viernes, 25 de febrero de 2011

EL FANTASMA DE LA CULPA

Cuando era niña acostumbraba a pasar mis vacaciones en la casa de mi abuela materna. Ir a casa de mi abuela a los Andes venezolanos era, tanto para mí como para mi hermano mayor, toda una aventura. Todo era distinto: el clima, la comida, la manera cómo se relacionaba la gente, las pautas sociales, la vida religiosa, el modo de hablar. Era un mundo completamente distinto de aquel en el que yo generalmente me desenvolvía. Por lo cual era extraño y al mismo tiempo fascinantemente maravilloso. Solo existía un pequeño detalle que distorsionaba mis vacaciones: el final del día.
Era típico de las familias andinas reunirse en los largos corredores de las casas para contar historias de espantos y fantasmas. Mis primos y yo fijábamos la atención con venerable silencio en aquel que, cuidando las pausas y la dicción, traía una típica y crédula historia de espantos y aparecidos. Los niños hacíamos corro para no perder los detalles más anecdóticos de quien tomaba la palabra, mientras el corazón se nos aceleraba y una especie de corriente eléctrica recorría a todo lo largo de nuestra columna vertical. Cuando terminaba la sesión era tiempo de ir a acostarse. Se cerraban los accesos de los corredores, quedando las habitaciones a oscuras, solo escuchándose el crujir de la madera de las viejas ventanas y puertas. Aterrorizados mis primos y yo terminábamos durmiendo todos juntos, acurrucados, con la cobija envolviendo nuestras cabezas implorando que ningún fantasma se nos fuese a aparecer. Este evento sucedía con una frecuencia casi diaria. No solo ocurría en casa de mi abuela, sino que la escena era parecida en el resto de las casas. Así que, todas las noches, yo debía enfrentarme a la “realidad” de los fantasmas.
Pero ¿existen realmente los fantasmas? ¡Claro que existen! Después de haber recorrido tantas situaciones en mi vida, me doy cuenta que efectivamente sí existen, existen en nosotros, en nuestra mente.
Obvio que de adulta esas imágenes han quedado en mi memoria como vestigios costumbristas, algo ligado al folklore andino venezolano. Pero los fantasmas siguen deambulando por ahí, en la cabeza de muchos: son los fantasmas de la culpa.
Y creo que efectivamente la anécdota ilustra muy bien lo que es la culpa: un fantasma que está agazapado en los rincones de la mente, que nos acompaña y sigue, dispuesto a aparecer apenas tenga ocasión… o le demos oportunidad.
Es que así es: la culpa con su índice acusador nos pisa los talones. Sea por motivos reales o imaginarios, ahí está, queriendo sabotear la vida con sus diferentes matices y gustos. Sea para afirmar que no somos dignos de crecer, cambiar o ser felices. Sea para indicarnos que, para qué tanto esfuerzo, si al final no merecemos el laurel de la victoria.
Lo que no siempre sabemos, o recordamos, es que la culpa se agiganta con el miedo de la huida. Nosotros le damos a las sombras la consistencia de un peligro inminente, desolador, desorganizador y desintegrador de la persona. Ante la amenaza nos replegamos, empequeñecemos, queremos pasar desapercibidos, volvernos invisible. Así su sombra se extiende y oculta la luz del sol para arrojarnos al mundo de lo tenebroso: una sensación difusa de culpa generalizada sin motivos del todo concretos.
¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Repitiendo desde el principio un mismo error: no enfrentando la culpa. En vez de optar por la huída frenética, está el pararse frente a ella para mirarla fijamente. La culpa encarada se va diluyendo a proporciones manejables, cuando la culpa es real. Porque cuando la culpa es inventada termina por desaparecer.
Recuerdo que cada vez que regresaba de vacaciones de casa de mi abuela, era “normal” que en la noche tuviese miedo y no quisiese dormir sola en mi cuarto. Por lo cual mi papá, que era médico, un hombre inteligente, que provenía de la capital, y con una cultura más analítica, me preguntaba “¿qué pasa?”. Y yo le respondía “tengo miedo”. Papá me miraba con asombro, y me decía: “¿MIEDO? ¿Y DE QUÉ?” Entonces yo le respondía: “¡DE LOS FANTASMAS!!!” Era cuando papá dejaba el texto de medicina que en ese momento estuviese estudiando para sentarse conmigo y explicarme que los fantasmas no existen. Su manejo era interesante: abordaba la situación desde el análisis y la lógica. En otras palabras, la razón debía prevalecer sobre la emoción. Solo así podía disipar mis miedos.
La culpa real, la estrictamente real, también hay que verla sin titubeos. Si he incurrido en algún tipo de acción reprobable, no porque huya dejaré de ser responsable. Todo lo contrario. Porque soy y quiero ser responsable la miro y la asumo. No me escudo ni me excuso. La comprendo como algo que dependió de una decisión mía, errada en el juicio que hice para llegar a ella, en la intención o en la opción (es posible optar también por el mal y siempre esa decisión será un error con consecuencias ineludibles). Crecer depende de esto: de hacerme responsable. Y la responsabilidad, en último caso, está más allá de la culpa.
Porque la culpa paraliza, la responsabilidad moviliza. Si he fallado, debo cambiar; si he perjudicado, debo asumir las consecuencias o reparar mis acciones. Siempre se puede aprender del responsabilizarme, aunque sea del sabor amargo que queda después de una mala acción.
No puedo permitir que la culpa sea mi “conciencia”. Es decir, la culpa no puede ser la que hable y la que tome la iniciativa para actuar bien, actuar mal o simplemente no actuar. Darle ese poder a la culpa acarrea riesgos mayores que nos pueden dañar y dañar a los demás. Ejemplo de ello es el caso de aquellos padres que puedan experimentar culpa, sea real o irreal, en cuanto a que no pasan suficiente tiempo con sus hijos, por lo que compensan ese sentimiento dándoles alas de libertad perjudiciales para su madurez o, en algunos casos, hacen regalos costosos sin que los hijos hayan hecho esfuerzo alguno para ganárselos.
La culpa es una puerta abierta al chantaje. Todos o muchos pueden conseguir de mí lo que desean porque descubren que mi culpa tiene tal dimensión que me somete a los deseos, caprichos, intereses de otros, aún cuando la razón esté diciendo lo contrario.
Debo y tengo que asumir mi culpa, no para esclavizarme de ella, sino para realmente liberarme, sea real o imaginaria. De otra manera viviré eternamente enclavada en la oscuridad sin poder ver la luz que disipa las sombras.
¡Qué sabio era papá! Los fantasmas no existen. Los hemos creado nosotros mismos y solo podemos combatirlos con la razón.

