pero el egoísmo no es solo hacer de mí lo más y único importante en la vida, sin importar los otros e, inclusive, en contra de los otros. El egoísmo consiste en moverse por lo que creo que es importante para mí y deseo conseguir o conservar, porque me hace sentir superior o provoca en mí sensación de placer o bienestar aparente, que disipa la angustia a ras de piel y los complejos.
Ciertamente que, en la escala de valores creada de manera poco realista, tener ciertos “logros” sirve también para reforzar cierto sentimiento de superioridad: a todos los demás le pueden ocurrir ciertas cosas que a mí no, porque yo estoy en una escala superior de existencia.
Al final la función de los ídolos es esa: creer que se tiene el sartén de la vida agarrado por el mango.
Pero, en términos generales, los ídolos tienen que tener alguna forma o figura. Tienen que irradiar poder, para brindar seguridad. Algunos podrán conformarse con el uso de amuletos. Pero los demás necesitan cosas más relevantes.
¿Qué tal si empezamos refiriéndonos al dinero? Es un ídolo exigente, porque sus devotos, para experimentar las bendiciones de su seguridad, deben servirlo constantemente para salir victoriosos. Muchas veces a expensas de sacrificar lealtades, fidelidades, amistades…
Pero también puede ser la vida amorosa. Vida amorosa en cuanto a la colección de conquistas, con toda la variedad de formas y maneras. Una nueva conquista siempre hará falta para inmolarla al amor de ídolo. Se tendrá el desafío de la carrera contra el tiempo, y lo pasajero de las conquistas. Apenas conseguida una hay que ir en búsqueda de la siguiente. Eso diferencia este amor de aventurillas al amor estable y real.
La belleza es otro de los ídolos. Concentrar toda la atención, energía y dinero en mejorar una apariencia personal seductora. Valgo según aparento. Es la promoción del envoltorio, lo que lo hace diferente de la autoestima: no importa lo que soy por dentro, importa lo que hago creer, que me distingue de los demás, y lo que consigo a través de eso.
Más también está la fuerza. Puede ser la fuerza física o la fuerza conseguida por otros recursos. Intimidar y disuadir. Someter a los demás sin posibilidades de queja. Doblegar a la familia para conseguir un control férreo por su supuesto “bien” o para obligar a que me amen. Ejercicio constante de escaramuzas que muestre quien está al mando.
Un objeto que me prolonga o sustituye, como centro de atención. Por ejemplo, un carro. Los recursos del afecto y el dinero los absorbe el vehículo. Como si este sustituyera a la pareja o compensara mis frustraciones. El carro me representa, toma mi puesto, consigue ser lo que yo no soy. Me eleva sobre aquellos que se contentan con tener algo que los traslade. Necesidad que pone a la familia en segundos lugares…
El trabajo: el vértigo de vivir de manera desenfrenada como una máquina de producción. Como una pieza más del engranaje. La cosecha del éxito y promoción a costa de la salud y el tiempo para, por decirlo así, ver crecer a los propios hijos…
Todos los ídolos exigen fidelidad rigurosa. Lo que convierte a la persona en un ser humano degradado. Se pierde la noción de lo que es realmente importante. Se deja de atender a todo aquello que necesita constantemente ser alimentado.
Entrar en crisis en relación con las falsas seguridades implica mucho de vértigo. Es aceptar que el piso sobre el que apoyamos la vida es inestable e inseguro… si existe un piso. Pero sobre pisos frágiles no pueden construirse grandes proyectos de vida. Así que la revisión es obligatoria.
Una necesidad inmediata de entender que todo aquello que representa ídolos en nuestra vida nos esclavizan llevándonos a un torbellino de vida superficial y vana. Mientras que todo aquello que se nos da libremente como el amor, la salud, la fidelidad, la familia… pasa a un segundo plano, por no decir que, en ocasiones, a un plano inexistente, cuando son estas las cosas que realmente nos libera, nos permiten crecer y ser persona, en el más amplio sentido de la palabra.
El antídoto es la vigilancia: estar atento ante la amenaza idolátrica en cada uno. Nadie está inmune.
Solo derribando los ídolos que existen en nuestra vida podremos identificar el vacío que estaban llenando, y tomaremos las decisiones lúcidas y responsables para crecer a partir de ellos y conocer auténticamente nuestras necesidades, para trabajar en ellas y conseguir ser auténticamente plenos.


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A NUESTROS AMABLES LECTORES PIDO DISCULPAS POR EL RETRASO EN LA PUBLICACIÓN CAUSADOS POR PROBLEMAS EN LA CONECTIVIDAD DE LA RED

viernes, 15 de abril de 2011

VERDAD QUE ESCLAVIZA

En mi experiencia de vida he escuchado a tanta gente que dice cosas desgarradoras en nombre de la verdad. Como escudo de sus acciones dicen “la verdad duele, pero es la verdad”. En otras ocasiones su lema es “por la verdad murió Cristo”. O simplemente “la verdad es la verdad”.