viernes, 18 de febrero de 2011

TEMORES...

En mi experiencia en el consultorio me consigo con personas que van haciendo avances significativos dentro de la problemática que traían. No solo lo veo en los relatos que me comunican sino también en su rostro, su mirada, en la piel, su tono de voz, la forma de expresarse, su manera de relacionarse, de abrazar… Lo cual es, por supuesto, muy pero muy importante tanto para su proceso como en cuanto al rapport que tienen conmigo. Las personas se han abierto, confían, pueden mostrarse como son, los mecanismos de defensa se pueden remover fácilmente, las personas son permeables a las observaciones que haga y entienden que, independientemente de sus avances o retrocesos, cuentan con mi apoyo incondicional para seguir adelante.
Así que una vez que el cielo se despeja, ya no hay nubarrones y menos las tormentas que las trajeron a mi consultorio, tienen por delante la inmensa oportunidad de comenzar de nuevo… o de tomar el control de su vida y dirigirla para alcanzar aquellas metas anheladas y pospuestas, o que se encontraban muy lejos de realizarse por los conflictos internos que se traían.
Sin embargo, este panorama, que se podría comparar con un prado en un día soleado de primavera salpicado de margaritas, no es así. Es decir, teniendo la persona ante sí un sin número de oportunidades reales para su vida, que impliquen no solo beneficios sino ocasión para seguir creciendo en plenitud, la gente queda paralizada en muchas ocasiones. Mejor dicho, petrificada. Ese mundo es temible… por ser desconocido ¿Quién sabe qué sorpresa nos espera a la vuelta de la esquina? ¿la posible decepción no tendrá la amargura de la derrota, del fracaso, de reafirmarnos en nuestra propia incapacidad? ¿realmente tanta belleza es para mí?
El miedo aparece como los demonios en los relatos de los monjes: una tentación sin más poder y asidero real que el que le otorga nuestra cabeza. Ante tantas posibilidades de realización, mejor es no intentarlo. Además, en el mejor de los casos que todo salga bien, ese como que no soy yo. La ropa del éxito, de momentos gratamente felices, esa ropa no es de mi talla o la tengo como ropa prestada de otra persona… Y esa es la tentación: renunciar a lo que puedo hacer porque sentirme así de bien es extraño. Lo mío, lo normalmente mío, es sentirme mal. Como si una persona no respirase bien hasta que la operasen de las adenoides y, más adelante, cuando le dan de alta se sintiera irreconocible: ¡esta no puedo ser yo, porque yo soy aquella que respiraba por la boca! Solo que en el caso de una operación quirúrgica nadie pide que le reimplanten lo que le extrajeron para mejorar la salud.
Esa sensación extraña, por ser desconocida, curiosamente causa miedo. No sentimos que somos nosotros, así que la gente debe darse la oportunidad para experimentarse. Como un niño que ha anhelado meterse en el mar, en la piscina o aprender a nadar. Exactamente así. Normalmente un niño puede sentir emoción o algo de angustia, pero si se siente con la seguridad suficiente, en él o en quienes lo apoyan, no va a renunciar a esa nueva experiencia. La siente como buena, como un logro, lo va a  unir a ese grupo selecto de nadadores o podrá, en el colegio, contar sus aventuras de playa a los demás compañeros que también lo hayan hecho.
Y tal cambio, desde el punto de vista terapéutico, no es opcional. No es algo que se puede o no escoger. No tendría sentido, por ejemplo, superar relaciones insanas para cambiarlas por otras igualmente de dañinas. O dejarse controlar la vida por culpabilizaciones relacionadas con los padres para que ahora quien culpabilice sea la pareja. Reafirmarme en que es positivo para mí incluye un cambio práctico de lo que yo pienso de mí misma, de la autoimagen y autoestima… Tanto que, si me decido, iré poco a poco arriesgándome, en el buen sentido, hacia experiencias enriquecedoras, aunque me suden las manos. Pero dentro de un año hacer esas experiencias será para mí actuar de acuerdo a lo que realmente soy.
Estamos tan acostumbrados a ser esclavos de nuestros miedos, que cuando finalmente hemos podido disipar todas aquellas situaciones perturbadoras en nuestra vida y ser finalmente libres, es cuando de pronto aparece como por arte de magia lo que más debemos temer: el miedo mismo, que puede ser el obstáculo final que nos impida ser plenos. Estamos tan acostumbrados a convivir con el miedo, que no nos damos cuenta que esta ahí y que es quien controla nuestras vidas, pero ¡OJO!, aunque el miedo en algunos casos pueda ser real, en la mayoría de los casos son irreales, miedos que nos hemos creado, que nos hemos inventado y que nos sirven de excusas para no ser felices ¿Qué hacer ante ésta realidad? Primero, admitir nuestros miedos; segundo, descubrir cuáles de ellos son reales y buscar alternativas de cómo enfrentarlos con cautela; tercero, cuáles son nuestros miedos irreales y enfrentarlos con nuestro raciocinio. Cualquiera que sea el caso, enfrentar nuestros miedos siempre será la mejor opción. Tener a alguien de confianza que nos ame y nos conozca puede ser importante en éste proceso, pues al compartir nuestros miedos, que en su gran mayoría son irreales, permite que la otra persona nos haga observaciones objetivas que los derriben y nos permitan seguir adelante.
Tener miedo no nos hace menos persona. El reconocerlos y enfrentarlos si nos hace ser persona, pues ser persona es enfrentar y asumir todo lo que somos, nuestras miserias pero también nuestras luces. El reto es no dejar que el miedo nos esclavice, sobre todo si ya hemos recorrido un camino importante hacia la plenitud. La gran tentación es estancarse en el camino por la paralización del miedo. Ser plenamente humano es tener la capacidad de mirarnos y desde nuestras miserias impulsarnos para ser cada día mejor, descubrir que nuestro corazón tiene una inmensa capacidad para amar y recibir amor, pero que el miedo a veces no nos permite vivir ésta experiencia profunda de amor; no sólo con nosotros mismos sino con todos aquellos que forman parte de nuestras vidas y de todas aquellas personas que aún no siendo cercanas puedan enriquecernos con su vida y su amor.
El miedo es un corazón a la deriva.

viernes, 11 de febrero de 2011

...Y SOY REGALO…

Dentro de unas horas cumpliré 50 años. Me doy cuenta que he recorrido ya más de la mitad de mi vida. Me miro al espejo y descubro que mi piel comienza a marchitarse, que han aparecido pequeñas líneas de expresión. Algunos pocos de mis cabellos comienzan a encanecer. Me miro de nuevo en el espejo y no me reconozco. Y es entonces cuando surge la inevitable pregunta: ¿quién soy?
Me miro internamente. Hago una pequeña pausa para hacer, en silencio, el recorrido de lo que ha sido mi vida. Al igual que cualquier otra persona, he tenido mis altos y mis bajos; mis aciertos y mis errores, mis fracasos y mis triunfos; mis penas y mis alegrías… No puedo dejar de pensar lo grande y maravillosa que ha sido la vida conmigo. No me siento resentida con ella, con la vida. No tengo nada que reclamarle. Pues cada día confirmo que soy lo que soy porque la vida me ha dado mucho. Y cuando digo mucho, no solo hablo de aquellos momentos idílicos o hermosos de la vida, sino también aquellos que han sido difíciles y dolorosos, porque me han enseñado a mirarme, a conocerme, a valorarme. Cada experiencia de dolor también fue una experiencia de crecimiento personal y, por supuesto, experiencia de amor. Pues es en esos momentos es cuando he sentido con mayor intensidad el amor de Dios, su gracia, su ternura y su mano que me levanta y me invita a seguir adelante, a construir plenitud desde la miseria ¡Cómo no ser agradecida!
Soy un cumulo de experiencias, algunas hermosas, otras no tanto. Soy resumen de vida de aquellos que me han amado, de aquellos que me han enseñado y me han orientado. Soy experiencia viva de amor que trasciende y va más allá del dolor y sufrimiento. Soy un leve susurro que se pierde en el viento. Soy la mano firme que una vez fue insegura y temblorosa, pero que hoy puede ser tendida con la delicadeza de una ternura, acompañada de una palabra o de un gesto de amor que dice a mi hermano/hermana, no te rindas; la vida es hermosa. Soy lo que me han enseñado, aquello que no he querido desechar sino, aquello que me ha enriquecido. Soy hija de padres fieles a su compromiso, fieles a la humildad, a la generosidad y al servicio de otros. Soy hija fiel de un padre que me enseño que aprender algo no era suficiente, sino que debía aspirar a ser un ser sediento de conocimiento, ética, moral y responsabilidad. Soy hija de una madre, que entendía la generosidad, que sabia y reconocía nuestra limitación humana para descubrir la inmensidad de la vida espiritual. Soy herencia de una familia hermosa, que a pesar de sus limitaciones, ante todo ha sabido ser amorosa, gentil, generosa, en otras palabras: luz para otros. Soy aquella pequeña niña que se asombraba de la belleza del cielo estrellado desde la casa de mi abuela materna. Y la niña ingenua que creía que podía cabalgar libremente en la hacienda del abuelo.
Soy llamada y soy respuesta. Soy oídos, soy mirada y a veces voz de aquellos que sufren y esperan.
Soy madre, que busca respuestas y que a veces ante situaciones que me presenta la vida, me pregunto: ¿Qué debo hacer?
Soy también vasija de barro, vasija frágil, en la que Dios en su inmensa misericordia, desea vaciar su amor. Soy sonrisa, soy ternura, soy consuelo, soy esperanza.
Soy humana, conozco mi miseria, pero también conozco la plenitud. Soy lo que quiero ser, lo que deseo ser. No tengo todas las respuestas, pero si el deseo inmenso de amar y ser persona, de crecer, de ser reflejo del amor de Dios. Quiero ser regalo para otros, quiero ser ternura y misericordia, quiero ser todo aquello que mi padre Dios quiere que sea.
No antepongo barreras, he vivido lo suficiente como para saber que solo Dios basta. No miro atrás, ni miro el mañana, para mi, solo existe el hoy, el presente. Y si por alguna razón, tuviese hoy que enfrentarme al final de mi vida, solo me gustaría poder decirle a mi Creador, con plena certeza y confianza, he amado como tu, mi Señor, me has amado, puedo ahora descansar en ti.
Soy regalo de amor de aquellos que me han amado…