Así, pues, se han proclamado a sí mismos como “defensores de la verdad”. Van a la caza del defecto ajeno el cual terminan restregando en la propia cara del infractor. La verdad aparece con un poder de humillación hiriente único.
En sus manos es un dardo envenenado de ira, resentimiento y venganza con el objetivo de derribar a quien parece ser que sea su contrincante. Para ellos las seguridades son falsedades que deben desenmascarase. Y esta forma de actuar luce altamente sospechosa ¿por qué ese ensañamiento con las debilidades y miserias del otro? ¿es que la verdad debe ser así de dolorosa para ser verdad? ¿por qué la verdad tiene que ser inmisericorde? ¿por qué la mirada puesta en los demás y desviada del propio corazón?
En psicoterapia se conoce el poder de la verdad. Es cierto que muchas personas necesitan encontrarse con su verdad, la verdad de su vida, para poder avanzar. Y es la angustia la que genera resistencias que toman la forma de lo que se llaman “mecanismos de defensa”.
De manera contraria, el encuentro con la verdad que sana se realiza en una aproximación progresiva, que se da en un ambiente que ofrece seguridad. Las personas pueden encontrarse con su verdad sin temor a que se produzca un caos que afecte la totalidad de su vida. Su verdad, tan temida, puede enfrentarse sin el miedo al rechazo. La verdad asumida con la mano cálida y firme de quien tiene el compromiso de conducir a la salud mental, es la verdad que libera.
Presta un pésimo servicio quien, sin tener ni siquiera las nociones básicas de ayuda, espeta una confidencia: “¡Tú eres una madre alcahueta de un hijo drogadicto!”  Nada ayuda y mucho empeora. Y deja el interrogante sobre lo que pasa en la persona que hace la acusación. El afán de minimizar a las demás personas puede recubrir complejos, heridas, debilidades, que deben salir paulatinamente a la superficie en un proceso de sanación.
La amargura en las declaraciones sobre otras personas son indicios de experiencias no resueltas en la propia vida. Quien desea prestar atención a los defectos de los demás, debe comenzar arreglando la propia casa. Sino la tarea de ajusticiar no es más que el entretenimiento de quien busca desviar la propia mirada de lo realmente importante.
La verdad más profunda, esa que libera emociones prisioneras y concede palabras a anhelos escondidos, tiene la suavidad y firmeza propias de la misericordia. Es una labor de cirugía: busca extraer el tumor con la menor cantidad de traumatismos. Es cuestión de compasión, cuyo significado es padecer-con.
Ya lo señalaba cierto psicólogo, cuando refería a la empatía como una cualidad que debía acompañar a la autenticidad. Se tiene que estar en sintonía con el mundo de experiencias y emociones de la otra persona, para poder ajustar la manera como se va a plantear algo que conlleve dolor.
La cruda realidad no puede ser excusa para comentarios en la cara o a las espaldas demás, porque se es auténtico. El respeto por la fama y la privacidad de quienes han incurrido en ciertos errores es pilar para el auténtico crecimiento y superación de los seres humanos. No puede utilizarse de comidilla en las reuniones.
Nadie puede creer que tiene licencia para difamar o, peor aún, calumniar. El esmero por marginar a quienes se han equivocado, utilizando diversos recursos que proporciona la imaginación humana, puede ser una estratagema para crear una falsa sensación de seguridad.
Es claro que algo de dolor acompaña el reconocimiento de lo que es humillante o vergonzoso. Pero a la parte dolorosa de la verdad no se le puede añadir otros sufrimientos extra a través de tratar a las personas de manera vejatoria. Quien tiene algo que decir debe asegurar el bien de los demás. Solo podría hablar quien ofrece amor incondicional para superar el dolor mas que para enterrar en él.
Las verdades gritadas son sospechosas. Una cosa será cierta se diga de manera suave o de forma escandalosa. Quien grita quizás libera gritos encerrados por experiencias propias. Quien es gritado escucha la intensidad del grito más que el significado de las palabras.
En las relaciones cercanas, como la que se da en esposos o entre padres e hijos, deben hacerse llegar dos mensajes simultáneos: te amo y no estoy de acuerdo con esto. Es decir, aquello sobre lo que se quiera llamar la atención no es motivo para retirar el amor sino para afirmar que se ama. Gestos, tono de voz, selección de las palabras, la mirada puesta en los ojos de la otra persona… son canales de comunicación que ponen a prueba la propia sanidad interior.
La verdad siempre debe ser un proceso liberador, sobre todo cuando nos libera de todo aquello que no queremos ver y no nos permite  crecer, per cuando utilizamos "la verdad" para herir y debilitar al otro, es cuando nos hacemos esclavos. En otras palabras, la verdad del otro me hace esclava de mi inmadurez, mi pobre salud mental, de mi vanidad,  de mi egoísmo, de mi venganza...
La verdad es siempre liberadora cuando asumo mi propia verdad.
Se vuelve esclavitud cuando quiero utilizar la verdad del otro.