viernes, 4 de febrero de 2011

… Y ME DEJO AMAR

Por donde quiera que voy la gente expresa sentirse sola, no sentirse amada, estar deprimida. Forma parte de las confidencias que se me hace. Pero no es una impresión solo personal. Para la Organización Mundial de la Salud la depresión será la segunda causa de incapacidad para el 2020.  Así que va a ser prácticamente como la enfermedad del siglo junto a las cardiopatías. Así que lo sé por lo que dice la OMS, pero también lo sé por las personas que acuden a mi consulta.
La depresión puede ser orgánica, de orden biológico, no producto de agentes externos como es la depresión reactiva. Cuando una persona se deprime, siente tristeza, desánimo, falta de energía, apatía, desinterés por la vida, se aísla, nada tiene sentido para ella... No todas las depresiones son orgánicas ni todas son reactivas, pero en ambas se requiere de la ayuda profesional para superarla con las menores complicaciones y en el menor tiempo, con ayuda en algunos casos de fármacos.
Pero ¿a qué se debe el auge actual de la depresión entre la gente? Proviene de un hecho muy simple y muy humano como para que tenga proporciones de pandemia: el desamor. Esto propicia su aparición. Y digo la “gente”, porque la palabra gente engloba a varias personas que coinciden en el espacio y en el tiempo. Varias personas que comparten un mismo espacio se sienten solas, sin encontrarse, aisladas, es decir, actuando como islas… y la parte difícil de la vida completa golpeando y desatando oleadas de ansiedad, angustias, gritos solitarios… sin estar físicamente solos. Pueblos africanos, en espacios de baja densidad demográfica, sufren de menos soledad y depresión que, por ejemplo, en las grandes metrópolis.
En medicina hay un síndrome parecido: se llama resistencia a la insulina. El organismo cuenta con suficiente azúcar (glucosa), puede tener hasta excedentes en cuanto a la insulina, y lo único que necesita esta es fijarse a los tejidos para que las células aprovechen la energía de la glucosa… pero tal cosa no ocurre. Así ocurre en la vida: podríamos enriquecernos mutuamente, necesitamos encontrarnos para llenar de afecto nuestras vidas y, al final, actuamos como extraños. Nos deprimimos por falta de amor, porque hemos creado resistencia para propiciar experiencias que nos hagan sentirnos amados.
Y la existencia del ser humana está hecha para vivirla en colectivo, en comunidad: para amar. De distinta forma, obvio, según la persona que se tenga delante. Pero la vida se torna una carga aplastante cuando no existe la experiencia de amor. Las dificultades más complicadas pueden enfrentarse, porque existen razones para vivir, para seguir luchando. El amor oxigena el alma. Y lo más sencillo de la vida se hace insoportable. Así que, si se va evadiendo, por las razones que sean, no es que la vida continúa como si nada pasara. Hay un pase de facturas. Se hipoteca la calidad de la existencia. Se fragmenta nuestra capacidad de sentir, de ser humanos. Nadie puede vivir absolutamente solo, ni a nivel físico ni a nivel psicológico. Si esta dimensión del ser humano se atrofia atrofiándose la persona misma… con la particularidad que, habiendo quienes desean amarnos, nos cerramos a su encuentro y cercanía.
Lo cierto es que la resistencia a amar y dejarse amar es una forma sutil, hasta filosófica, de boicotearse. Yo les digo a mis pacientes y amigos que es una forma de “sabotearnos”, de “auto-saboteo”. Nos negamos a vivir momentos gratificantes, a experimentar la alegría del encuentro, por temor a la pérdida del mismo. O a la indignidad. Porque esta resistencia, o saboteo interior, se viste de diversas formas. Gestos, miradas, actitudes que disuaden a los demás de relacionarse amablemente con nosotros. Y para nosotros el que así suceda termina hasta siendo natural. Por ello, si alguno se acerca con amabilidad, experimentamos la alarma de la desconfianza. Si alguno ofrece su ayuda, nos decimos internamente que trae otro interés. Si es alguien del sexo opuesto que busca ser amistoso, las sospechas sobre su sinceridad emergen al menor descuido. Y esto sin mencionar a aquellos que se arriesgan a decir un “te quiero” o “te amo”, ya que ni nos lo permitimos siquiera con nuestros propios hijos.
Entonces vamos caminando por la vida a la defensiva. Los unos desconfían de los otros rehusando cambiar los patrones de conducta. Y nos negamos a vivir la experiencia cotidiana de intercambiar pequeños gestos de amor, pues son pequeños y no grandes gestos los que hacen falta, que son los que van entrelazándose cada día para imprimir vitalidad a nuestra existencia. Y vamos por la vida con esta resistencia que nos mantiene aislados, haciéndonos depresivos, ir muriéndonos de soledad, en el pernicioso círculo vicioso de la desconfianza y resistencia mutua.
Pero en la vida nada está determinado de antemano. Nosotros podemos decidir el rumbo que queramos seguir. Los cambios que consideramos efectuar en nosotros… Yo puedo dar el primer paso: basta con dejar abiertas las puertas del congelador para conseguir deshelar el corazón.
Una sonrisa, una palabra amable, un gesto de cercanía, mirar atentos, escuchar al otro, ser agradecidos, un abrazo espontáneo… nos abre las puertas a la experiencia del amor.
Me doy cuenta que son muy pocas las personas que tienen experiencias de lazos afectivos sólidamente estables, que han permanecido durante el tiempo. Creo que esta experiencia muchas veces no se da porque no hemos alimentado el amor en la relación. Y no estoy hablando de relación de pareja, sino de mi relación con otro ser humano. Porque básicamente siempre surge la desconfianza, el miedo o se pierde el interés cuando las cosas no salen a mi manera, desperdiciando el caudal de amor que nace del otro y puede enriquecerme.
Una experiencia frecuente en mi consultorio es que siempre beso y abrazo a mis pacientes en el momento de despedirme de ellos. Si son niños, el abrazo es prolongado acompañado de un “te quiero mucho”. La respuesta es inmediata: un abrazo más fuerte y un “yo también te quiero mucho”. En ese momento me doy cuenta que ese niño o niña forma parte vital de mí. Puedo recibir y dar amor sin miedos, sin desconfianza, sabiendo que esa relación en concreto va a permanecer durante el tiempo. Muchos de esos niños son hombres y mujeres ahora con profesiones, casados, con hijos y aquella conexión que comenzó con un simple abrazo se convierte en experiencia de amor profundo en el que con frecuencia seguimos encontrándonos, compartiendo todo tipo de vivencias.
Cuando esta experiencia se da con un adulto, es igualmente enriquecedora. El o ella sienten mi genuina preocupación y amor, y yo experimento el amor gratuito de esta persona concreta que ha depositado su confianza en mí, abriendo su corazón y dejando gran parte de su salud emocional en mis manos.
He tenido una fructífera vida como profesional. Siempre me he preguntado si esto es debido a mi buena preparación académica o porque también en mi consulta me presento como un ser humano que se está encontrando con otro ser humano y que busco, desde la profundidad de mi corazón, amarlo/amarla.
¡Posiblemente ambas tengan mucho que ver!
No se necesita ser psicólogo ni filósofo para entender que la experiencia del amor es vital en nuestra vida, que puede ser altamente sanadora, pero así como yo me dispongo a darlo, también debo disponerme a recibirlo. Sin excusas, sin temores, pero sobre todo sin demoras. Solo así podré dejar de ser una isla y recibir la gratuidad del amor, de la vida, de la esperanza, de la plenitud.
Asumir mi vida no solo significa amarme, responsabilizarme por ella, sino también abrirme a la experiencia de recibir amor.
Y por eso… desde lo que soy, asumiendo lo que soy… responsabilizándome de mi vida… decido amarme… y dejarme amar.

P.D.: ¡También beso, abrazo y digo “te quiero” a los adultos!


viernes, 28 de enero de 2011

...Y DECIDO AMARME

El tema de la autoestima es recurrente como aspiración. La mayoría de las personas muestran rostros de seguridad, aprecio a sí mismo, como si fueran modelos publicitarios, actores y actrices que estuviesen sobrados en esa área. Lo trágico es cuando los rostros son fachadas sin el aval interior. Y eso es una tragedia de proporciones mayores al simple engaño. Puede que sea intentos confundidos con el éxito pero que no desciende a las relaciones interpersonales o a la relación consigo mismo.
Y es que lo común, lo tristemente común, es que las personas tengan un elenco, una base de datos, con todas las cosas equivocadas que ha habido en su vida: de lo que le desagrada de sí mismo, sus defectos, equivocaciones, fracasos; lo que quise hacer y no conseguí porque no podía o, porque pudiendo, fallé en el intento. A esto se añade todas las decepciones, experiencias desagradables o comunicaciones erradas que se haya podido tener con los demás, con las consabidas heridas o malestares. Y si para alguien esto adquiere resonancia que abarca toda su existencia, se imagina como si un Ser Supremo lo estuviera descalificando, mostrando su insignificancia o en el estrado de los acusados en el Juicio Final. Algunos lo viven, por consiguiente, con notable angustia y dramatismo. Otros dicen no hacerle caso… en su consciente. Y están también los insensibles que han mutilado una parte de su humanidad para sobrevivir.
Y vamos, así por la vida con la enorme carga de sentirnos nada, porque hemos fracasado, porque nos hemos equivocados. Porque no somos lo que otros desean que seamos. Pero sin preguntarnos nunca cuáles son nuestras fortalezas. O ¿Que hay de hermoso en mí? ¿Cómo puedo enriquecer mi vida? ¿Cómo puedo enriquecer la vida del otro? Sin ser capaz de reírme de mí misma, de ser más tolerante conmigo, de tenerme paciente y de animarme a ser cada día mejor. Se dice que el amor es siempre una decisión. Quizás nunca sea tan cierto como a la hora de amarnos a nosotros mismos. Amarnos es no dejar que el pasado nos determine, en primer lugar. Pero es también oportunidad de reconciliarnos con lo que hemos sido, lo que hemos hecho; de tener clemencia de nosotros y por nosotros, sin ser cómplices de nuestros errores. Tomar la decisión de amarse es creer que lo que estuvo mal, estuvo mal, aunque en nosotros existía la facultad de haberlo hecho bien. O sea, lo grave del mal es que, porque yo no soy naturalmente malo, pude evitarlo, y no lo hice. Digerir esa experiencia puede llenar de dolor, rabia y coraje, pero también puede impulsarnos a crecer  como personas. Amarnos es reconocer nuestras potencialidades, las adquiridas y las que podemos desarrollar, aceptar que las usamos mal pero podemos en adelante usarlas bien.
Amarnos, como decisión, es reconocer la importancia que tenemos para con nosotros mismos.
No sé a quien se la ha ocurrido pensar y decir que amarnos es algo malo. Amarnos es algo muy bueno, porque deseamos y hacemos lo mejor para con nosotros. Somos capaces de discriminar lo realmente bueno, inclusive desde el punto de vista ético, de lo que es nocivo. El amarse me hace sentir capaz de grandes cosas y de no dejarme manipular, ni por los otros ni por la sociedad. Amarse es lo que comúnmente se llama “tener autoestima”. Porque me amo, busco lo que es realmente bueno para mi, busco crecer, busco conocerme, busco mirarme interiormente para entenderme, para hacer cambios, para impulsarme a ser persona e, incluso, para descubrir que soy limitada, pero que otros pueden complementarme.
Cuando me amo a mí misma, no busco la aprobación externa sino que me dejo regir por una conciencia clara que me dice lo que es bueno y lo que es justo, no solo para mi bien sino también para el bien de los otros. Me voy amando y voy descubriendo que existe también un arco iris de vida con tonos asombrosamente brillantes y hermosos que no solo hacen mi vida más ligera, sino que también pueden iluminar el camino de otros. Me puedo reír de mi misma. Puedo disfrutar de cada momento de la vida. Puedo descubrir la experiencia del crecimiento en la experiencia misma del dolor, sin ser fatalista, sino con la simple esperanza que también es hermoso ser humano y que el amor que siento por mí misma me impulsará con mayor fuerza a ser lo quiero y deseo ser.
Pero ¿cuál es la tentación de aquel que dice querer amarse? Confundir el amor a sí mismo con el hedonismo y egocentrismo. El hedonista es alguien que complace todas sus pasiones y se hace prisionero de ellas. El hedonista está desequilibradamente pendiente de sí mismo. Sus acciones no son de amor, quizás lo sean de flagelación. El hedonista no es hombre/ mujer de autoestima, porque arriesga su salud física y mental, por no mencionar la espiritual. Su proyecto es cortoplacista: su propia satisfacción sensorial con hipotecas a largo plazo. No ambiciona nada más. Los otros valen lo que vale su satisfacción conjugada en tiempo presente. No hay proyectos, no hay esfuerzos, no hay renuncias, pues nada se espera.
El egocentrista, el otro tipo con el que se confunde el ser tiene autoestima, es uno que mira su ombligo como centro del universo. Una falsa autoestima que engulle todo lo que encuentra para hacerlo pedestal de él mismo, no es autoestima sino egolatría. Pierde la noción de lo real e irreal y sacrifica cualquier relación que no se someta a la propia veneración.
La auténtica autoestima no es encerramiento ni vanidad. Es seguridad personal, no inventada sino real, que valora las posibilidades de desarrollar un proyecto de vida. Que considera que se puede relacionar con las demás personas, no por su tolerancia, sino porque pongo en juego mi riqueza interior y me dejo enriquecer por la de los demás; porque participo en un intercambio vital. Un intercambio vital que hace sentirse que se participa del festín de la vida.
¿Qué hacer entonces? Tomar la decisión de amarnos, no es un acto de la emoción, no es un sentir. Es un acto de la razón que me dice “esto es lo que debes hacer por ti misma”. El amor nunca va desligado de la razón. Muchos han querido que pensemos que es todo lo contrario: que el amor es ciego y loco. Pero no es así. Si así lo fuese, entonces estaríamos constantemente obviando cosas que no son buenas ni sanas para nosotros mismos y para las relaciones interpersonales. Precisamente porque no te amas, se confunde el amor con un torbellino de emociones que te conllevan a mirar a otro de manera “ciega y loca”, olvidándote de ti misma. Y cuando otros desde fuera con más objetividad te hacen el señalamiento indicado, respondes: “es que el amor es ciego y loco”, por no decir que no me amo lo suficiente como para escoger algo mejor para mí. Me conformo con lo poco que pueda recibir. Esto no solo ocurre en la escogencia de pareja sino en las relaciones de amistad, de trabajo, entre tantas otras. No se trata de minimizar a los demás y creernos superiores sino de asumir que debo responsabilizarme de mi vida psíquica, física y hasta espiritual. No solo esto debe ser importante para el crecimiento personal, puesto que mi propio crecimiento termina siendo reflejo de amor para otros, forma de apoyarlos e invitar a que emprendan también la aventura de ser plenamente humanos.
Y por eso, desde lo que soy, asumiendo lo que soy, responsabilizándome de mi vida, decido amarme…

viernes, 21 de enero de 2011

…Y ASUMO RESPONSABLEMENTE MI PROPIA VIDA…


Las explicaciones de lo que somos generalmente llueven de manera torrencial. Y esas explicaciones sobre el presente ¡que sorpresa! se encuentran en el pasado. En el baúl del pasado. O en los baúles… Ahí está todo bien comprimido, doblado y guardado. Pero listo para rebuscar y ser usado. En cantidad asombrosa, con formas variadas y colores surtidos, todo listo para no vivir el presente. En caso de emergencia, a este se acude: “yo soy así porque no me quisieron en mi infancia”, “en mi colegio todos se burlaban de mí”. No es que sea necesariamente mentira o exageraciones. Hasta puede servir para ciertos temas de conversación. Pero un pasado que no haya pasado, más que pasado es un presente avejentado, con olor a guardado. Un presente intrascendente que no cambia nada. Que puede servir para la compasión. O mejor dicho, para la autocompasión. O el auto-castigo. Nos encanta revolver en el pasado para buscar explicaciones que al final no llevan a ningún lado. Como si regresáramos tan solo para ser espectadores de las causas y los causantes.
“Yo soy así, por esto”. Y así voy por la vida buscando razones externas que expliquen lo que soy y lo que soy de manera fatalista, sin esperanza de cambio o de progreso. Todo o todos son responsables de lo que soy: mis padres, mis maestros, mis amigos, mi pareja… y hasta Dios mismo. Porque, por supuesto, es más cómodo decir que soy una pobre criatura antes que asumir responsablemente mi vida. ¿Que ha habido momentos dolorosos en mi vida en los que otros me han afectado? ¡Claro! Todos los hemos tenido. Pero en mí yace la responsabilidad de no utilizar el acontecimiento o las personas involucradas para evitar crecer. Y también yace en mí la voluntad de utilizar la experiencia, por muy difícil o dolorosa que haya sido, para crecer, para ser persona, para asumir mi vida, para ser lo que deseo ser.
No puedo ni debo buscar excusas. Existe mi voluntad y mi raciocinio y, para aquel que crea en la vida espiritual, un Ser Supremo que, sin excluir lo anterior, nos impulsa a cambiar.
Obvio que en la mayoría de los casos hay que mirar el pasado para poder despacharlo del presente. Pero para esto hace falta: 1) aceptar el pasado como pasado, que fue pero ya no es, así que es inmodificable aunque estuvo antes pero ya no esté; 2) aceptar que el pasado es mío y sólo mío, de ningún otro, independientemente de todos los intríngulis que hayan podido ocurrir en aquel entonces. Cuando estas dos cosas no puedan hacerse, hay que echar mano de una ayuda competente.
Quizás he vivido desligada de una parte de mí misma, por lo que me la debo apropiar, de mi historia, de los hechos, de los acontecimientos, de las resoluciones acertadas o no, de las emociones que acompañaron el momento y que quizás siguen estando amnésicas sobre la razón que las trajo de tan lejos hasta estos momentos… y asumo responsablemente lo que voy a hacer en el presente con este presente concreto.
Porque el presente no es la hora que da el reloj en este instante. Es la asombrosa novedad con que nos alcanza la vida, las nuevas oportunidades de enfrentar viejos desafíos en los que quizás fallamos, aunque sea en versiones actualizadas; o cuestiones inéditas que retan a la creatividad y a la humildad, entre lo que puedo hacer sola y lo que puedo hacer con el apoyo de otra persona. La honestidad para saber reconocer cómo, cuándo, con quién y de qué forma resolver una situación o aprovechar una oportunidad.
Vivir en el pasado es una forma sutil de evadir y boicotear el presente, y no necesariamente porque el presente sea amenazante. Esto es lo más grave. Que momentos maravillosos, en los que podemos sentirnos plenos, que hemos resuelto algo con éxito, conocernos más, disfrutar… los dejamos pasar. No nos damos la oportunidad de disfrutarlos. Nosotros y sólo nosotros somos quienes nos los boicoteamos. No las sombras del pasado. Y así vamos por la vida escondiéndonos en las sombras para no ver las luces, luces que al final pueden alimentarnos, enriquecernos, fortalecernos. Luces que disipan las sombras para poder ver la plenitud de lo que podemos, si quisiéramos, llegar a ser.
Y es entonces el momento en que debo preguntarme, cuando me encuentro ante tal realidad: ¿De qué me escondo? ¿De qué huyo? ¿Qué miedo infantil o inmaduro me mantiene esclavizada? Y surge de nuevo la respuesta: del pasado, de los acontecimientos y situaciones que no quiero dejar ir. Porque he estado anclada en ellos gran parte de mi vida, dejarlos ir significaría quedarme en la nada, desnuda. Pero ¿no es eso lo que debo hacer? ¿No tener amarras ni anclajes? Si, es la desnudez de aquel que se prepara para descubrir y recibir la plenitud de la vida. Debo soltar las amarras. Debo ser libre. Debo aceptar con responsabilidad el reto de la vida misma. Quiero ser lo que soy por opción, por libertad. No ser lo que soy por esclavitud. Asomarme a la vida con la inocencia de un corazón de niño. Sin resistencia, sin resquemores, sin condicionamientos. Sólo con el deseo de dejarme moldear por aquello que me haga plena.  Descubriendo que hubo mucha luz también en mi pasado. Y que esa es la luz que yo quiero hacer crecer en mí. Dejarme tocar por ella. Esa luz que también proviene de aquellos que me amaron y que, aún hoy, me siguen amando.
Esto es lo que soy. Lo que soy desde mi presente. Quiero y debo seguir responsabilizándome por mi vida. No hay destinos. No hay un camino predeterminado.  No hay salidas rápidas ni travesías cortas. Solo el camino que debo y tengo que recorrer. Sin armaduras. Sin equipaje. Solo, únicamente solo con mi disposición de ser lo que quiero ser. Recorriendo mi camino, construyendo mi presente, siendo dueña del mismo. Apropiándomelo para ser responsable de el.
Ser lo que quiero, ser lo que deseo ser…
No me conformo con menos.
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jueves, 13 de enero de 2011

… Y CONTINÚO CONTEMPLANDO MI MISERIA… Y A PESAR DE ELLA DESCUBRO QUE PUEDO SER PLENAMENTE HUMANA…

Muchas personas caminan por la vida usando a los demás para evitar el verse a sí mismos. Buscan en los demás la afirmación de lo que son o de lo que creen ser. Evidentemente que tal recurso cuenta con grandes posibilidades de fracaso, inclusive en su aparente éxito. Porque la afirmación se da en la diferenciación: yo no soy así. La lista de defectos y experiencias fallidas ajenas dan un halo de seguridad, de protección, de inmunidad; o sirven para restar importancia o disimular el propio historial.
Pero no solo luce como estrategia equivocada, de hipocresía o falsedad. Sino que aparece tan paralizante como una sentencia condenatoria. Puede ser que no nos asomamos a lo que somos debido al temor que, por algún lado, surja el dedo que señale acusador. Sombras de la infancia que nos están siguiendo. Aprendizajes errados. Inseguridad. Inmadurez.
Y la paralización se da porque me quedo anclada. La renuncia al juego anterior equivale, cree la gente, a una confesión de culpa e impotencia, por lo que ya no vale la pena seguir gastando energía en el juego con los demás. Se ha confundido crecer y disimular; madurar y excusarse. Y no es así.
Esta claro que el encuentro con la propia miseria puede ser desconcertante y desolador. Para quien se ve con honestidad se dice: “ese que está allí, esa soy yo”. Es indudable que tal retrato desata torbellinos de emociones con signo contrario. Se escapan de los silos del tiempo el sabor amargo de la frustración. El historial que se pretendía disimular se sienta en primera fila para ver la comedia de la vida. Viejas heridas rejuvenecen. Y nos damos de bruces con la fantasmal figura del sufrimiento.
Todo esto por la sencilla razón que nos hemos topado con la verdad. Con nuestra verdad. Con lo que somos, a pesar de tantos intentos. La verdad sin disimulos, aquella que se quiso negar. Cerrar los ojos no la hizo desaparecer.
Y en el encuentro con nuestra miseria tenemos ¡oh sorpresa! las primicias de lo que será la cosecha: hemos conseguido desengañarnos ¿cómo podemos construir nuestra vida si nos desconocemos? Y ese desengaño es en tercera dimensión, y no de manera plana y sin perspectiva: usamos equivocadamente ilusiones, tiempo, recursos y energía… pero los usamos. O sea, están allí para poder ser utilizados de nuevo, con la apropiada corrección, hacia metas que sí valgan la pena.
Y el empeño por defendernos, disimular, por insistir en conservar un mundo irreal, puede, si consigue esquivar la tentación del desaliento y escepticismo, reencontrar nuevas energías en el encuentro con lo realmente valioso de la vida. Lo que es valioso por sí mismo.
Entonces volver a comenzar no es solo darse otra oportunidad. O intentar arrancar de nuevo como si nada hubiese sucedido. Es impulsarse exactamente porque pasó lo que pasó. Y del pasado, que no se puede cambiar, de ese se puede aprender. Sirve para crecer en humildad. Sirve para sentirse que se es humano. Que se pertenece a la humanidad.
Y de esta forma la energía que se desperdiciaba en mantener fachadas de utilería se utiliza para crecer. Si no temo mirarme, veré lo que soy. Conoceré lo que me constituye. Sabré lo que puedo fácilmente cambiar, lo que podré cambiar después de cierta marcha, y lo que lamentablemente no podré cambiar, sea tan grave como una enfermedad coronaria o una habilidad en un campo que no es de mi dominio.
Podré direccionar mi vida, en oportunidades con grandes ejecuciones, en otras con la sinceridad de un perdón, que se ofrece, o que se recibe. Es cierto que me seguiré equivocando, porque el equivocarse es de humanos, pero intentaré no cometer dos veces el mismo error. Y ese error se transforma en experiencia divina, porque el perdonar es divino, propio de un Ser Supremo, de aquello que es Infinito.
Cuando soy honesta y me enfrento con mis sombras descubro que también hay luces. Que puedo aproximarme a ellas con humildad, con la claridad de lo que soy, para luego caer en cuenta que es entonces, y solo entonces, cuando esas luces se hacen intensas y se vuelven plenitud. Y es  cuando vuelvo a retomar el pensamiento… cuando caigo en cuenta que sigo contemplando mi miseria… pero que a pesar de ella puedo ser plenamente humana…

Acepto lo que soy, aceptando que puedo ser mejor.

Este blog será renovado todos los viernes en la noche